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En Estados Unidos hay 25.526,000 ciudadanos latinos aptos para votar pero no todos están registrados para emitir sufragio.

El futuro ya no es lo que era

El futuro ya no es lo que era

Arturo Sarukhan, ex embajador de México en Washington DC, comenta sobre el poder del voto hispano en EEUU.

En Estados Unidos hay 25.526,000 ciudadanos latinos aptos para votar per...
En Estados Unidos hay 25.526,000 ciudadanos latinos aptos para votar pero no todos están registrados para emitir sufragio.

Por Arturo Sarukhan

La letra de una canción popular nos recuerda que la “vida te da sorpresas”. Pero en realidad, y sin caer en un determinismo absolutista, si bien es cierto que la vida no deja nunca de hacerlo, ésta generalmente se ciñe a patrones, tendencias, datos duros, acciones y a la ley de causa-efecto. Como un diplomático mexicano de carrera especializado en la relación con Estados Unidos, durante años -si no es que incluso décadas- me tocó atestiguar innumerables debates y el concomitante desfile de un alud de artículos sobre el aparente papel y peso de las comunidades hispanas de este país en la vida político-electoral estadounidense. Pero era como el viejo cuento de el niño y el lobo que aprendimos en casa de pequeños; cada ciclo electoral, analistas y líderes de la comunidad hispana anunciaban la inminencia de la relevancia electoral del votante hispano, y al cierre de cada ciclo electoral, se hacía patente que fuera de algunos distritos y un puñado de estados, el voto hispano había sido, al final del día, irrelevante a nivel nacional.

Cómo han cambiado las cosas en los últimos diez años. Las elecciones presidenciales de 2008 y 2012, así como las intermedias de 2010, han mostrado que el empoderamiento político y electoral de la comunidad hispana ya llegó para quedarse, y que el voto de nuestra comunidad fue decisivo en decantar la victoria a favor del Partido Demócrata y a favor del presidente Barack Obama. Primero, porque tanto en 2008 como en 2012, fueron los votos hispanos los que hicieron que estados como Nevada, Colorado, Carolina del Norte y Virginia, habitualmente estados “rojos” (en virtud del color asociado en la tradición política estadounidense con el Partido Republicano) y que consistentemente habían votado republicano en elecciones presidenciales previas, se inclinaran a favor del Partido Demócrata, y porque en las elecciones intermedias, fue precisamente el voto hispano en Nevada a favor de la reelección del Senador Harry Reid lo que permitió a la Casa Blanca y al Partido Demócrata mantener la mayoría en el Senado y, por ende, el control de esa Cámara. Segundo, porque esos estados "y otros en la costa oeste y en el sureste- tienen una cosa en común: el mayor número de nuevos votantes registrados en esos estados es precisamente de hispanos.

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Esto no quiere decir "y tampoco deseo que este texto se interprete así- que necesariamente el votante hispano es abrumadoramente demócrata, ni que ése partido tiene garantizado de manera inextinguible el apoyo, la militancia y simpatía perenes de los hispanos en Estados Unidos. Para botón de muestra sólo hay que recordar los números elevados de votantes hispanos que apoyaron a George W. Bush para alcanzar sus dos mandatos presidenciales en 2000 y 2004. Pero lo que sí implica es que hoy el voto hispano ya pesa y ya inclina la balanza, no sólo en distritos donde tradicionalmente  ha ejercido un peso específico, sino que en virtud de ese puñado de estados llamados “bisagra” (que se mueven de uno a otro lado del espectro político) lleva dos ciclos electorales presidenciales colocando en la Casa Blanca a su inquilino. Lleva también a que ambos partidos tienen -y tendrán- que luchar por y procurar al votante hispano, y que su apoyo no es una derivación inevitable. Sólo hay que ver las encuestas recientes cara a las elecciones intermedias del próximo 4 de noviembre para entender que el electorado hispano no es un mercado cautivo ni monolítico. De entrada, contrario a lo que muchos analistas y algunos medios en América Latina y el Caribe presuponen, la comunidad hispana no muestra una predeterminación a fijar sus posturas político-partidistas-electorales primordialmente en función de la reforma migratoria, o bien, para ser más precisos, del fracaso por materializarla. En semanas previas a que en el verano estallara la terrible y dolorosa crisis humanitaria detonada por los flujos de migrantes menores no acompañados procedentes, en su gran mayoría, del Triángulo Norte centroamericano (Guatemala, El Salvador y Honduras), encuesta tras encuesta mostraba que para los estadounidenses -incluyendo también, debe subrayarse, para los hispanos- la reforma migratoria no se encontraba entre las primeras cinco prioridades de política pública del electorado de este país.

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Si bien es un hecho que el flujo de menores a la frontera de México con Estados Unidos elevó de manera temporal y coyuntural la atención de medios y de opinión pública "y de paso sea dicho, la irresponsabilidad y la politiquería en un sector del Partido Republicano en torno a la seguridad fronteriza- sobre el tema de la migración, las aguas han vuelto a su cauce anterior. Hoy, las prioridades del electorado estadounidense vuelven a ser los empleos, la economía, el liderazgo estadounidense en el mundo y el papel y actuación del Presidente. Incluso, los datos divulgados en estos días por el Pew Hispanic Center, que muestran que cara a las elecciones del martes hay un proceso ligeramente ascendente de afiliación y apoyo al partido Republicano por parte de nuevos votantes hispanos en detrimento del partido Demócrata, no deben ser interpretados como lo han hecho algunos analistas y medios en días recientes. Esto no tiene que ver "o no es una correlación directa- con el desencanto de los hispanos por la incapacidad del presidente Obama de promover la reforma migratoria integral o el rechazo al enorme costo social y humano de las deportaciones de migrantes indocumentados. Evidentemente no dejará de haber hispanos que estén molestos "y no les falta razón- con la Casa Blanca y con el propio Presidente, pero el apoyo a uno u otro partido y los ligeros corrimientos partidistas que pudiesen estarse dando en semanas y meses recientes en la ruta hacia las elecciones intermedias, responden a la misma preocupación que ocupa al electorado estadounidense en su conjunto: empleos y la economía.

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Persisten, además, graves retos para registrar a todos los hispanos que tienen derecho a votar y para alentar a aquellos que pueden votar a que acudan a las urnas a hacerlo. Los rezagos educativos en la comunidad, con los índices más elevados de deserción escolar registrados en Estados Unidos, siguen siendo un lastre para que los números, la organización y el peso de la comunidad le den a ésta un tono muscular tangible a lo largo y ancho del país. Y persiste la creciente incapacidad de ambos partidos de atraer a la generación del milenio, y en particular  a los jóvenes hispanos, y  de proveerles de voz y de mecanismos reales y eficaces de participación en la discusión y diseño de políticas públicas.

Pero con las elecciones legislativas intermedias en puerta, no cabe duda que hay una gran historia de éxito en ciernes en torno al empoderamiento político de los hispanos en Estados Unidos que hay que cacarear: los hispanos ya pesan y definen procesos electorales presidenciales; cada vez aumenta más el registro de nuevos votantes hispanos; es altamente probable que los comicios del 4 de noviembre arrojen la bancada de Representantes de origen hispano más numerosa en la historia del Congreso estadounidense; y a medida que se asiente el “bono demográfico” hispano "ya nacen más hispanos en Estados Unidos que los que migran a él, con o sin documentos, a este país- es previsible que más estados, como Texas, comiencen a inclinar la balanza a favor del partido Demócrata en el Colegio Electoral estadounidense. Y la migración y dispersión de votantes hispanos al interior de Estados Unidos, a zonas más allá de las costas este y oeste, y de las regiones suroeste y centro-oeste del país, donde tradicional e históricamente se habían asentado, encierra el potencial de ir rompiendo los candados que la re-distritación electoral (el llamado “gerrymandering” en inglés) ha impuesto y que hacen que en un número significativo de distritos electorales, el blindaje de legisladores que ocupan escaños en el Congreso y que les garantiza la reelección se resquebraje y tengan, como resultado, que empezar a tomar en cuenta las aspiraciones, intereses, agendas y demandas de la comunidad hispana a nivel nacional.

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Como Embajador de México, fue enormemente gratificante atestiguar estos cambios a lo largo de los seis años que me tocó servir a mi país en Estados Unidos y estrechar, en particular, las relaciones con la comunidad hispana y sus organizaciones cupulares. Era importante cambiar el paradigma con el cual el Estado mexicano se había acercado tradicionalmente a la comunidad mexicoamericana en particular y a la hispana en general, e imperioso subrayar que uno de los principales objetivos que México perseguía ahora era abonar la agenda y el empoderamiento político, económico, social y cultural de la comunidad hispana aquí, en Estados Unidos. Ha sido un proceso fascinante, y sin caer en la chabacanería o el optimismo desbordado y panglosiano, me llena de optimismo lo que encierra el futuro político de la comunidad hispana en esta gran nación construida, no con base en la etnicidad, la sangre o la religión, sino en una propuesta, en una idea y en principio: E pluribus unum.

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