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Columna Epicentro: Dos punteros en las elecciones mexicanas, una silla

Columna Epicentro: Dos punteros en las elecciones mexicanas, una silla

León Krauze examina por qué Andrés Manuel López Obrador decidió comportarse como "puntero y no tocó a Enrique Peña Nieto".

LOS ÁNGELES, California - ¡Vaya ejercicio tan extraño presenciamos el domingo! Un debate durante una campaña presidencial tiene, para los candidatos involucrados, solo una de dos funciones: la defensa y el ataque. Para el puntero, se trata siempre de buscar la consolidación; evitar que sus rivales le den alcance. Para el segundo sitio, el reto es tirar al puntero; utilizar todos los recursos a su alcance para exponer al líder de la competencia, con la esperanza de que la enorme audiencia que sigue el encuentro cambie de opinión y le conceda una oportunidad a quien va a la zaga. El tercer sitio tiene, a su vez, dos objetivos: acercarse al segundo lugar y tirarle un lazo, de lejos, al puntero. Es, en sentido estricto, una carrera. Todo esto, lo sé, parece una obviedad. De ahí, el calibre de mi sorpresa ante la rarísima dinámica que vimos hace un par de días.

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En Guadalajara, la única que entendió a cabalidad su papel en el debate fue Josefina Vázquez Mota. Sin querer buscarle tres pies al gato, se asumió como lo que casi todas las encuestas le asignan: el tercer lugar. Como tal, comprendió que, para ganar, primero debe alcanzar a quien ocupa el segundo sitio. Por eso fue tras López Obrador, con quien intercambió, con cierta fortuna, un par de agarrones. Pero también asumió que no podía darle rienda suelta al puntero. De ahí que atacara otra vez a Peña Nieto. Vázquez Mota se deshizo de esa suerte de autismo electoral que la caracterizó por semanas. Demostró que le ha caído el veinte de su inminente fracaso. Reaccionó con (cierto) humor, información y (cierta) velocidad. Hizo buen uso de los recursos permitidos en el debate: presentó gráficas, fotografías, manejó bien el tiempo. Fue, en suma, a debatir. No es casualidad que un buen número de voces la identifiquen como la ganadora de la noche. Se lo merece.

Menos comprensible resulta la estrategia de Enrique Peña Nieto. Hace una semana, en este mismo espacio, describí la disyuntiva que enfrentaba el priista a falta de un mes para la elección: confiar en su ventaja o atacar como medida preventiva ante el ascenso de su rival más próximo. Ayer, Peña Nieto despejó la duda: él no atacará. El PRI podrá hacerlo en su representación y defensa, pero el puntero no se ensuciará las manos. Como dije hace una semana, me parece una estrategia arriesgada. En política, todo vacío se llena…y el silencio es vacío. Por otro lado, la decisión de Peña tiene también su lado comprensible. En cualquier país del mundo, una ventaja de entre ocho y diez puntos porcentuales a tres semanas de una elección representa un margen considerable (habría que preguntarle a Barack Obama todo lo que daría por presumir una ventaja similar a mediados de octubre). Peña se ha asumido como puntero y ha optado por no meterse en líos. Veremos si le resulta.

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A quien de plano no entendí fue a Andrés Manuel López Obrador. Durante todo el debate, el segundo lugar decidió comportarse como… ¡puntero! En una decisión incomprensible, decidió no tocar a Enrique Peña. A pesar de que el priista ha vivido un mes de pesadilla que lo ha dejado herido, López Obrador se replegó. Aunque el movimiento estudiantil se ha convertido en el gran imponderable de la elección y ha hecho verdadero daño a Peña, López Obrador optó por apenas mencionarlo: el 132 se volvió el número innombrable. El discurso de confrontación, que tan bien le había funcionado como estrategia a AMLO y tanto daño le estaba haciendo a Peña Nieto, se quedó también en el recuerdo. En cambio, López Obrador decidió que el puntero el domingo era él. No atacó a Peña porque deduce que no es necesario. En suma, el candidato del PRD parece haberse creído su propia aritmética-ficción, esa que descalifica a todos los encuestadores que no están con él, para creer, en cambio, en sus “propios números”.

Lo dicho: dos punteros y una silla. Uno de los dos vive una fantasía.

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