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Felipe VI de España inicia su reinado en medio de una crisis económica y con una monarquía cada vez menos popular.


El rey Felipe VI

Por JOSÉ FERNANDO LÓPEZ

“El juego de tronos”, la serie basada en el libro “Canción de hielo y fuego” del escritor estadounidense George RR Martín, ha batido todos los ratings de sintonía de la cadena estadounidense HBO y se ha convertido en uno de los programas de televisión más populares del mundo.

La serie describe las cruentas guerras que desata el ansia de poder de las familias dinásticas de Westeros en su disputa por el Trono de Hierro y el dominio de los siete reinos que conforman el mítico territorio inventado por Martin.

A pesar de dragones y gigantes, “El juego de tronos” es menos fantástico de lo que parece. Según el propio Martin, su novela está inspirada en “Los reyes malditos”, una saga que registra la lucha dinástica por el trono francés a comienzos del siglo XIV.

Las intrigas palaciegas, la lucha por el poder y el boato de reyes y de príncipes han fascinado desde tiempos remotos a la gente del común. Hoy las monarquías están de capa caída (y son cada vez menos), pero la fascinación continúa. En la ficción y en la realidad.

La sorpresiva abdicación de Juan Carlos I, rey de España, que para muchos tuvo que ver con los recientes escándalos de la monarquía, abrió paso a la proclamación de su hijo y heredero, Felipe de Borbón, que tendrá lugar este 19 de junio. Y, quiéranlo o no, las miradas del mundo están puestas en el nuevo rey.




Según el propio Juan Carlos, nadie está mejor preparado que Felipe, de 46 años y hasta ahora Príncipe de Asturias, para asumir su nuevo cargo. Lo que muchos se preguntan, sin embargo, es ¿preparado para qué? ¿Cuál es hoy en día el papel del rey?

A Juan Carlos se le atribuye el haber garantizado la transición de la dictadura de Francisco Franco (1939-1975) a la democracia vibrante y activa que ha tenido España desde la muerte del caudillo. Pero la democracia misma ha desdibujado su papel.

Según lo resumía el catedrático Francesc de Carreras en días pasado en el dario El País, el rey de España “ejerce de jefe de Estado con una característica esencial: no tiene poderes políticos sustantivos, sino solo poderes formales”.

“La corona –dijo– no tiene poder Legislativo, ni poder Ejecutivo ni poder Judicial, es decir, no puede dictar leyes, ni reglamentos, ni actos administrativos ni sentencias. En un estado de derecho esto implica no tener poder”. Entonces, ¿qué hará Felipe VI?

La mejor descripción puede ser la que hace Montserrat Domínguez, directora del Huffington Post España, en un especial sobre la transición publicado por el mismo diario El País.

“Embajador, soldado, fontanero mayor del reino, relaciones públicas de la marca España, modelo, mediador, activista de causas nobles”. A eso se ha ido reduciendo el papel de los soberanos en monarquías parlamentarias como la de España.




Y es para ese tipo de funciones que Felipe de Borbón se ha preparado desde que, con solo diez años de edad, fue nombrado Príncipe de Asturias y heredero de la corona, gracias a la prevalencia en España de una variante de la llamada ley sálica, que da prioridad en la línea de sucesión a los varones sobre sus hermanas mayores (Felipe tiene dos).

España vive momentos difíciles. Casi la cuarta parte de la población en edad de trabajar está desempleada, la crisis golpea con fuerza a vastos sectores de la población y Cataluña se debate en un desafío soberanista que amenaza con una posible secesión.

Pero como lo dijo el mismo Francesc de Carreras, “al nuevo rey no se le puede pedir que resuelva él solo los arduos problemas del presente que son responsabilidad de las instituciones políticas y de los partidos que las dirigen“.

Nadie duda que Felipe, con su natural simpatía y su reconocido don de gentes, gozará de la confianza de los grandes poderes fácticos del país. Son menos los que rechazan la monarquía que aquellos que la ven todavía como un mal necesario.

Pero lo cierto es que Felipe tendrá que desplegar todo su encanto para ganarse la confianza del resto los españoles (la misma que ganó su padre facilitando la apertura del país y rechazando el intento golpista de Antonio Tejero en 1981) si quiere jugar un papel activo en la vida de los españoles.

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La reina Letizia

En la simpatía o rechazo que tenga la corona española en los meses por venir jugará un papel muy importante la reina. Acostumbrados a tener como soberana a una mujer de sangre azul, los españoles tendrán ahora como reina a una mujer de clase media, sin trazos de nobleza.

Periodista de profesión y con un fracasado matrimonio a cuestas antes de conocer al príncipe Felipe, Letizia Ortiz Rocasolano generó sentimientos encontrados cuando fue presentada como la prometida del entonces príncipe de Asturias.

Diez años de matrimonio con el ahora flamante rey de España, han demostrado, sin embargo, que la inquieta jovencita que rompía corazones en sus años de adolescencia (no solo en España, sino en países como México y Colombia, a los que visitó como estudiante de periodismo), está preparada para ser reina consorte.

Según el especial del diario El País, “Doña Letizia ha aportado frescura, cercanía y normalidad a la vida de Don Felipe y, en la medida en que la han dejado, al funcionamiento de la corona”.

Jesús Rodríguez, autor de uno de los artículos sobre la nueva pareja real, asegura que Letizia tiene una gran ventaja sobre su marido. Conoce, de primer mano, las necesidades y las angustias de quienes ahora se han convertido en sus súbditos.

“Conoce el sistema educativo público, la sanidad universal, el mercado laboral, la olla a presión de la universidad y pagar una hipoteca cada mes; sabe qué pasa ahí afuera”, dice Rodríguez.

“Letizia es la ventana de Don Felipe a la calle; un soplo de aire fresco que traspasó los 80 kilómetros de muros históricos que circundan el monte del Pardo, propiedad de la corona desde hace seis siglos”, abunda el autor del artículo.




Más allá de los consejos que le pueda dar a su marido, sin embargo, Letizia jugará un papel crucial en la formación de quien (de no suceder nada extraordinario) será la sucesora de Felipe VI en el trono de España: la princesa Leonor

España es, con el Reino Unido (donde ahora es motivo de discusión) la única monarquía que mantiene vigente la prevalencia de la ley que otorga a los varones prioridad en la línea de sucesión. Pero no habiendo varones en el horizonte, Leonor está destinada a ser reina.

Con solo ocho años, la nueva princesa de Asturias (la heredera más joven de Europa), será sometida a los mismos rigores en materia de formación (incluido el entrenamiento militar) a los que fue sometido su padre a una edad ligeramente mayor.

Lo que muchos expertos se preguntan es si Leonor logrará reinar en un mundo en el que los opositores a las monarquías ganan cada día más adeptos.

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Las monarquías

Hoy en día, solo quedan diez monarquías activas en Europa. Y, con excepción quizás de la de Liechtenstein, y el principado de Mónaco, su poder es cada día más simbólico. Aún así, siguen viviendo del dinero que aportan los contribuyentes.

Después de la abdicación de Juan Carlos I, miles de personas salieron a las calles de las principales ciudades de España a repudiar la monarquía y a exigir (como lo hicieron hace ya casi un siglo muchos de sus coterráneos) la República como forma de gobierno.

Para los críticos de la institución, las monarquías son hoy en día un lujo demasiado costoso. Casi todas viven de recursos presupuestales, y sus incalculables riquezas están por fuera del escrutinio de las autoridades.

Pero así como existe mucha gente que las ataca, hay también un grupo de defensores. Y no son propiamente aquellos que las ven como una especia de “Disney” que atrae anualmente a millones de turistas y generan millonarios recursos al Estado.

El prestigioso historiador británico Eric Hobsbawm (libre de toda sospecha sobre su republicanismo) dijo en 2011 que la monarquía había sido un marco adecuado para el desarrollo del liberalismo y la democracia en países como Holanda, Bélgica, Reino Unido y España, que no figuran oficialmente como repúblicas.




En la mayoría de los países donde subsiste la institución, la monarquía no es una forma de estado. Es un remanente de épocas pasadas, que ha sabido adecuarse a los principios de un estado de derecho donde la soberanía reside en el pueblo y el poder se ejerce de acuerdo con los principios de una Constitución de origen democrático.

Según Francesc de Carreras, en una monarquía parlamentaria, como la española, existe “un Gobierno elegido indirectamente por los ciudadanos y un rey que, en cambio, accede al cargo de forma mecánica por sucesión hereditaria“.

“La combinación de ambos elementos –dice– no sería democrática si el rey tuviera poderes. Pero como no es así, la fórmula resultante es perfectamente democrática: el poder solo reside en el pueblo”.

Con tales apreciaciones, analistas como De Carreras, o como Juan Pablo Fusi, otro renombrado catedrático español que sostiene que reabrir la cuestión Monarquía-República es hoy en día un error innecesario, tratan de justificar la existencia, en pleno siglo XXI, de las casas reales.

Lo mismo han hecho, en el caso español, los partidos políticos que detentan la mayoría en el parlamento. Se negaron a discutir la dicotomía república-monarquía, y aprobaron sin mayores discusiones la sucesión planteada por el rey Juan Carlos.

En la calle, sin embargo, siguen soplando los aires antimonárquicos. Aunque la crisis de los partidos políticos puede ser aún más profunda que la crisis de la monarquía, los primeros tienen hoy más herramientas para defenderse. Y, quiérase o no, la monarquía se encuentra acorralada. Falta ver si Felipe VI logra sacarla de su trampa.

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Texto:José Fernando López. Diseño original: ARK INK. Videos: Univision. Producción y edición de videos: Leonor Suárez. Infografía: Jairo Mejía. Fotografía: Getty Images. Programación: Edmundo Hidalgo. Gerencia de Proyecto: José Fernando López.

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