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Después de recuperarse de cuatro rondas de quimioterapia Monse debió recibir un trasplante porque el cáncer había llegado a su cerebro.

A Monse le urgía un trasplante de médula ósea, su hermana de 6 años se la donó

A Monse le urgía un trasplante de médula ósea, su hermana de 6 años se la donó

En el mes de concientización del cáncer infantil, Monse y su madre Guadalupe Hernández comparten vivencias de su diagnóstico de leucemia. Solo en 2015 unos 2,700 niños hispanos en EEUU tuvieron algún tipo de cáncer.

Después de recuperarse de cuatro rondas de quimioterapia Monse debió rec...
Después de recuperarse de cuatro rondas de quimioterapia Monse debió recibir un trasplante porque el cáncer había llegado a su cerebro.

Monse Zermeno Hernández tenía dificultades para leer el pizarrón. “Las letras se veían muy, muy, pequeñas”, recuerda la joven, que en ese momento tenía 14 años y estaba empezando el noveno grado.

Hacía poco tiempo le habían cambiado la fórmula de sus lentes de lectura y creía que esa era la causa de sus problemas de la vista pero, cuando una semana después comenzó a sentir unos dolores intensos de cabeza, le pidió a Guadalupe, su mamá, que la llevara al oculista.

En cuestión de días le diagnosticaron leucemia, un cáncer de la sangre del que diagnostican a una persona en Estados Unidos aproximadamente cada tres minutos y, aunque la tasa de supervivencia se ha cuadruplicado desde 1960, se espera que sea la causa de muerte de 24,400 personas este año, según la Leukemia & Lymphoma Society.

“Cuando me mostraron cómo estaba su córnea pensé se trataba de diabetes porque su papá y su abuelito la tienen, pero nunca pensé que me fueran a dar esa noticia. Cuando entró la doctora y nos dijo que era leucemia yo no entendí nada. No quería aceptar que mi hija tuviese esa enfermedad”, comenta la señora Hernández, originaria de Álvaro Obregón en Michoacán, pero residente de Estados Unidos desde hace 18 años.

Los doctores del hospital de niños OHSU Doernbecher Children en Portland, Oregon, no la dejaron irse a su casa. Les dijeron que le pidieran al papá, que en ese momento estaba desempleado pero que ahora trabaja en un matadero de carne, que les trajera ropa para una estadía de cinco días, que luego se prolongó a un par de meses.

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“Me explicaron que su leucemia era my agresiva y que tenían que darle la quimioterapia lo más pronto posible. Todo pasó muy rápido. El doctor me dijo que si hubiera esperado una semana o dos en mi casa antes de que la diagnosticaran, a lo mejor no hubieran podido hacer nada por ella”, agrega Hernández.

Monse Hernández tenía 14 años cuando recibió el diagnóstico de leucemia.
Monse Hernández tenía 14 años cuando recibió el diagnóstico de leucemia.

Después de recuperarse de cuatro rondas de quimioterapia Monse fue dada de alta del hospital el 11 de marzo. Era viernes y la familia celebraba feliz el haber vencido el cáncer, una enfermedad que, según la American Cancer Society, en 2015 afectó a 2,700 niños hispanos viviendo en Estados Unidos, representando cerca de 2.1% de los casos de cáncer en hispanos.

Dos días después, sin embargo, debió reingresar al hospital, después de convulsionar.

El cáncer había regresado y recibieron la confirmación de que ya había llegado al cerebro. “El único momento en que he estado realmente furiosa fue cuando me dijeron que el cáncer había vuelto. Estaba molesta conmigo y con mi cuerpo porque a pesar de todo el dolor por el que tuve que pasar y todas las medicinas que me dieron, nada había funcionado”, dice Monse. Su madre agrega: “yo quería que todo fuera un mal sueño, que en algún momento me iba a despertar y nada de esto iba a estar pasando”.

El proceso de donación

No había tiempo para medidas tibias: Monse debía recibir más quimioterapia, radiación en la cabeza y un trasplante de médula ósea. Empezó entonces la búsqueda de un donante entre sus hermanos. Ni Jonathan de 19 años, ni Agustín Jr. de 13 años, fueron compatibles. Su hermana Emily, en ese momento de seis años, lo era 100%.

Solo 30% de los pacientes que necesitan donación de médula ósea tienen un donante en su familia, el porcentaje restante debe buscar compatibilidad a través de un registro nacional.

Aunque aliviados, el hecho de que el donante se tratara de la más chiquita de la casa fue muy difícil para todos. Monse, temía el dolor que le podría ocasionar el procedimiento médico a su hermana. La madre, a quien todavía se le corta la voz cuando recuerda ese momento, dice que no sabía ni siquiera cómo se lo diría.

“Me habían explicado que el procedimiento era como una transfusión de sangre y que no teníamos otra opción. Cómo le explicas tú eso a una niña. Siempre que empezaba me ponía a llorar. Por un lado estaba contenta, pero por otro estaba preocupada, tenía muchos sentimientos encontrados”, agrega.

Monse también recuerda la ambivalencia. “Cuando supe que podían hacerme el trasplante me puse feliz, fue muy emocionante. Era tener una segunda oportunidad. También estuve más o menos contenta de que era una de mis hermanos, aunque yo no quería que fuera ella”.

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Pero la pequeña Emily lo que quería era que su familia regresara a la casa y cuando le comunicaron los planes inmediatamente empezó a decir que lo hacía feliz y que ahora se convertiría en una hermana “gemela” de su hermana.

Así, el 19 de mayo, ingresaron la hermana menor al hospital, quien, por su tamaño, debió donar sus células dos días seguidos, para llegar a la cantidad que Monse necesitaba.

El trasplante fue hecho por la doctora Eneida Nemecek, directora del programa de trasplante de médula ósea pediátrica del OHSU, a través del cual han realizado más de 400 trasplantes de médula ósea utilizando sangre o células madre de cordones umbilicales o de donantes.

Emily Hernández donó dos rondas de células a su hermana.
Emily Hernández donó dos rondas de células a su hermana.

La recuperación de Emily fue muy rápida. Tuvo dolor los primeros dos días por el catéter que le pusieron pero fue muy rápido y a la semana ya estaba como si nada. Monse me rogó para tener una hermana pequeña y ahora tengo otra razón para estar contenta de que lo hizo. Tengo dos bendiciones muy especiales”, dice la señora Hernández.

Monse estuvo un tiempo más en el hospital, hasta el 16 de junio, cuando los doctores verificaron que no tenía ninguna reacción adversa a las nuevas células y que su cuerpo tenía suficientes defensas como para salir a la calle. “100 días después del trasplante nos dijeron que había sido un éxito. Todas las células en su médula ósea estaban libres de cáncer. Yo me sentí feliz y le pedí perdón a Dios por todo lo que le había reclamado cuando la diagnosticaron”, señala.

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Monse regresó hace dos semanas al colegio y le han reducido los medicamentos de tres a uno solo, que deberá tomar por un año. No usa las escaleras, porque dice que la agotan, pero está asistiendo a clases tiempo completo y dice sentirse bien. Hasta hizo las pruebas para ingresar en el equipo de voleybol. Su mamá le recomienda que se tape para que no pase frío y que no vaya a sitios donde haya mucha gente para que no se exponga, pero ella insiste en regresar a la vida que tenía antes del diagnóstico y en recuperar el año perdido. A cualquiera que se haga un trasplante de médula le aconseja: “Sean valientes, no renuncien, no se detengan”.

La importancia de poder dar vida

En este último año, desde el diagnóstico de Monse, la señora Hernández dice haber aprendido muchas cosas que quisiera compartir sobre esta situación.

Nosotros los hispanos no donamos mucho y por eso hay niños que se mueren esperando un trasplante. Creo que pensamos que cómo se puede donar algo que a lo mejor después le vaya a hacer falta a uno. No tenemos mucha información. Ahora sé que producimos miles y miles de células diarias y que unas pocas le pueden salvar la vida a alguien”, comentó.

Recuerda también con un poco de vergüenza cuando su hijo mayor iba a donar sangre y ella se oponía por temor a que después se sintiera débil. “Ahora entré en razón y sé que donar no te enferma, ni te hace daño. Mi hija tiene seis años y está haciendo su vida normal, sin dolor, como si no hubiera pasado nada”, agrega.

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