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Blog: No culpemos a las víctimas

Blog: No culpemos a las víctimas

Para muchos de nuestros estudiantes estadounidenses, las escuelas disfuncionales son la norma y no la excepción.

Por: Rima Brusi

Un grupo de madres reacciona a un artículo reciente en una revista en línea, en donde se presentan las “voces” y fotografías de un grupo de muchachos afroamericanos.  Estas madres nos recuerdan que el sistema educativo le ha fallado, históricamente, al potencial académico de los jóvenes negros, y que actualmente tiende a fallarle a los estudiantes de familias pobres y de grupos minoritarios en general.  Gracias Anneliese Bruner, Ebony Daughtry, Ivy Ellis, Cheryl Fields, Maleka Lawrence, Deborah Pullen, Loretta Singleton, and Amy Wilkins " Rima Brusi

Tracey y Abby Sparrow, y maestra y vicepresidente de una organización sin fines de lucro respectivamente, escribieron  un artículo recientemente en la revista para educadores  Phi Delta Kappan.  El artículo pretende describir los obstáculos que confrontan los jóvenes negros para tener éxito académico.  Ambas autoras son blancas.   La metodología es cuestionable: las autoras seleccionaron un grupo de diez jóvenes negros para contar su historia.  El producto es poderoso, y contiene trozos de narrativa intensa, casi sensacionalista, acompañada por fotografías convincentes.  ¿El impacto probable?  Devastador.

Las voces en cuestión han sido por supuesto editadas por las autoras, y en su conjunto, tienen el efecto de resucitar y refrescar estereotipos anticuados sobre los hombres negros, las familias negras, y las comunidades negras.  En lugar de proveerle a los y las educadoras que leen Kappan estrategias y análisis novedosos para ayudar a los varones negros a tener éxito académico en circunstancias difíciles, Sparrow y Sparrow logran descorazonarnos.

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Apropiándose de las palabras (editadas)  de estos jóvenes, las autoras le atribuyen el fracaso académico a la música que escuchan, sus grupos de pares, sus padres ausentes, y sus madres,madres que, por cierto, aparecen más dedicadas a la “vida de la calle” que a la maternidad en esas páginas.  Como madres de ocho jovencitos afroamericanos, nosotras conocemos una historia muy distinta, una historia que los educadores tienen que escuchar.  Es una historia de  instituciones que sistemáticamente han socavado, en lugar de nutrir, la promesa académica de nuestros jóvenes negros.

Las voces citadas por las Sparrow no mencionan a las escuelas.  No dicen que, en general y como país, invertimos menos en la educación de los niños negros que en la de los blancos.  No dicen que los estudiantes en escuelas con proporciones altas de estudiantes minoritarios suelen tomar cursos de ciencias con  maestros que no tienen la preparación académica adecuada.  Olvidan también mencionar que aún con las mismas puntuaciones que sus pares blancos, los estudiantes negros son ubicados en álgebra la mitad de las veces, y que en escuelas intermedias y superiores están 17 veces más expuestos a ser expulsados.  Consistentemente, los estudiantes afroamericanos  son empujados hacia cursos y currículos menos rigurosos, mientras sus compañeros blancos se preparan para la universidad.

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¿Por qué los jóvenes entrevistados por las Sparrow no hablan de maestros ausentes, laboratorios que no funcionan, cursos demasiado fáciles, y otros problemas educativos que los afectan negativamente?  Bueno, no sabemos si dijeron algo, porque no sabemos qué fue lo que las autoras editaron o dejaron fuera.  Pero sí sabemos que, para  muchos de nuestros estudiantes estadounidenses, las escuelas disfuncionales son la norma y no la excepción, y sabemos también que muchos estudiantes, y sus padres, no imaginan la posibilidad de otra mejor.

Finalmente, estos chicos, como el resto de nuestra cultura, reciben una dieta continua de historias mediáticas acerca de familias y comunidades afro-americanas disfuncionales.  Con muy poca frecuencia están y estamos expuestos a críticas honestas de lo profundamente injustos que son nuestro sistema y nuestras prácticas.

Resulta fácil usar estudiantes habituados a sistemas educativos que les fallan, y contarle a los educadores una historia cómoda, familiar.  Pero no es honesto.  Tampoco es nuevo, o creativo.  Los sistemas educativos llevan siglos culpando a los afroamericanos por su fracaso educativo.  En lugar de usar las páginas de Kappan para reproducir esos estereotipos sobre nuestros hijos y nuestros hermanos, nos gustaría que la revista aproveche la oportunidad para pedirle a sus lectores que cuestionen los modos en que las escuelas les fallan cada día.

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