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Pablo Milanes se presentó en un concierto en el Miami Airlines Arena donde solo acudieron unas 3,500 personas.

¿Que nos dejó Pablo Milanés?

¿Que nos dejó Pablo Milanés?

Pablo Milanés, pasó por Miami.  No dejó ni  siquiera un teatro lleno y  para los que fueron a verlo, su presencia no fue más que el fiel reflejo de la dictadura que representa.

Pablo Milanes se presentó en un concierto en el Miami Airlines Arena don...
Pablo Milanes se presentó en un concierto en el Miami Airlines Arena donde solo acudieron unas 3,500 personas.

 “Patria plena, no patria mediatizada. Patria justa”-Jorge Mas Canosa        

Pablo Milanés, pasó por Miami.  No dejó ni  siquiera un teatro lleno y  para los que fueron a verlo, su presencia no fue más que el fiel reflejo de la dictadura que representa.  La decadencia en todo su esplendor. Lo que si dejó, fueron profundas heridas y la habitual división en una comunidad, que lo ha visto todo, menos la justicia,  al tratarse de Cuba.

Por eso es ridículo  que escriban artículos para invitar a almorzar al trovador oficialista,  patético  llamarle: “el hermano Pablo Milanes”  y predecible que el perenne fracasado candidato local se retrate saludándolo con visible emoción.  Pero lo que si es doloroso,  es que Carlos Alberto Montaner le dé la bienvenida  en su blog ofreciéndole  un apretón de manos.

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Según Montaner, Milanés ha dicho tres cosas muy importantes,  “Dijo que ya no deseaba cantarle a Fidel Castro, que no tiene inconveniente en dedicarles una canción a las Damas de Blanco, y que es un revolucionario crítico comprometido con el sistema socialista.  ¡Bravo!.”

¿Bravo?   Hemos de suponer que ya es difícil mantener la imagen de trovador izquierdista cuando se le dedica un concierto a un anciano dictador disfrazado de deportista.  Definitivamente malo para el mundo moderno de las relaciones públicas.   También  dice no tener  inconveniente en dedicarle una canción a las Damas de Blanco, pero no lo ha hecho, se apresuró en aclarar.  El ser un “revolucionario crítico, comprometido con el sistema socialista”,  son palabras sacadas de un discurso de Raúl Castro.  Lo que sí ha firmado Pablo Milanés hace muy poco es una carta al Fiscal General de  los Estados Unidos pidiendo la libertad de los cinco espías castristas, uno de ellos Gerardo Hernández, condenado a cadena perpetua por su participación en el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate.  Lo que si le ha reiterado Milanés a Fidel Castro en una carta con motivo de su cumpleaños, es: “te prometo representarte a ti y al pueblo cubano como merece este momento: con unidad de coraje y ante cualquier amenaza o provocación.  Un  abrazo, Tu Pablo Milanés”.  

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¿Cómo se hace justicia después de tantos años?  Con respeto a las víctimas y sobre todo como sentenció Jorge Mas Canosa tras el hundimiento del remolcador 13 de Marzo con niños a bordo: “Con la ira justificada de quien no puede contemplar en silencio un crimen”.  La misma ira que hemos visto despertar recientemente en una multitud que gritaba “abusadores” a los esbirros que arrastraban a seis indefensas mujeres que protestaban pacíficamente en las escalinatas del Capitolio habanero o posteriormente enfrentados a los policías que agredieron a otro pequeño grupo en Cuatro Caminos.

Hace unos años, cuando comenzó el Memorial Cubano,  digno esfuerzo de cubanos del exilio de simbolizar con cruces a las víctimas del régimen de los hermanos Castro y que en breve será un monumento permanente, caminé entre las cruces bajo una leve lluvia de esas que recuerda el llanto. Un campo santo erigido en el destierro, porque olvidar no es una opción y hay momentos que hacerlo envilece.

Allí estaba Eva Barba con su fragilidad y su eterno luto, abrazada a la cruz con el nombre de su hijo Pablo Morales, pulverizado en espacio aéreo internacional por Migs castristas junto a Carlos Costa, Mario de la Peña y Armando Alejandre.  ¿Su crimen? Salvar balseros que huían de un régimen que no ha cejado en su esfuerzo de destruir vidas.

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En aquel campo santo improvisado había tristeza y solemnidad y cabezas bajas.   Vi a un hijo romper a llorar sin poder contener los sollozos al encontrar el nombre de su padre víctima como tantos miles  que cayeron ante el paredón de fusilamiento.  Entre las miles de cruces también figuraban los nombres de asesinados en las prisiones, de reventados a culatazos en los campos de trabajo forzado  y de  niños hundidos en el mar por una pandilla de rufianes que ejercen la represión  en Cuba hace ya casi 53 años.

Algunos tienen la osadía de decir que hay odio en el exilio.  Odio es el que se prestó a apretar los gatillos, a hundir remolcadores, a dar golpes y más odio aun  albergan los que ciegamente los han seguido.  Odio es disparar y acribillar a un joven ante el paredón de fusilamiento después del  estremecedor grito de ¡Viva Cristo Rey!

Entre tantas vidas deshechas, vi el nombre de Helen Martínez, victima a los seis meses de nacida, hundida junto al remolcador 13 de Marzo.  “Violencia salvaje e innecesaria”, así lo denuncio el Departamento de Estado Norteamericano.  Así lo padecieron otros balseros y  para evitar que los cubanos escaparan del país, tropas guarda fronteras han lanzado granadas y disparos con armas automáticas.  Según el entonces Sub Secretario de Estado, Robert Gelbart  ”sus cuerpos eran sacados del agua con garfios de pesca y con pinchos”.

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Me detuve ante la cruz con el nombre de Pedro Luis Boitell.  Sus palabras fluyeron en mi memoria: “Los hombres no abandonan la lucha cuando la causa es justa”.  Renové mi compromiso con aquel líder estudiantil que no tuve el privilegio de conocer.  Le aseguré que su ejemplo no ha muerto, porque existe un Jorge Luís García Pérez Antúnez, un Ángel Moya, un Oscar Elías Biscet y tantos otros que hoy siguen su ejemplo.  Mas tarde moriría en una prolongada huelga de hambre en prisión, Orlando Zapata Tamayo.

Y llegué ante la cruz de Julio Antonio Yebra, fusilado a los 28 años en enero de 1961.  En vez de una oración, repetí en voz baja un fragmento del poema de Carlos Alberto Montaner escrito la noche de su fusilamiento:

Los seis te dispararon a la cara.

Después vino el silencio,

¡El silencio después del estallido!

¿Por qué no hubo más ruido?

¿Por qué se enmudecieron todos los sonidos?

Oh Dios, ¿que sucedió después del estallido?

Julio, hermano muerto,

Te veré a la caída de la tarde,

Como te ví aquella noche negra,

A la caída de la sangre.

¡A la terrible caída de la sangre!

¿Cuándo se nos permitió olvidar?  ¿Qué ha cambiado?  ¿Cuál de los mal llamados reformistas ha alzado sus voces condenando las  actuales brutales golpizas contra mujeres indefensas?  Ninguno, como tampoco  lo hicieron cuando Osmany Cienfuegos,  ex ministro de turismo castrista, encerró a más de cien brigadistas en una rastra hermética y cuando le advirtieron que se asfixiarían respondió: “Mejor, así nos ahorramos las balas”   Diez murieron asfixiados.  Años después los inversionistas extranjeros estrechaban felices la mano del ministro asesino, para dar paso a los negocios con quienes fabricarían hoteles en Cuba, vedados a los cubanos.  Ahora quieren que vayan cubanos y americanos para salvar la fracasada economía castrista y a eso le llaman cambios.

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¿Quién, quién nos dice que tenemos que olvidar?  Y tu, mi querido y admirado Carlos Alberto Montaner,  por lo que has visto, lo que has escrito y por la memoria de tu hermano Julio Antonio Yebra,  en esta noche negra que no ha visto el amanecer, no debes,  es que no puedes olvidar.

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