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Griselda Blanco

Por Jairo Marín

Griselda Blanco estaba a solo pasos de morir en la silla eléctrica, de ser convicta por los asesinatos que Jorge Ayala, alias Riverita, había confesado que cometió siguiendo órdenes suyas.

Por esos días, en febrero de 1998, estalló un escándalo que tendría serias consecuencias en el caso contra “La Madrina”, en el cual detectives, fiscales y jueces habían trabajado por años.

Varias secretarias de la oficina del fiscal estatal de la Florida habían sido suspendidas de sus cargos por alegaciones de haber tenido sexo telefónico con Ayala y haber recibido dinero del asesino a sueldo, quien estaba tratando de salvar su pellejo ofreciendo testificar contra Blanco.

Sherry Rossbach y Raquel Navarro trabajaban en la unidad de crímenes mayores de la fiscalía y tenían acceso a los archivos del caso de Griselda.

No era inusual que las secretarias hablaran con testigos clave. Lo raro era que en las conversaciones establecieran relaciones personales con el reo.

Ayala era conocido por sus maneras caballerosas en el trato con las mujeres, así como por su habilidad con la palabra. En 1994, conoció a Marisol, quien luego sería su esposa y a quien embarazó en una visita marital en la cárcel.

Cuando Ayala aceptó testificar contra Griselda Blanco, los fiscales dieron instrucciones precisas para que tuviera un trato preferencial en la cárcel, incluyendo el acceso sin restricciones a un teléfono.

A principios de 1997, Ayala llamó a Rossbach, la secretaria del fiscal, a quejarse por las condiciones en su celda. Luego pidió ver a un dentista. Ya entrados en confianza, Ayala le confió a su “contacto” que su familia en Colombia estaba teniendo problemas y le pidió que lo conectara por teléfono con sus parientes.

Fue así como empezaron a fortalecer su amistad, al tiempo que los compañeros de trabajo de la secretaria empezaron a sospechar que entre Rossbach y Ayala había algo más que una simple amistad.

Testimonios sobre el escándalo telefónico

Las sospechas estaban basadas en el hecho de que Rossbach pasaba largas horas en el teléfono con Ayala. Luego llegaron a la fiscalía tarjetas que Ayala le enviaba.

Rossbach reconoció que ella le compró de su bolsillo café, seda dental, papel y lápices de colorear, por un valor de alrededor de 70 dólares, porque Ayala le dijo que quería dar rienda suelta a sus habilidades artísticas.

Meses más tarde, Ayala empezó a hablar con otras secretarias, Raquel Navarro y Bárbara Molina-Abad, que contestaban el teléfono cuando Rossbach no estaba.

Ayala llegó a llamar hasta 20 veces en un día para hablar con las secretarias, quienes empezaron a competir entre ellas y a protagonizar escenas de celos en la oficina. Entre ellas hubo acusaciones mutuas de que, en ocasiones, hablaban de sexo con Ayala.

En noviembre de 1997, Marisol, la esposa de Ayala, fue arrestada y acusada por tráfico de drogas. Las secretarias de la fiscalía hicieron un plan para mantener a la pareja comunicada desde sus respectivas cárceles.

Para el día de acción de gracias, Rossbach le asó un pavo a Ayala. Antes de navidad, Ayala le envió dinero a Navarro para que les comprara en su nombre aguinaldos a algunos funcionarios de la fiscalía.

A mediados de febrero, los rumores parecían incontenibles y llegaron a los oídos del jefe de la oficina, el fiscal Michael Band. Días más tarde, abrieron una investigación.

En marzo, cuando llegaron los investigadores, las secretarias empezaron a acusarse entre sí. Molina-Abad supuestamente habría confesado que estaba enamorada de Ayala y habría discutido con él la posibilidad de comprar un arma para matar a Rossbach.

Rossbach reveló que Navarro había hablado con Ayala sobre qué tan dotado estaba. Los investigadores no pudieron comprobar muchas de esas acusaciones.

Jorge Ayala, alias Riverita, y Griselda Blanco

En medio del escándalo, otra declaración vendría a complicar el caso. Rossbach denunció a su jefe, el fiscal Michael Band, por supuesto acoso sexual. El acusado se defendió diciendo que la secretaria lo que buscaba era desviar la atención. Band fue forzado a renunciar, aparentemente para calmar el escándalo.

Como si fuera poco, otra secretaria fue despedida cuando comprobaron que había falsificado la firma de una de sus compañeras en declaraciones juramentadas.

La secretaria Rossbach demandó y meses más tarde fue reivindicada. No solo la restituyeron en su trabajo, sino que le dieron 55,000 dólares por salarios perdidos y 180,000 por daños emocionales.

El caso de Griselda Blanco fue enviado a la fiscalía estatal en Orlando, Florida. Para apagar el escándalo, los fiscales le ofrecieron a Griselda un convenio que ella aceptó: Se declararía culpable de tres de los asesinatos en los que la había implicado Ayala.

Después llegarían a otro acuerdo: Griselda sería condenada a 20 años de prisión de los cuales ya había pagado trece. En cuestión de meses y gracias al escándalo, la silla eléctrica despareció del futuro de Griselda Blanco.

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Texto: Tifani Roberts, Jairo Marín. Camarógrafos: Germán Palma, Jorge Soliño, Roberto Olivera, Roque Hernández. Investigación: Belisa Morillo, Daily Camacaro, Yezid Baquero. Ilustraciones: Julián Uribe. Producción y edición de videos: Laura Prieto. Diseño: Iris Rabines, Helga Salinas, Laura Prieto. Programación: Helga Salinas, Edmundo Hidalgo. Dirección de Proyecto: José Fernando López. Fotografías: Fiscalía Estatal de Florida.

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