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A la izquierda, David Díaz, a los 18 años y poco antes de ser arrestado y enjuiciado; a la derecha ya con 38 años, en la cárcel Pleasant Valley, California.

"Cada día me siento más débil": el drama del hispano que lleva 19 años en prisión aunque la víctima dice que es inocente

"Cada día me siento más débil": el drama del hispano que lleva 19 años en prisión aunque la víctima dice que es inocente

Univision Noticias fue a entrevistar a David Díaz en la cárcel estatal Pleasant Valley, en California, la sexta en la que es recluido durante el cumplimiento de una sentencia mínima de 37 años que se puede extender a cadena perpetua por intento de asesinato, aunque la víctima y la testigo clave del crimen aseguran que él es inocente.

David Díaz posa en la cárcel estatal Pleasant Valley, en el condado de F...
David Díaz posa en la cárcel estatal Pleasant Valley, en el condado de Fresno, en California.


LOS ÁNGELES, California.- Hay un bosque inmenso detrás de David Díaz, pero él no sonríe. Con el rostro inerte posa frente a una cámara, como si quisiera que ningún sentimiento quede plasmado en esa fotografía. Cruza los brazos para otra imagen y conserva la expresión fría.

Desde hace 19 años ha estado atrapado en ese bosque, que es solo una ilusión: es el fondo que usan para tomarle fotos a los presos en la cárcel estatal de Fresno, California. Su verdadero panorama no está rodeado de árboles, sino de guardias, rejas, alambres de púas y una mortal corriente eléctrica. Allí cumple una sentencia mínima de 37 años que se puede extender a cadena perpetua, por un intento de asesinato del cual fue acusado, pero la víctima y la principal testigo aseguran que él es inocente.

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"Yo no debería estar aquí", dice Díaz en una entrevista con Univision Noticias en la cárcel Pleasant Valley, la sexta prisión a la cual lo han trasladado desde que un juez le dictó sentencia en 1999, un año después del crimen. Tras las rejas este hispano ha enfermado de ansiedad, hipertensión y un mal conocido como 'fiebre del valle', que causa tos persistente, fiebre constante, depresión y pérdida de peso.

"Cada día me siento más débil", asegura Díaz y agrega que su mayor miedo es morir en la cárcel. "Lo único que me mantiene vivo es saber que soy inocente y las visitas de mi familia".

Y es que los días más importantes de la mitad de su vida han ocurrido en el reducido espacio de una sala de visitas de un penal. En la mayoría de las fotografías de Díaz, que su familia guarda con cariño, él aparece vestido de azul, con el uniforme de las penitenciarías estatales donde se convirtió en un adulto. Desde la madrugada del 11 de agosto de 1998, cuando apenas tenía 19 años, un equipo de policías lo sacó en ropa interior de su casa en la ciudad de Alhambra y desde entonces no ha vuelto.

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La sala de visitas de la cárcel Pleasant Valley, hasta donde llego este reportero para hablar con Díaz, es un lugar que se llena de abrazos y juegos durante los fines de semana. Su familia y su novia, compañera de trabajo de su madre y a quien conoció estando preso, habían prometido irlo a ver ese día, pero no llegaron. Esos encuentros han sido los más felices de su vida como reo, dice él.

"Esto le puede pasar a cualquiera. Mi caso es un ejemplo perfecto de por qué se necesita un cambio (en el sistema judicial)", comenta y resume su amargo caso y su vida tras las rejas en casi tres horas de entrevista. Ha hecho tres pausas debido a que sufrió breves ataques de ansiedad.

Díaz afirma que los años que pasó en confinamiento, al inicio de su condena, le han afectado emocionalmente: "Siento que eso cambió mi comportamiento y la manera como interactúo con las personas. Porque cuando algo me estresa o al compartir mi historia me pongo así", dice mientras endurece sus manos. "Muchos sentimientos salen".

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Un proceso judicial plagado de dudas

La suerte le cambió cuando lo incriminaron en una balacera en la que fue herido Remberto Preciado, un pandillero del barrio angelino Lincoln Heights, el 14 de julio de 1998. La novia de este, Martha Sierra, identificó a Díaz como el pistolero, aunque ahora ella asegura que la Policía la presionó para que escogiera a uno de los jóvenes que aparecían en un álbum. Ella eligió a Díaz "al azar", confesó. La víctima, por su parte, afirmó que se culpó a la persona equivocada. "Él es inocente", escribió Preciado en una carta enviada a Univision Noticias. Ninguno de estos testimonios ha valido para exonerarlo.

Los abogados que han revisado este caso consideran que David Díaz es una de las víctimas del sistema de justicia criminal de la década de 1990, que encarceló a "cientos de hispanos" registrados como pandilleros. Uno de estos fue Francisco Carrillo, quien salió libre en 2011, dos décadas después de que lo condenaron por un asesinato que no cometió.

"En el caso de David, la Policía arrestó al hombre equivocado", dijo Scott Wood, profesor de la Escuela de Derecho de la Universidad de Loyola (Loyola Law School) y quien durante seis años analizó el caso de este hispano tratando de sacarlo de la cárcel.

Díaz contó que durante su adolescencia fue pandillero, pero dos años antes de su arresto trató de alejarse de las malas amistades y trabajaba honestamente. Su último empleo fue cocinando hamburguesas en un restaurante de comida rápida. Antes trabajó en una bodega.

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Lo más inquietante es que la mayor parte de la sentencia se deriva de distintos cargos relacionados con el arma de fuego que se usó en el crimen, aunque esta nunca fue recuperada por los detectives. Esto sumado al hecho de que en 2006 ganó una demanda colectiva contra el gobierno de Los Ángeles en la que él alegaba que los detectives fabricaron evidencia y conspiraron para obtener falsos testimonios para poder presentarle cargos.

Este hombre comenta que a lo largo de los años se ha encontrado con otros hispanos que han sido condenados de manera injusta, víctimas de un sistema que criminaliza a las minorías en California. "Mira quiénes estamos aquí", dice señalando a sus compañeros en la sala de visitas, 32 reos -casi todos hispanos- que conversan con sus familiares. "En las (seis) cárceles donde he estado la mayoría de los presos son hispanos y afroamericanos", comenta.

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Una pesadilla de 19 años

Por salud mental, menciona, busca mantenerse ocupado en la cárcel. Todos los días se levanta a las 5:30 am, desayuna, luego brinda clases de consejería a otros reos y más tarde práctica deportes, lee libros de motivación personal, religiosos y espirituales, ve programas de televisión y reza. "Aquí he encontrado a Dios”, asegura.

Su serie favorita de televisión, 'The Walking Dead', trata sobre un mundo apocalíptico con muertos vivientes y comunidades de sobrevivientes. "Para mí el sistema judicial es como el mundo de los zombies, porque puede llegar sin importar lo bueno que fuiste en tu vida", compara.

Para Ellen Eggers, la primera abogada voluntaria que se interesó en el caso de Díaz y quien lo visitó por primera vez en 2011, la vida de este preso es un verdadero infierno. "Seguro que es una pesadilla", afirma y menciona que a pesar del remordimiento, quienes lo acusaron "han vivido con el hecho de que David está en la cárcel".

La organización Project for the innocent, de la Escuela de Derecho Loyola puso la lupa sobre el proceso de este hispano, pero lo dejó pendiente en 2014 por falta de pruebas. "Es muy difícil revertir una condena equivocada y obtener nueva evidencia", dijo el profesor Wood, quien aún mantiene una relación cercana con Díaz a través de cartas y llamadas telefónicas.

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También a través del teléfono, Díaz procura estar cerca de sus seres queridos. Así se comunica constantemente con su madre, Yolanda Díaz, de 62 años, quien no ha podido visitarlo desde hace 10 años por una enfermedad. En su casa de Los Ángeles tienen la esperanza de que pronto lo verán regresar. "Ha perdido tanto, fiestas, celebraciones", expresa la madre.

Si cumple toda su sentencia, David Díaz saldría libre cuando tenga 57 años, en el 2035.

Visitarlo en la cárcel Pleasant Valley no es sencillo, no solo porque requiere un viaje en auto de unas siete horas, sino por las rigurosas revisiones y un rosario de prohibiciones, que incluyen no llevar ropa del color de los reos (azul), ni faldas largas, entrar sin teléfonos celulares y solo ingresar hasta con 20 dólares en monedas de 25 centavos para comprar refrescos y otros alimentos dentro.

Cuando algo pasa en los penales (pleitos o revisiones), las unidades se cierran y ese viaje de siete horas habrá sido en vano.

La mayor de sus tres hijas, Jessica Garibay, de 20 años, es quien más lo visita. Ella le ha implorado al gobernador Jerry Brown, a través de una carta, que su padre sea exonerado lo antes posible. Casi todas las fotos de ella y sus hermanas -Irene, de 19 años, y Desirae, de 18- con su padre son en las salas de visitas de las seis cárceles donde ha estado Díaz.

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"Tengo tres hermosas hijas que han crecido sin mí todos estos años", lamenta.

Una de las principales angustias de este hispano es que un día nadie llegue a esa sala de visitas. "Hay mucha gente aquí en esa situación, que están solos, nadie los viene a ver", concluye.

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