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No es que prefiera las copias... ¡es que no me alcanza!

No es que prefiera las copias... ¡es que no me alcanza!

La eterna injusticia de tener gustos caros, pero dinero escaso. Por eso a veces vamos por las copias #sorrynotsorry

Hay copias que parecen tan buenas como las originales... pero hay que af...
Por Graciela Miramontes
 
 
Copycat: “objeto hecho para lucir muy parecido a otra cosa”, “se denomina un crimen copycat a aquel cometido y aparentemente influenciado por un crimen famoso”.
 
Ambas definiciones, acuñadas por el diccionario Cambridge, denotan un alto grado de desaprobación al plagio. Es cierto; a nadie le gusta que le roben su idea y mucho menos cuando el resultado es más que evidente. Lo acabamos de ver con la “inspiración” que Isabel Marant tomó de comunidades oaxaqueñas.
 
Los fashion crimes van más allá de usar Crocs con calceta o ponerte skinny jeans tres tallas abajo de la que deberías. Las casas de moda condenan el hurto de aquellas piezas que se han vuelto legendarias y también de las que dan a luz, temporada tras temporada.
 
Si algo aprendimos de Wynona Ryder es que ni la fama, ni tu linda cara te dan el derecho de robarle a un diseñador, pero ¿qué pasa con los robos entre creativos? Y, sobre todo, con quienes (aún sabiéndolo) seguimos comprando imitaciones.


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Vea también: La era de la moda ecológica
 

 
ADVERTENCIA: Antes de continuar debemos aclarar que de ninguna forma es aceptable el hecho como tal. Sin embargo, alzamos la voz a nombre de aquellas a las que una bolsa de $45,000 dólares les suena igual de inalcanzable que caminar al altar de la mano de Drake. Simples mortales, pues.


 

 
La anatomía del fashionista promedio
 


 

A photo posted by Damn it Vogue! (@damnitvogue) on

 


 

Reconocerlo es cosa fácil, sobre todo entre nosotros mismos; somos quienes anhelamos la quincena y celebramos cuando nuestra tarjeta no nos rebota en la caja de la tienda. No nos vamos a la cama hasta que llegamos al final del reel de fotos del Instagram de nuestros diseñadores y bloggers favoritos y celebramos el lanzamiento de nuevas colecciones, que jamás podremos comprar a fin de mes.
 
Los malls son nuestro campo de juego y creemos firmemente en el poder del retail therapy. La mayoría de nuestro sueldo se va en compras a las que llamamos “inversión” en vez de gasto y, en resumen, conocemos nuestras cartas y las sabemos utilizar. Al menos, la mayoría de las veces.


 
 

El problema
 


Conocer lo que sucede en el mundo de la moda nos resulta un tema agridulce: “sí, sé reconocer una bucket bag y no, no puedo pagar una Mansur Gavriel, ni en su versión más pequeña”. Pero, ¿sabes algo? Tenemos el poder que nos confieren las siglas de oro: H&M.

 
Las marcas de fast fashion son nuestra forma más cercana de tener una versión significativamente más accesible de un par de tacones Aquazzura y de una sudadera tipo Givenchy. Aunque sabemos que San Tisci se sentiría profundamente decepcionado de nosotros, no tenemos más remedio que elegir el copycat que no nos dejará en ceros al momento de pagar la renta y de surtir la lista del super. La lucha es real.
 
 


A photo posted by ZARA Official (@zara) on

 


 

Un perdón sincero
 


Pocas veces nos disculpamos de nuestras elecciones de estilo, a menos que sea aquella vez en que hubo un photo leak de nuestros outfits de los high school years o cuando no sabíamos estilizar nuestras cejas. Esta es una ocasión especial y nuestra postura es contundente.

 
Discúlpame Hermés por haber comprado esa bolsa de $80 dólares que se parecía muchísimo a tu Birkin y, de paso, extiendo mi perdón a Isabel Marant por mi imitación de tus famosos High-Top sneakers. Mi única intención era subir una foto a Instagram para sentirme Leandra Medine, tan sólo por un momento.
 
 


 


 

Esa t-shirt inspirada en Prada y mis sandalias (clonadas) de Chloé robaron mi corazón en la pasarela y en el escaparate de Zara. 
 
Espero que mis cínicas acciones no me valgan su desaprobación, pero son mi manera de agradecerles por crear tan increíbles piezas. Muy a mi manera y acorde a lo robusto de mi billetera.
 


 

¿Camino a la redención?
 


Si de algo estamos seguros es que en un futuro –esperemos, no muy lejano– podremos reparar un poco del “daño” que con esto les hemos causado. En este momento, no creemos que nuestras decisiones los impacten gravemente, pues, de todas maneras, no podríamos pagar un Karlito o unas furry boots de Fendi con nuestros sueldos junior ni senior. 

 


 

A photo posted by Fendi (@fendi) on

 


 

Nuestra promesa es la siguiente: cuando escalemos en la pirámide laboral, seremos los primeros en salir de la boutique con nuestras bolsas en cada mano. Si esto no sucede, al menos nos comprometemos a seguirle dando like a sus posts en Instagram y a sintonizar todos sus shows en livestream.
 
Nos mueve la ilusión de que algún día podremos ser de ese selecto club con luggage Vuitton personalizado, en un hangar en Italia, listos para compartir un vuelo con champagne, al lado de Valentino y Giancarlo Giametti. Mientras tanto: knock-offs, ¡vengan a mí! #sorrynotsorry.


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