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Camino a los altares

"Angelo Roncalli (nombre de pila del papa Juan XXIII) era un hombre capaz de transmitir paz, una paz natural, serena, cordial, una paz que con su elección al Pontificado se manifestó al mundo entero". Así se refirió el papa Francisco a Juan XXIII al cumplirse 50 años de su muerte.

Tradicionalmente asociado con la convocatoria del Concilio Vaticano II, que abrió las puertas de la Iglesia a las corrientes del siglo XX, el Papa Juan XXIII también es recordado por sus constantes invocaciones a la paz, en momentos tan críticos como el de la llamada “crisis de los misiles” en 1962.

La encíclica Pacem in Terris (Paz en la Tierra), fue publicada en 1963. La crisis de Cuba hizo temer a todos por la paz del mundo, y la encíclica de Juan XXIII, en la que se dirigió no solo a los católicos, sino a todos los hombres de buena voluntad, tuvo un impacto pocas veces registrado en la historia de la Iglesia.

Nacido en Sotto il Monte, en Bérgamo, Italia, el 25 de noviembre de 1881, Angelo Roncalli había conocido los horrores de las dos guerras mundiales. Durante la Primera Guerra Mundial, ejerció como sargento médico y capellán militar en Bérgamo, con el ejército de Italia.

Durante la Segunda Guerra Mundial, estuvo asignado como delegado apostólico para Turquía y Grecia, atendiendo ambos países primero desde Estambul y luego de Atenas. Todas las biografías registran su decidida intervención para socorrer a miles de judíos de la persecución nazi.

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Los esfuerzos de Angelo Roncalli en favor de la paz mundial fueron reconocidos en 1962 con la concesión del Premio Balzán para la Paz, una prestigiosa condecoración que le fue entregada en mayo de 1963, después de la publicación de Pacem in Terris.

En el año 2000, la Fundación Internacional Raoul Wallenberg solicitó al Museo del Holocausto, en Israel, designar a Juan XXIII como “Justo entre las Naciones”, honor reservado a las personas que sin ser de confesión o ascendencia judía prestaron ayuda a las víctimas de la persecución nazi.

Después de la Segunda Guerra fue nombrado nuncio apostólico en Francia por el papa Pío XII. Allí intercedió para que los prisioneros de guerra tuvieran un trato digno, y logró que aquellos que se preparaban para el sacerdocio pudiesen seguir sus cursos de teología en Chartres.

Las habilidades diplomáticas de Roncalli llevaron a que en el año 1952 fuera nombrado Observador permanente de la Santa Sede ante la ONU. Al año siguiente fue nombrado Cardenal y se le designó como patriarca de Venecia, donde su humildad fue reconocida por todos sus fieles.

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Roncalli era un personaje muy cercano a su feligresía, lo que le valió el título de “papa bueno”. Y son muchos hoy los que comparan al papa Francisco con Juan XXIII, incluido Marco Roncalli, experto en historia de la Iglesia y sobrino nieto de este último.

“Francisco es el papa más cercano a Juan XXIII por su amor a la verdad, a la caridad y a la pobreza en el sentido franciscano", dijo recientemente el historiador y escritor en una entrevista con Efe. Siendo todavía muy joven, Roncalli fue admitido en la orden Franciscana Seglar, donde conoció los principios que rigieron la vida del santo de Asís.

Pero Juan XXIII no se quedó encerrado en su bonhomía. Después de ser elegido papa, en el año 1958, a la edad de 76 años (los mismos que tenía Francisco cuando llegó al solio de San Pedro), sorprendió a sus propios electores con su comprensión de los tiempos que corrían y su impacto en el devenir de la Iglesia Católica, y la convocatoria del Concilio Vaticano II.

Juan XXIII era, como Francisco, un Papa muy cercano a sus fieles, lo que le valió el título de "Papa bueno".

Sus antecesores, Pío XI y Pío XII, se habían planteado la posibilidad de convocar un Concilio, pero fueron disuadidos por sus asesores. Cualquier cambio que se pretendiera hacer en la Iglesia chocaba con los intereses de un clero firmemente afincado en sus privilegios.

Juan XXIII no sólo convocó el Concilio, sino que presidió sus deliberaciones en la primera etapa, antes de que un cáncer de estómago acabara con su vida en el año 1963. En esa primera etapa sentó las bases de lo que serían los pronunciamientos conciliares en materia de doctrina, que abrieron la Iglesia a las realidades del Siglo XX.

El Concilio constó de cuatro etapas, con una asistencia promedio de unos 2,000 padres conciliares procedentes de todas partes del mundo. En sus deliberaciones, que después de la muerte de Juan XXIII fueron encabezadas por sus sucesor, Pablo VI, participaron también miembros de otras religiones.

El Concilio acercó la Iglesia al pueblo y buscó presentar a un Dios más identificado con sus vivencias diarias (incluidos los ritos de celebración).

“El resultado fue un cambio de paradigma en todos los campos: reforma litúrgica, nueva imagen de Iglesia como comunidad de creyentes, colegialidad episcopal, reconocimiento del pluralismo teológico, diálogo cultural, libertad religiosa, solidaridad con las esperanzas y las angustias de los pobres y de cuantos sufren, etcétera”, según resumiera recientemente en El País Juan José Tamayo, director de la Cátedra de Teología en la Universidad Carlos III de Madrid.

Juan XXIII era considerado un papa de transición, y por eso sorprendió a más de uno cuando citó al Concilio Vaticano II.

Pero no faltaron quienes resintieran el abandono de costumbres ancestrales de la Iglesia, tanto a nivel litúrgico como familiar. Es más, para algunos de los críticos del Concilio, sus conclusiones abrieron las puertas a la introducción dentro de la Iglesia de ideologías ajenas a la iglesia católica, como el marxismo, presente según ellos en movimientos como la Teología de la Liberación.

Aún hoy los resultados del Concilio Vaticano II (en el que participaron activamente los posteriores papas Benedicto XVI y Juan Pablo II) son motivo de polémica y controversia entre los propios jerarcas de la Iglesia. Pero pocos desconocen el valor de Juan XXIII al convocarlo. Es más, su convocatoria es asumida como uno de los rasgos de santidad de Angelo Roncalli.

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