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Congreso de Estados Unidos.

Arturo Sarukhan: ¿Luz al final del túnel?

Arturo Sarukhan: ¿Luz al final del túnel?

El exembajador de México en EEUU analiza la importancia de la aprobación del “fast track” por parte del Congreso.

Congreso de Estados Unidos.
Congreso de Estados Unidos.

Por Arturo Sarukhán, exEmbajador de México en Estados Unidos

Esta semana será clave para el presidente Barack Obama y su legado, para el bienestar económico y social de los estadounidenses y para los intereses geoestratégicos no solo de Estados Unidos sino también de varias naciones latinoamericanas. Después de dos salidas en falso, una en mayo en el Senado y otra hace un par de semanas en la Cámara de Representantes, este recinto legislativo logró, mediante mecanismos procedimentales, darle la vuelta la semana pasada a la oposición pertinaz, particularmente en el seno del partido Demócrata, a la llamada autoridad “fast track” (Trade Promotion Authority o TPA) en materia comercial. Como muchos lectores de Univisión Noticias recordarán, el instrumento conocido coloquialmente como “fast track” le otorga atribuciones al Ejecutivo estadounidense para cerrar negociaciones comerciales internacionales y autoimpone al Congreso la obligación de ratificar o no, en paquete y de manera integral, lo negociado. Como también muchos recordarán, la Casa Blanca tuvo que obtener hace dos décadas esa misma autorización para iniciar las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, o NAFTA por su acrónimo en inglés), así como las de todo tratado comercial subsecuente que Estados Unidos ha suscrito desde entonces.

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Con el voto emitido al cierre de la semana pasada, la Cámara de Representantes devolvió la iniciativa de ley al Senado, el cual se prevé la pueda votar nuevamente en algún momento de la semana en curso y previsiblemente darle al Presidente y a la Casa Blanca una victoria legislativa enormemente importante, pavimentando con ello el camino hacia la conclusión exitosa de las negociaciones para el Acuerdo de Asociación Transpacífica (o TPP, por su acrónimo en inglés), un acuerdo de comercio libre entre 12 naciones de la cuenca del Pacífico, cinco de ellas americanas "Canadá, Estados Unidos, México, Perú y Chile" y las siete restantes de Asia Pacífico (Australia, Brunei, Japón, Malasia, Nueva Zelandia, Singapur y Vietnam).

Hay pocos temas en el Congreso de Estados Unidos que sean simultáneamente tan técnicos y poco comprendidos "y que a la vez estén tan altamente polarizados y politizados" como lo son la legislación y las regulaciones en materia comercial. El rango de las negociaciones para el TPP cubre una arco amplio de temas, desde tarifas, subsidios y barreras al comercio, a la protección de derechos de propiedad intelectual, el uso de productos agrícolas genéticamente modificados, o compras gubernamentales y empresas paraestatales, por nombrar sólo unos cuantos. Estas negociaciones "en este caso en particular, entre 12 naciones" son como un circo de múltiples pistas, con negociaciones bilaterales, por subgrupos regionales o entre bloques sucediendo de manera simultánea. Como en cualquier negociación compleja, sea ésta por ejemplo entre empresas, o entre empresas y un sindicato, los gobiernos que participan en la negociación prefieren mantener sus posiciones lo más resguardadas posibles hasta que entre ellos se alcanza un acuerdo general. Por ende, el argumento que se escucha tanto en redes sociales como en pasillos y algunas oficinas de activistas y del Congreso estadounidense en el sentido de que las negociaciones son “secretas”, no es del todo certero. De entrada, el proceso negociador y legislativo es el mismo que se ha seguido en los últimos cincuenta años de negociaciones comerciales internacionales. Y ningún acuerdo negociado podrá entrar en vigor sin la revisión, el consentimiento y la eventual ratificación del Congreso estadounidense. Tampoco es una concesión ilimitada de poder al Presidente. Al contrario, es el Capitolio el que impone al Presidente parámetros y mecanismos de consulta. Y al final del día, compete sólo al Congreso determinar si lo negociado se convierte en ley de este país o no mediante la ratificación legislativa. Pero sí, hay que reconocerlo, hay indudablemente un hecho irrefutable. Y es que no cabe duda que todos los países que han negociado el acuerdo a lo largo de los últimos cuatro años podrían haber hecho mayores esfuerzos para comunicar de una manera más eficaz y transparente a sus ciudadanos lo que está en juego con el TPP y qué temas se están negociando y por qué. ¡Cuánta tinta y saliva nos podríamos haber ahorrado si los gobiernos, particularmente algunos en América Latina, hubiesen articulado desde un principio que, por ejemplo, proteger y garantizar los derechos intelectuales y de autor no contraviene los derechos de acceso a la información y a la libertad de navegación en el internet! Si algunos gobiernos desde temprano hubiesen subrayado que la libertad de acceso a la información en internet no equivale a socavar y violar los derechos de autor y con ello a afectar a miles de artistas, escritores, académicos, emprendedores que viven de las industrias creativas en nuestras naciones, otro gallo nos cantaría con respecto a cómo este tema se ha convertido en un mito urbano que ha minado la credibilidad, el  apoyo y arropamiento social para con el acuerdo, particularmente en países como México y Chile.

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Mas allá de las implicaciones políticas internas de lo sucedido en el Congreso con la dinámica política y partidista en el Congreso y su impacto para la elección presidencial en este país en 2016, tema que por cierto abordaré en entregas subsecuentes de esta columna para Univisión Noticias, ¿por qué es importante que el TPA avance en el Capitolio estadounidense? Porque en caso de que esta iniciativa de ley sea aprobada tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes, el Presidente Obama podrá encarar la fase final de las negociaciones del Acuerdo Transpacífico (TPP) con suficiente capital diplomático como para cerrar capítulos clave que aún están sobre la mesa, particularmente en los sectores automotriz y agropecuario con Japón. Dará además a las otras 11 naciones de la cuenca del Pacífico que negocian con Estados Unidos la certidumbre de que lo acordado no será desmenuzado y revertido por los intereses individuales "parroquiales y políticos" de cada uno de los 100 Senadores y 435 Representantes estadounidenses. Los tres socios norteamericanos, Canadá, Estados Unidos y México, y dos de los socios de la llamada Alianza del Pacifico, Perú y Chile (los otros dos son México y Colombia), tienen mucho en juego con el TPP y por ende con la aprobación misma de TPA en el Congreso estadounidense. Primero, porque el TPP ayudará a modernizar el marco regulatorio del TLCAN sin tener que renegociarlo, lo cual, por la compleja dinámica política prevaleciente en Washington y en las relaciones tanto de México como de Estados Unidos con Canadá, sería como meternos un autogol. EL TLCAN fue en su momento (1993) el primer acuerdo comercial de su tipo, un acuerdo pionero entre una economía industrializada, Estados Unidos, y una economía emergente, México.  Si se quiere, fue un acuerdo de comercio libre 1.0. Los acuerdos comerciales suscritos desde entonces, como los que se fueron aprobando con Chile, Centroamérica, República Dominicana, Perú y Colombia, son acuerdos de comercio libre de generación 2.0. El TPP sería el primer acuerdo 3.0; un acuerdo con dientes en materia de derechos laborales y de propiedad intelectual, con resguardos en materia ambiental, y que abona a un sistema internacional basado en reglas claras y transparentes, cuya aplicación se puede garantizar. Segundo, el TPP profundizará uno de los logros más significativos del TLCAN: la consolidación de plataformas de proveeduría y producción conjuntas en Norteamérica, aumentando con ello los porcentajes de participación norteamericana en el comercio global vía Asia Pacífico. Tercero, permitirá a aquellas naciones que formemos parte del TPP seguir construyendo un sistema de comercio internacional de siglo XXI basado en reglas. Cuarto, la conclusión exitosa del TPP podría ser como echar ‘Drano’ en las tuberías de la incipiente pero atorada negociación del acuerdo comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea (TTIP por sus siglas en inglés), de paso haciendo aún más evidente que tanto México "que ya tiene un acuerdo comercial con la UE" como Canadá "que ha terminado de negociar el suyo con Bruselas" debemos integrarnos más temprano que tarde al TTIP. Y quinto, y en mi opinión quizá lo más relevante, porque al final del día, al igual que el TLCAN en su momento, el TPP es más que un acuerdo comercial, éste es una apuesta con profundas implicaciones estratégicas a largo plazo para los socios comerciales en el hemisferio, tanto los tres norteamericanos (Canadá, Estados Unidos y México) como sudamericanos (Perú y Chile). Si a ello agregamos que Colombia, país integrante de la Alianza del Pacífico, ha manifestado su deseo de ingresar eventualmente al TPP y que Costa Rica también esta midiendo cuándo ingresar a la Alianza del Pacífico, tendríamos un arco de países a lo largo de gran parte de la costa del Pacífico del continente americano unidos por acuerdos de comercio libre y por reglas de un sistema comercial internacional moderno que abone al crecimiento económico, el empleo y el bienestar social.

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Los países latinoamericanos participantes en particular no podemos ni debemos escondernos detrás del discurso de que los acuerdos comerciales sub-regionales, como la Alianza del Pacífico, o mega-regionales, como el TPP, se tratan solamente de eliminar barreras al comercio, potenciar flujos comerciales y detonar crecimiento económico vía las exportaciones. Si bien es entendible que así se pretenda articular pública e incluso diplomáticamente, debemos reconocer sin ambages que estos acuerdos son una jugada de realineamiento geopolítico fundamental para los intereses nacionales de países que comparten los objetivos de alcanzar un nuevo marco regulatorio internacional basado en criterios y códigos de conducta para este siglo, y no del pasado. Eso sí, no pueden ni deben ser excluyentes: se trata de articular asociaciones abiertas entre naciones que quieran estar en ellas, y no asociaciones cerradas, diseñadas para marginar a los que no están. Pero en un entorno global mucho más fluido, más conflictivo y con retos crecientes "provenientes tanto de actores estatales como no estatales" a la seguridad internacional, el entramado que generan acuerdos como el TPP entre las naciones participantes se erige en uno de los mejores diques a la inestabilidad y un importante instrumento de fomento a la confianza internacional. La aprobación del TPA en el Congreso de Estados Unidos, y subsecuentemente del TPP, resultan claves para la agenda de crecimiento de las naciones americanas participantes, pero también lo son para nuestra huella internacional y nuestros intereses geoestratégicos globales.

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