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Columna Epicentro: En la política, ¿conviene responder a campañas de desprestigio?

Columna Epicentro: En la política, ¿conviene responder a campañas de desprestigio?

Dependerá de los candidatos acatar las lecciones de la historia o refugiarse en viejos vicios. Plañir o desmentir, esa es la cuestión en las elecciones.

LOS ÁNGELES, California - La semana pasada corrió la versión de que Enrique Peña Nieto tenía planeado presentarse como el “candidato de las mujeres”, además de prometer “mejores telenovelas”. La revelación le valió al aspirante priista una nueva ronda de burlas en las redes sociales. ¿Cómo reaccionó la campaña de Peña Nieto? Antes que responder con claridad, vehemencia o incluso sentido del humor, el equipo del candidato del PRI recurrió a una práctica tan mexicana como inútil: el lloriqueo, la denuncia de una supuesta “campaña de desprestigio”, “guerra sucia”. No es nuevo. Apenas hace tres semanas, el propio Peña Nieto acusaba al gobierno de encabezar una “campaña orquestada” para desprestigiar al PRI. Ambos, el candidato y su equipo, se equivocan en la estrategia. En la democracia moderna "tan mediatizada" la única manera de responder de manera eficaz a una “campaña de desprestigio” no es gimotear hasta el hartazgo, sino difundir, de inmediato, respuestas contundentes.

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Suponer que el electorado en general se sentirá indignado ante el “sucio” ataque de las “fuerzas ocultas” contra un político implica una dosis asombrosa de narcisismo. En la política (como en el deporte), quejarse por lo mal que lo tratan a uno los adversarios es una mala estrategia. No sirve de nada indignarse, emberrincharse o, incluso, guardar silencio. Me vienen a la mente dos ejemplos dramáticos. En 2000, en Carolina del Sur, John McCain y George W. Bush se habían enredado en una batalla durísima por la candidatura del Partido Republicano. McCain llevaba la delantera, tras ganar Nueva Hampshire. ¿Qué hizo Bush para descarrilar a su contrincante? Difundió las más absurdas y ofensivas mentiras. La peor de todas aseguraba que McCain había tenido una hija negra fuera del matrimonio con una prostituta. La realidad era, claro, muy diferente: McCain y su esposa habían adoptado a su hija Bridget en Bangladesh. ¿Cómo respondió McCain ante semejante barbaridad? Optó por quejarse amargamente, pero no por rebatir con la claridad necesaria. ¿Resultado? Perdió Carolina del Sur y, al poco tiempo, la candidatura.

Cuatro años más tarde, el equipo de George W. Bush volvió a las andadas con otra “campaña de desprestigio”, esta vez contra John Kerry, el candidato demócrata. A sabiendas de que Kerry había sido condecorado por su servicio en la guerra de Vietnam, los estrategas de Bush decidieron tratar de robarle esa narrativa, potencialmente valiosa, a su rival. Para hacerlo se inventaron un cuento vulgar, narrado por supuestos compañeros de batalla de Kerry. La serie de anuncios, que se transmitió en un momento definitivo de la campaña, acusaba a Kerry de haber mentido sobre su actuar en la guerra. Indignado, Kerry optó por no responder. Aconsejado por Bob Shrum, su asesor principal, Kerry decidió quedarse callado: “contestar a los anuncios implicaría dignificarlos”. Como McCain antes, Kerry se quejó de la campaña en su contra, la llamó absurda y despreciable. Fue un error monumental. El silencio y los lamentos del candidato se malinterpretaron, y Kerry perdió varios puntos en las encuestas. No se pudo reponer jamás.

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Precavido, Barack Obama adoptó el modelo opuesto durante la campaña de 2008. Pleno conocedor de las tácticas republicanas, el equipo de Obama no tardó en montar un sitio de internet diseñado para desmentir, de inmediato, todas las mentiras, medias verdades y rumores sobre el candidato. El sitio fightthesmears.com (hoy, attackwatch.com) funcionó a las mil maravillas. En la era de las redes sociales, la página de Obama logró interceptar las “campañas de desprestigio” antes de que pudieran dañar al candidato. No hubo silencios. Mucho menos berrinches. Sólo respuestas puntuales, perfectamente argumentadas y documentadas. Madurez democrática, pues.

En los meses por venir, Enrique Peña Nieto sufrirá incontables ataques, algunos justificados y otros no tanto. Lo mismo le ocurrirá a los otros candidatos presidenciales. Dependerá de cada uno de ellos acatar las lecciones de la historia o refugiarse en los viejos vicios. Plañir o desmentir, esa es la cuestión.

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