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La selección española posa antes del partido contra Chile en el Maracaná, en Río de Janeiro, Brasil.

A rey muerto

A rey muerto

Columna del periodista Martín Caparrós sobre el partido España-Chile que terminó con la caída del campeón.

La selección española posa antes del partido contra Chile en el Maracaná...
La selección española posa antes del partido contra Chile en el Maracaná, en Río de Janeiro, Brasil.

Por Martín Caparrós

Sabemos que es injusto: radicalmente injusto, pero va a ser así. Hoy, mañana, ni el loro va a extenderse en la victoria de Chile, su clasificación temprana, su éxito indudable. Nadie: todo es España, la caída del campeón más bello.

Es lógico: somos culturas de la muerte. Nos hicimos a partir de la tortura de un agitador religioso palestino y festejamos a nuestros próceres el día que palmaron y hacemos de nuestros muertos estandartes. Hoy hubo una muerte súbita, tan inesperada: nunca un campeón mundial había perdido así. España, en esta copa, fue como tantos de nosotros: empezó haciendo un gol, prometiendo futuros venturosos y después ni uno más y, en cambio, siete en contra.

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No faltarán quienes insistan en que fue una conspiración republicana: que alguien maquinó que, para complicarle la vida al rey que llega, nada mejor que enfrentarlo a la derrota de sus únicos campeones. O quienes digan que fue puro monarquismo: que, para marcar su peso, ese rey que se va se lleva en su caída el gran orgullo nacional de su nación en tiempos de orgullo tan escaso.

Son pamplinas: hablar de reyes es pamplina. Los futbolistas españoles perecieron por una sobredosis de sí mismos. Dos jugadas, por ejemplo, cuando ya estaban 2 a 0 abajo: en el minuto 79, un contraataque rápido por un error chileno y el avance que, en vez de concretarse, se disuelve en maraña de pases: como si el escorpión no pudiera "realmente no pudiera" con su naturaleza. La segunda: minuto 95, toques que empiezan a retroceder, via Iniesta, desde el área chilena y terminan en la propia: la impotencia, la terrible impotencia.

Una idea de la retórica: el amoroso de sí, relato ensimismado. Un discurso que no consigue completar sus frases porque le gustan tanto que siempre agrega un adjetivo, un adverbio, un verbo por pasiva y que, a fuerza de hacerlo, ya no sabe cómo cerrar una oración. El olvido de buscar finales, entonces, lo hunde en este final tan anterior a lo previsto.

La derrota es bruta y se va a cargar a una generación "y a un rey de copas: no es probable que la carrera del marqués de Del Bosque, tan amado, sobreviva a este choque. Con él se va a acabar este linaje español de viejos sabios y modestos, desaliñados, calvos; alguna forma de la modernidad, temible, bien vestida, amenaza a la vuelta de la esquina.

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