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Pablo Antonio Sucedo Ochoa, hijo de Fide y Yanina

Carta a Pablo Ochoa

Carta a Pablo Ochoa

Una vez, Pablo Antonio quiso que le aclarara qué pasaba con su mundo, pero temí violentar el código materno de la omerta

Pablo Antonio Sucedo Ochoa, hijo de Fide y Yanina
Pablo Antonio Sucedo Ochoa, hijo de Fide y Yanina

Pablo creció como un niño feliz, todo lo feliz que se podía ser entre

apagones y en pleno Período Especial. Pero en la escuela lo empezaron a

mirar raro. Una vez quiso que le aclarara qué pasaba con su mundo, pero

temí violentar el código materno de la omerta. Ella prefería mantenerlo

lejos de todo morbo y curiosidades malsanas. Como un niño normal, sin

arrastres que no le correspondían ni fantasmas que le angustiasen

demasiado temprano. "Ya tendrá tiempo para sufrir, no le adelantes su

calvario", me decía mientras me tomaba la mano, con un apretón lo

bastante fuerte como para sentir el imperativo del reclamo detrás del

gesto amable.

Pablo nació el mismo año en que la desgracia se ensañó con su familia,

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y no puede recordar el llanto constante de sus seres queridos y los

terribles días de aquel verano de hace 20 años. Pero empezó a conformar

su propio expediente; un trazo aquí, un gesto allá le habían servido

para inventarse una historia a medias, cercana a veces a la verdad,

pero demasiada fantasiosa como para robarle el sueño. En esa sobrecama

de retazos prestados el enemigo sí le había quedado claro y un día me

lo escupió a la cara.

Coincidimos una tarde con un muchacho llamado Luar, quien aseguraba que

por el honor derivado de un pacto de familia, era nieto de Raúl Castro.

El supuesto abuelo, lejos de desmentir, respaldaba el título. Este

muchacho, nieto de un asaltante muerto en el fracaso del Moncada, era

un protegido del entonces ministro de las FAR, que honraba una promesa

hecha al difunto combatiente minutos antes de la escaramuza.

Cuando Pablo supo del aparente vínculo comenzó a ofender, con los más

incongruentes términos, al muchacho que le superaba en tamaño y edad.

El joven, que primero se mostró hosco, al conocer la ascendencia de

Pablo prefirió abrazarlo con cariño.

Pablo, desarmado y confundido, justificaba su actitud asegurándome que

el abuelo del muchacho le había hecho algo malo a su abuelo, que no lo

tenía claro, pero sabía que era así. Pidió mi ayuda para completar su

esquema. Pero entre el compromiso maternal y mi miedo por lo reciente

de los hechos, preferí callar.

Un Pablo de diez años tuvo que soportar en la escuela a una ignorante

profesora lanzar los peores epítetos contra su abuelo. El muchacho

escapó corriendo del aula al tiempo que prometía regresar con los

elementos suficientes para desmentir su versión. En su fuga terminó en

mi casa, pidiéndome le organizara la confundida cabeza. Volví a evadir

sus reclamos.

Hoy, como si de cábalas se tratara, coinciden dos fechas importantes en

el almanaque de Pablo: el muchacho llega a sus veinte años de vida

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justo al cumplirse los veinte de la muerte de su abuelo. Una

coincidencia menor me sitúa a cinco años de haberlo visto por última

vez.

Ha sobrevivido a todas las miradas y rumores. Terminó el servicio

militar en el mismo ejército que fundó su abuelo y donde su apellido se

ha vuelto impronunciable. Creció más que todos los que pretendíamos

cubrirle y se impuso a todas las ausencias con su sonrisa sincera.

Sirva este mensaje de tiempos modernos para hacerle saber a mi

maravilloso muchacho, ya un hombre en la distancia, que sólo aspiro a

que la vida me dé una segunda oportunidad y pueda contarle la verdad de

su historia. Que en su presencia pueda arrepentirme de no haberle

contado más, y de haberlo dejado ir sin asegurarle que su abuelo,

culpable de lo que fuera, se portó como un hombre, un tipo digno, que

se mantuvo firme en su soledad, sin importar que con su mano acariciara

la punta de los fusiles que le iban a matar.

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Sobre todas las cosas, Pablo Antonio Sucedo Ochoa, el hijo de Fide y

Yanina, el hombrón barbado que ahora asoma en las pocas fotos que me

llegan, es uno de los tesoros que me robó el exilio, una de las mejores

cosas que perdí en la Habana, y que añoro cada vez que abro la gaveta

de los profundos dolores.

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