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El encuentro y saludo entre el líder cubano Raúl Castro y el presidente de Estados Unidos Barack Obama distrajo la atención de la VII Cumbre Iberoamericana de Panamá.

Arturo Sarukhan: ¿Y después de Panamá, qué?

Arturo Sarukhan: ¿Y después de Panamá, qué?

El ex embajador de México en EEUU analiza qué dejó la VII Cumbre Iberoamericana y qué se quedó afuera.

El encuentro y saludo entre el líder cubano Raúl Castro y el presidente...
El encuentro y saludo entre el líder cubano Raúl Castro y el presidente de Estados Unidos Barack Obama distrajo la atención de la VII Cumbre Iberoamericana de Panamá.

Por Arturo Sarukhan, ex embajador de México en Estados Unidos

La Séptima Cumbre de las Américas, celebrada este mes en la ciudad de Panamá, vino y se fue de manera previsible: mucho ruido y pocas nueces. Y no me malinterpreten, estimados lectores. No es que no fuese importante la cumbre; lo era ciertamente. La promesa que encierra el acercamiento entre Estados Unidos y Cuba, y las grandes expectativas mediáticas y políticas en torno a lo que sería la primera vez que dos mandatarios estadounidense y cubano se estrechasen la mano, con el ruido ambiental que se cernía sobre ese momento por las maniobras habituales del presidente venezolano Nicolás Maduro, acapararon por rara vez la atención no sólo de la prensa y opinión pública internacionales sino también de las estadounidenses, poco proclives a dedicarle banda-ancha a la cobertura de los temas latinoamericanos y caribeños. Y lo que confronta el hemisferio en este momento, en términos de decisiones seminales y opciones de política pública, y para la dinámica de las relaciones interamericanas "y de la relación de nuestras naciones con otros actores y procesos globales- tampoco es cosa menor.

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Adicionalmente, el gobierno panameño tuvo que hacer un enorme y meritorio trabajo de preparación e hilar fino para llevar a puerto seguro la cumbre. Pero precisamente por lo que está en juego para nuestras naciones y nuestras sociedades, desde Alaska hasta la Patagonia, la Cumbre de las Américas nuevamente muestra los límites reales de estos mecanismos de concertación regional interamericanos. Más allá de los temas torales que la región tendría que estar discutiendo, y que abordaré en esta columna, en el fondo la fractura tectónica real en América hoy está entre las naciones y gobiernos que se ciñen al pasado y aquellos que apuntan al futuro, y entre la ideología por un lado y el pragmatismo por el otro.

Pongamos los puntos sobre las íes. Empecemos por Cuba y la distensión bilateral con Estados Unidos. La primera reunión con todos los jefes de Estado de las naciones americanas presentes bajo un mismo techo desde 1962 cumplió con las expectativas detonadas desde diciembre pasado como resultado de la loable y valiente decisión del presidente Barack Obama de buscar la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. A Einstein se la atribuye la famosa frase "a pesar de que no está del todo claro que él de hecho la haya pronunciado- en el sentido de que la definición de la locura es repetir algo una y otra vez y esperar con ello resultados distintos. Más allá de dónde estemos cada uno de nosotros posicionados con respecto a cuáles deben ser las premisas para la interacción con el gobierno de La Habana, no cabe duda alguna que la política estadounidense hacia Cuba, particularmente después del deshielo bipolar de 1989, no dio resultados y que -junto con Corea del Norte- representaba el último gran dinosaurio de la Guerra Fría. La reciente Cumbre de las Américas ha sido un primer paso en lo que será seguramente un camino laborioso y tortuoso hacia la plena normalización de relaciones diplomáticas. Espero que ello incluya, más temprano que tarde, y con el consenso y apoyo del Congreso, el levantamiento del embargo estadounidense, que por cierto en mi opinión ha sido un fracaso colosal de política internacional. El de Obama ha sido por ende, un paso celebrado por toda la región.

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Pero ahora vayamos a lo que realmente, en el fondo y a largo plazo, determinará cómo confronten y aprovechen las Américas los retos y las oportunidades que el futuro encierra para nuestros gobiernos y nuestros ciudadanos. De entrada, de los tres temas que en gran medida han condicionado la manera en la cual la mayoría de las naciones americanas ven a Estados Unidos "a decir, Cuba, migración y la política antinarcóticos- sólo Cuba progresa.

Ante el impasse legislativo en el Congreso estadounidense y la polarización político-ideológica en torno a la reforma migratoria, la enorme importancia de la decisión tomada por el presidente Obama a fines del año pasado en el sentido de mitigar mediante una Acción Ejecutiva el impacto económico, social y humano de un sistema migratorio roto, se ha topado con la pared del litigio interpuesto ante un juez Federal en Texas por una veintena de capitales estatales en Estados Unidos. Para todo propósito, la promesa de poder sacar de la sombra a cerca de cinco millones de indocumentados, muchos de ellos jóvenes ‘Dreamers’, está en el limbo y seguramente no prosperará en el mediano plazo. Y a pesar del aire fresco que sopla en Estados Unidos en torno al debate de la legalización de la marihuana, el ambiente con respecto a cómo se traduce eso a las políticas regionales de control y erradicación despide un olor rancio. Estados Unidos, como desafortunadamente lo ha vuelto a subrayar el presidente estadounidense en su visita a Jamaica camino a la cumbre en Panamá, no ve la necesidad de conciliar la contradicción flagrante y brutal que hoy se ha abierto entre la decisión de Washington de dejar que los estados "como Colorado, Washington o el propio Distrito de Columbia- avancen en políticas de legalización de la marihuana, y el hecho de que tanto en las Naciones Unidas como en su política hacia las naciones de la región, Estados Unidos persiste en buscar que América Latina y el Caribe sigan erogando recursos y poniendo sangre, sudor y lagrimas en erradicar e interceptar marihuana de baja calidad (comparada con la que hoy se produce legal e ilegalmente en Estados Unidos) y cuyo destino es el consumidor estadounidense. Crecientemente, las sociedades y gobiernos de la región irán diciendo, uno a uno, ‘basta’.

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Migración y drogas son dos temas en los que claramente se expresa un debate entre pasado y futuro. Pero no son los únicos. América Latina y el Caribe, y sus vecinos canadiense y estadounidense, tendrán decisiones clave que tomar en los meses y años venideros. Veamos. La erosión democrática, la corrupción endémica y la debilidad del Estado de derecho son una amenaza real y presente para nuestras sociedades. ¿Cuánto más seguiremos volteando la mirada, arropada en un discurso que debería ser cosa del pasado en el sentido de que los derechos humanos y las libertades fundamentales son un tema “interno” y que la soberanía nacional es una excusa para no hacer nada  o un dique que no puede ser zanjado para abordar y arrojar luz sobre estos temas? La posición recientemente adoptada por UNASUR con relación a la persistente violación de derechos civiles y humanos en Venezuela es desafortunada y va a contrapelo de lo que muchas de las naciones que hoy forman parte de esa organización subregional tuvieron que vivir con las dictaduras militares que padecieron en el pasado reciente.

¿O qué, ya se les olvidó? La Carta Democrática Interamericana parece no valer el papel en el que está escrita. La violencia detonada en Centroamérica, particularmente en el llamado Triángulo del Norte, conformado por Guatemala, El Salvador y Honduras, y en mi país, México, son no sólo el resultado de décadas de políticas de seguridad pública fallidas sino, fundamentalmente, de la debilidad del Estado de derecho y del imperio de la ley. El crimen organizado trasnacional que opera en nuestras naciones, ya sea traficando drogas, personas, armas o DVD’s “pirateados”, es en el fondo una expresión de la debilidad del marco legal y del régimen de nuestros estados de derecho. Y la corrupción que vemos por todos lados está desgastando la correa de transmisión entre ciudadanía y política publica, desde México hasta Brasil.

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La región también enfrenta un problema estructural de fondo en las postrimerías de la gran recesión de 2009. Ante la caída de las exportaciones de materias primas a China, y el impacto de la caída de los precios internacionales del petróleo, Latinoamérica y el Caribe tiene que encontrar fórmulas para volver a crecer. Por ello, el hecho de que seis naciones americanas "Canadá, Estados Unidos, México, Colombia, Perú y Chile-  estén negociando con seis economías de Asia Pacifico el Tratado de Asociación Transpacífica abre la oportunidad para que nuestras naciones no sólo encuentren nuevas vías para crecer vía las exportaciones, la generación de empleos y la vinculación con una de la zonas económicamente más dinámicas del mundo, sino para ser artífices del diseño y codificación de un sistema de comercio internacional del siglo 21 basado en reglas. Siempre he dicho que para países como México -y para este conjunto de naciones latinoamericanas también se aplica- que no somos potencias militares o económicas, hay de dos sopas en este mundo: ¡o nos sentamos a la mesa o estaremos en el menú! Nuestro crecimiento, nuestro bienestar, nuestra prosperidad y la capacidad de confrontar la desigualdad, la gran asignatura pendiente latinoamericana y caribeña, y quizá hoy uno de los temas torales al interior de naciones industrializadas como Estados Unidos, demandan escapar del corsé de fuerza ideológico y dogmático que sigue levantando la cabeza en nuestra región.

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Debemos asimismo aprovechar el gran potencial que existe, desde Canadá hasta Argentina, para ir desarrollando plataformas de aprovechamiento de nuestros recursos energéticos, tanto convencionales como no convencionales, para que el hemisferio occidental tenga una política de independencia, eficiencia y seguridad energética. E íntimamente vinculado a esta oportunidad, debemos garantizar que América armonice lo más posible sus políticas de desarrollo sustentable y contención del cambio climático. El continente tiene una riqueza biológica sin par: de las quince naciones biológicamente más megadiversas del mundo, siete se encuentran en nuestro hemisferio. De cómo vayamos atendiendo con visión de futuro y sensibilidad los retos que todos confrontamos a raíz del cambio climático generado por la actividad humana dependerá la capacidad del hemisferio de confrontar, entre otros retos existenciales, mega-sequías, pérdida de biodiversidad, crisis alimentarias, potenciales desplazamiento poblacionales y la supervivencia misma de la mayoría de las naciones del Caribe.

Al final del día, nuestra región enfrenta una decisión simple pero trascendental: vamos para adelante con pragmatismo o nos aferramos ideológicamente al pasado. La Cumbre de las Américas en la Ciudad de Panamá puso esa ecuación claramente sobre la mesa. La decisión del presidente Obama va en esa dirección. El estridentismo irreflexivo “anti-yanqui” apunta al pasado. ¿Será suficiente lo ocurrido en Panamá para empujar el diálogo interamericano hacia el futuro? Muy probablemente la respuesta es que no. Pero sí que abre espacios para que países "más allá de las limitantes internas respectivas y sus propias necesidades, intereses y definiciones- que comparten agendas, visiones y aspiraciones, vayan creando núcleos de concertación y cooperación regional y subregional a la carta para ir avanzando en los temas abordados aquí y en muchos otros que no he tenido oportunidad de destacar hoy. El futuro de América depende de ello.

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