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Somos muy afines y correr maratones nos tiene conectados de una forma diferente.

“Yo no corro una maratón si no la corro con mi hijo"

“Yo no corro una maratón si no la corro con mi hijo"

Constanza Vargas nunca pensó que correría una maratón. Pero a sus 61 años ha encontrado en esta disciplina algo más que una meta personal: un proyecto compartido con un hombre al que le dobla la edad.

Somos muy afines y correr maratones nos tiene conectados de una forma di...
Somos muy afines y correr maratones nos tiene conectados de una forma diferente.

Nunca pensé que lo haría a la edad que tengo. Porque tengo 61 años. Porque fui una gran fumadora, una fumadora de casi paquete diario.

Aunque siempre hice ejercicio, lo hacía un poco para acallar mi conciencia por el cigarrillo. Dejé de fumar en 2008 tras la muerte de mi única hermana, víctima de un tumor cerebral.

Mi hijo empezó a correr durante un master que hacía en España.

Sin ningún plan ni proyecto especial un día de 2012 me dijo que corriéramos una carrera de 10K. Ninguno se imaginó a lo que eso daría inicio. Así, empezamos a correr los domingos en Bogotá. Tras la primera carrera, terminamos muertos.

Era una sensación especial cuando nos encontrábamos en el camino. En la...
Era una sensación especial cuando nos encontrábamos en el camino. En la meta nos levantábamos la mano.

Casi sin pensarlo, entre 2012 y 2013, corrimos 15K y una media maratón. Era una sensación especial cuando nos encontrábamos en el camino. En la meta nos levantábamos la mano.

Pero ahí empezó el verdadero gran sueño: correr una maratón juntos. En ese entonces, Kevin ya se había mudado a Miami. Y ahí, en febrero de 2014, surgió la oportunidad de correr la maratón de esa ciudad.

Aunque nunca entrenamos juntos sabemos que estamos los dos. Ese plan nos hizo cómplices, nos hizo sentirnos muy orgullosos el uno del otro.

El momento llegó y obviamente él cruzó primero la meta. Al fin y al cabo él tiene la mitad de mi edad.

Nadie puede imaginar lo que es esa alegría. Llegar a la meta y verlo. Estar en ese espacio al final de la carrera donde solo están los corredores.

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Estaba ahí, sudado, cansado y con los brazos abiertos. Con gran emoción me dijo: “¿Sabes en cuánto tiempo lo hiciste, Gasvar?”. Yo sonreí. No tenía idea. No llevo ningún reloj o dispositivo. Él me dijo mi tiempo lleno de orgullo.

Para mí mientras corro no importa el tiempo. Pero sé la importancia del reto conmigo misma. Lograr llegar a la meta sin parar, sin caminar.

Kevin y yo tenemos una conexión muy especial. Una gran comunicación. Somos muy afines y correr maratones nos tiene conectados de una forma diferente. Él va haciendo su programa de entrenamiento y me dice qué hacer. Admiro su disciplina y constancia. No la tenía cuando era adolescente.

Casi en seguida nos inscribimos para correr en Chicago en octubre de 2014 y un año después volvimos a correr esa maratón con buenos tiempos. Yo llegué de 28 entre 3.000 de mi categoría. Por edad y tiempo me podía inscribir a Boston –una carrera muy codiciada. Pero para Kevin no era posible.

Siempre decimos que es la última. Pero la verdad es que no lo sabemos.
Siempre decimos que es la última. Pero la verdad es que no lo sabemos.

Aún así mi hijo me alentó a hacerlo. “Sin ti, no corro”, le dije. Es que yo no corro una maratón si no la corre Kevin.

Este año, en septiembre, nos fuimos a Berlín.

La verdad es que correr juntos nos ha dado un idioma único. Ese idioma que hablamos y entendemos los dos. Una complicidad sobre la disciplina férrea que nos imponemos al prepararnos. Solo lo entendemos él y yo. Es una disciplina muy fuerte: nada de trago, ni vino, ni fiesta. Se impone una dieta.

Realmente cuando corro una maratón no pienso sino en llegar a la meta. No aprecio mucho el paisaje, ni la ciudad. Voy haciendo lo que voy haciendo. No puedo arriesgarme a que algo me desconcentre.

En la meta, nos fundimos en un abrazo rebosantes de orgullo y de alegría de saber que los dos lo logramos. Él me recibe con este amor imposible de explicar.

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Nuestros aliados -mi esposo y su esposa- nos acompañan en este proceso. Ellos están con nosotros en los entrenamientos. Por ejemplo, cuando corro 33 kilómetros a las 4 de la mañana mi esposo me sigue en bicicleta. Sé que, cuando llego a la meta, al primero que veo es a Kevin pero el logro es de los cuatro.

No sabemos si ésta fue la última. Siempre decimos que es la última. Pero la verdad es que no lo sabemos. Eso lo vamos decidiendo –literalmente- sobre la marcha.

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*Texto adapatado por Jossette Rivera del testimonio de Constanza Vargas.

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