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En Estados Unidos hay 11 millones de inmigrantes indocumentados.

El valor de reconocerse indocumentado

El valor de reconocerse indocumentado

Julissa Arce, directora de asuntos públicos en Define American, cuenta su historia como indocumentada en EEUU.

En Estados Unidos hay 11 millones de inmigrantes indocumentados.
En Estados Unidos hay 11 millones de inmigrantes indocumentados.

Por Julissa Arce

Define AmericanMi último año de la preparatoria fue muy difícil. Mi madre sufrió un accidente devastador, mis sueños de ir a la universidad se fugaban y me sentía como la mentirosa más grande del mundo.

Era el año 2000, un año antes de que se presentara en el Congreso el DREAM Act, una ley que proponía dar un camino a la ciudadanía a jóvenes indocumentados. Sabía que no podría ser la única pero no conocía a una sola persona como yo, alguien que hubiera llegado a Estados Unidos en la infancia, pero que consideraba a esta nación como su hogar. No me sentía como una “Soñadora”, me sentía como una impostora.

Decirle a alguien, incluso a mis mejores amigos, que era un “illegal alien” sin papeles, parecía imposible; y parecía igual de imposible seguir mintiendo sobre mi estatus migratorio. Jamás se me ocurrió que podría mostrarme públicamente como indocumentada.

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Un día me armé de valor y le revelé mi estatus migratorio a mi novio de la preparatoria, Troy. Estaba llena de nervios, como si les fuera a decir a mis padres una mentira. No recuerdo lo que dije ni cómo; ya está borroso en mi memoria.

Un día después de decirle, faltamos a la escuela y fuimos a la Oficina de Inmigración y Naturalización en San Antonio, Texas, para averiguar cuáles eran los requisitos para que una “amiga” hipotética se hiciera ciudadana estadounidense a través del matrimonio. Pensándolo bien, fue muy mala idea entrar a esa oficina como diciendo “aquí estoy”.

Quedé casi aliviada cuando aprendí que, aunque nos casáramos, no podría ser ciudadana porque a nuestra edad no cumplíamos los requisitos. No quería casarme con Troy, ni con nadie. No quería casarme a los 17 años.

Independientemente de si podía cambiar mi estatus o no, solo con decirle la verdad sentí un gran alivio, sabiendo que alguien conocía y entendía mi situación. Ya no tenía que buscar excusas para explicar por qué no estaba aplicando a las universidades bajo programas de admisión temprana. Pude compartir mis preocupaciones y mis miedos con mi mejor amigo. Fue un alivio poder confesarle todo a alguien. Fue maravilloso, hasta que decidí que quería romper con él. No dejaba de ser la preparatoria, con los chismes que eso conlleva y con el amor fugaz de esa edad.

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Durante un proyecto en mi clase de inglés, quedé enamorada de mi compañero de trabajo, a quien llamaremos Jesse. Pero, ¿cómo iba a romper con Troy? Troy era mi mejor amigo. Lo quería muchísimo y no quería lastimarlo. Recuerdo que vendió su guitarra en un pulguero para poder comprarme un regalo de Navidad. Me escribía poemas y dibujaba mi retrato. Era dulce, me entendía y, como lo sabía todo, me sentía cómoda con él. Me sentí profundamente culpable y traicionera por querer romper con él. Lo dejaba, volvíamos, lo dejaba otra vez y otra vez volvíamos. La culpa que sentía opacó pronto el alivio que tuve al haberle dicho la verdad. Me tomó muchos años confiar de nuevo en alguien. No quería volver a estar en la misma situación. No quería sentir que le debía algo a alguien solo por entender mi situación migratoria y no juzgarme.

Me tomó 15 años, además del documental Documented (Documentado) y la ciudadanía estadounidense que obtuve a través del matrimonio, sentirme cómoda contando mi historia. Me llegan muchísimos mensajes de gente que dice que fui muy valiente al decir la verdad. Pero debo admitir que no me sentí tan valiente. Viví en las sombras por lo que pareció una eternidad. No quería arriesgar que me deportaran, quedar separada de mi familia o perder mi empleo por compartir mi historia. No estaba declarando a los cuatro vientos que era indocumentada y que no tenía miedo. Estaba callada, ensimismada.

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Cuando vi Documented el 17 de abril de 2014, todo cambió. En el documental, Jose Antonio Vargas arriesgó todo para “salir del armario” como estadounidense indocumentado. Vi con admiración y entusiasmo como los Soñadores (DREAMers) lo motivaban a compartir su historia y a unirse a esta lucha.

Su filme y su enternecedora trayectoria me dieron la confianza para compartir la mía. Decidí adueñarme de mi pasado, y ahora veo que nunca le di a Troy el mérito que se merecía.

Ya no es el año 2000 y el DREAM Act aún no se ha aprobado, pero a través de los últimos 15 años el movimiento ha estado creciendo. Han sido muchos los valientes que hicieron posible que yo compartiera mi historia; que me sintiera menos sola y que pudiera ayudar a otros estadounidenses indocumentados, y en el proceso me uní a Define American, una organización mediática y cultural fundada por Vargas.

En Define American, creemos que las historias personales tienen un poder tremendo. Una historia cambió el curso de mi vida. ¿Podremos cambiar el mundo con nuestras historias? Esa es la pregunta que le da vida a nuestra campaña “Coming Out” ( http://www.defineamerican.com/story/post_story) (“Saliendo del armario”, en español), la cual invita a los estadounidenses indocumentados a salir de las sombras y declarar su estatus migratorio  públicamente.

Espero que haya miles de personas que sean más valientes que yo y que me acompañen en escribir una nueva historia para los Estados Unidos,  una que culmine con esta nación celebrando la gran diversidad de sus residentes.

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(*) Julissa pasó casi 10 años en Wall Street como vicepresidenta en Goldman Sachs , varios de ellos como indocumentada.

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