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Aunque los padres están listos, capacitados y dispuestos para involucrarse en la educación de los hijos, la escuela también tiene que jugar un rol.

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Aunque los padres están listos, capacitados y dispuestos para involucrarse en la educación de los hijos, la escuela también tiene que jugar un rol.

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Aunque los padres están listos, capacitados y dispuestos para involucrarse en la educación de los hijos, la escuela también tiene que jugar un rol.

Padres y escuelas

Por: Rima Brusi

En una columna reciente, Thomas Friedman expresa su irritación ante lo que llama "montañas de artículos y editoriales abogando por mejores maestros en nuestras escuelas".  En lugar de enfatizar lo que las escuelas hacen, el autor propone que mejoremos la crianza.  "Mejores padres", dice.  

Sí, claro.

No me malinterprete, lector amable.  Yo reconozco que los padres y las madres son importantísimos.  Los estudios, tanto antiguos como recientes, indican que la crianza juega un rol crítico y productivo en el desarrollo académico de un niño. Creo que todo el mundo está de acuerdo.  Diga no más algo así como "pero es que los padres también importan" en cualquier conversación sobre educación, y verá como asienten todas las cabezas.  Incluso las cabezas de aquellos padres cuyos hijos no reciben acceso justo a una buena educación.  Yo no digo, y nadie diría, que los padres no importan.  

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Mi problema es con la arrogancia implícita en la repetición de ese "mejores padres", y con la crítica sutil que implica, dirigida a las familias de los niños que no progresan académicamente.  El argumento de Friedman de que "lo que necesitamos son mejores padres" es una forma de culpar a la víctima, de responsabilizar a los individuos sin reparar en la injusticia y la desigualdad de oportunidades que lejos de personales, son históricas, y estructurales.  

Dicho de otro modo: En este país, los niños más pobres, especialmente aquellos que pertenecen a ciertos grupos étnicos y raciales, asisten a escuelas donde se les enseña menos, se espera menos de ellos, se les asignan maestros menos cualificados, y s e gradúan con menor frecuencia y peor preparación para la universidad y la carrera.  

A Friedman se le olvida reconocer que a veces los padres no pueden involucrarse en la educación de sus hijos de un modo ideal.  Muchos están trabajando, a veces tres trabajos, para alimentar a sus familias.  Otros están enfermos, o son desesperadamente pobres y no tienen sistemas de apoyo.   Hay padres que están lejos, haciendo el servicio militar.  Hay padres que están adictos, ausentes, o incluso fallecidos.

En todos esos casos, y en cualquier otro, necesitamos que las escuelas hagan su trabajo.  Que provean altas expectativas y un currículo sólido.  De hecho, los educadores que trabajan en escuelas exitosas, en donde los niños aprenden a pesar de las limitaciones de la pobreza, no utilizan esas limitaciones como excusa.  Educadoras como la directora y las maestras de la escuela Bethune Elementary, en Nueva Orleans.  Una de ellas me dijo hace algunas semanas que “el involucramiento de los padres es maravilloso, pero a veces, ‘involucramiento’ es sencillamente traer al niño a la escuela. Igual tenemos que enseñarle efectivamente a ese niño.”

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Incluso cuando los padres están listos, capacitados y dispuestos para involucrarse en la escuela, la escuela también tiene que jugar un rol.  Como dijo el secretario de educación Arne Duncan en un foro reciente de Univisión, "Necesitamos que las escuelas involucren a los padres".

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El caso de Elena

Mire por ejemplo el caso de Elena (nombre ficticio, caso real), una lectora de esta columna.   Elena es madre de dos niños en el sistema escolar de Texas, y quiere sacar a sus hijos adelante.  Su hijo mayor está en quinto grado, y sus notas no son tan buenas como su madre sabe que podrían ser. "Tiene una B en matemáticas y una C en ciencias", me escribe Elena, "y yo sólo estudié hasta sexto grado, y no sé como ayudarlo académicamente". Fue a hablar con las maestras, pero ellas le dijeron que por favor no se involucrara. "Las maestras me dicen que no me preocupe, que es él el que se tiene que preocupar, que a su edad tiene que aprender a asumir la responsabilidad de sus propias notas. Ayúdeme, por favor".   

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Esta madre está haciendo lo correcto, y su preocupación es legítima.  Su hijo podría estar aprendiendo más. Sin embargo, las maestras le piden que no se meta, para que el chico sea más independiente.  Para salvar a su hijo de las bajas expectativas y darle una oportunidad sólida de ir algún día a la universidad, Elena tiene que reunirse con los maestros, y entre todos dilucidar qué está pasando con el aprendizaje del jovencito y qué se puede hacer.  Si eso no funciona, tiene que reunirse con la directora.  Probablemente tendrá que hacer arreglos para que su hijo reciba ayuda adicional después de la escuela.  Y si todo eso falla, tendrá que cambiar de escuela.  Lo que le espera a Elena es una tarea formidable.  

Como todo padre, Elena necesita saber más sobre el sistema y cómo funciona. El ideal de involucramiento que Friedman describe en su columna es muy bonito y útil, pero la verdad del caso es que en estos tiempos que vivimos, y con lo urgente que se ha vuelto el problema educativo, los padres tienen que recibir herramientas y conocimientos para involucrarse más allá de su hogar.   Necesitamos información sobre nuestras escuelas, maestros, fondos asignados, clima escolar...Información que nos permita ver nuestros problemas como colectivos más que individuales, como estructurales más que personales.  

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Friedman podrá tener buenas intenciones, pero evita lo obvio: el problema no está en el hogar, ni se atiende culpando individuos. Y los padres tenemos que ponernos las pilas y buscar información que nos permita reconocernos unos a otros, discutir los problemas educativos ampliamente, y mobilizarnos por el desarrollo académico pleno de todos los estudiantes que hoy las escuelas suelen dejar atrás.  

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