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Pareja en la cama

La mentira del sexo

La mentira del sexo

Se nos han vendido muchos mitos alrededor del sexo. Muchos han dicho basta.

Pareja en la cama
Pareja en la cama

Por Laura Martínez Belli

Rachel Hills, periodista australiana que hoy vive en Nueva York, publicó recientemente el libro The Sex Myth (subtitulado La brecha entre nuestras fantasías y la realidad). La idea surgió cuando una de sus amigas, a quien ella consideraba una mujer completa, le confesó que llevaba dos años sin tener sexo y uno sin besar a nadie. Esto la hizo pensar en que una cosa es la imagen que se proyecta cara al público y otra muy distinta la procesión que se vive por dentro. Hills pensó entonces en lo mucho que está sobrevaluado el sexo en nuestra sociedad y cómo nos hemos ido creyendo poco a poco una película sobre cómo debe ser la vida sexual “perfecta”; cuando lo cierto es que muy pocos –si es que hay alguno—tienen una vida sexual digna de estar en la pantalla.

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Se nos bombardea constantemente con que debemos ser sexys, que además de ser exitosos en nuestros trabajos y en nuestra vida en pareja, debemos tener cuerpos tonificados, no comer carbohidratos después de las seis de la tarde y cuidar el medio ambiente. Pero no bastando con eso debemos ser sexualmente activos, pero no activos sin más, sino hábiles en la cama. Vamos, que hay que ser un estuche de monerías. Abundan artículos en revistas y blogs sobre cómo ser mejores amantes, cómo mejorar nuestra vida sexual, porque si es monótona y rutinaria, enseguida se nos disparan las alarmas de que algo no va bien, e incluso el fantasma del fin del romance empieza a pasearse entre las sábanas como si fuera el Fantasma de la Navidad futura, mostrándonos la tumba en donde enterraremos el amor.

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Mujeres como Rachel Hills dijeron: suficiente . The Sex Myth es el resultado de una investigación en torno de la vida sexual de su generación -los millennials, aquellos nacidos entre comienzos de los 80 y mediados de los 90-, realizada a través de más de 200 entrevistas personales y una laboriosa revisión de la bibliografía especializada, que concluye en apuntar todas las armas contra lo que Hills identifica como "mitos centrales en torno de la sexualidad de Occidente". El primer mito es el de una sociedad hipersexualizada, pintada así por los medios. Anuncios de calzones, de perfumes e incluso de shampoos que prometen experiencias cuasi orgásmicas al lavar el cabello en la ducha. El segundo mito es el valor emocional con el que se ha revestido al sexo, refiriéndose a que se nos ha tatuado a fuego que es la fuente del clímax placer y de las emociones humanas. Como si no hubiera otras fuentes de placer.

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El libro es interesante porque a lo largo de su investigación, Hills se topó con que una cosa es la se dice y otra la que se hace, tal y como demuestra un estudio realizado por el sociólogo Michael Kimmel, que preguntó a estudiantes universitarios qué porcentaje de sus compañeros tenían, a su juicio, sexo durante el fin de semana. Los encuestados respondieron que el 80%. La cifra distaba mucho del porcentaje real que oscilaba entre el 5 y el 10%, según el estudio Online College Social Life Survey, realizado sobre 24.000 estudiantes universitarios en los Estados Unidos.
Por supuesto, esa distancia entre lo que se piensa del sexo y el lugar que tiene en la vida real no sólo se aplica a los estudiantes universitarios norteamericanos. "Porque lo cierto es que la gente no tiene tanto sexo como dice o como se dice. Un reciente estudio realizado durante cuatro décadas sobre más de 30.000 personas, y cuyos resultados se dieron a conocer a finales de 2015, afirma que tener sexo una vez por semana es suficiente para asegurar el bienestar de la pareja (al menos en ese aspecto).

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Los mitos de la virginidad

El peligro de crear una sociedad hipersexualizada es que hemos creado nuevos tabúes. Antes la virginidad se presentaba como una exigencia previa al matrimonio. La virginidad de la mujer, no la del hombre, acotemos. La virginidad se creó como un tabú que, en el fondo, limitaba la liberación de la mujer y restringía su poder. Una mujer que hubiera estado con muchos hombres podría comparar, mientras que una que sólo ha estado con su marido se atiene a lo que conoce. Y como todos sabemos, la información es poder.

El tema de la virginidad se ha malentendido pues la religión judeo-cristiana-musulmana realmente promueve la castidad, pero un término se confundió como sinónimo del otro. Pero ahora, en esta nueva escala de valores que nos hemos trazado, ser virgen hasta una edad tardía empieza a verse como un defecto y no una virtud. Películas como “Virgen a los 40” y otras sátiras así lo ejemplifican. Incluso la casta Anasatasia Steele de las famosas Cincuenta Sombras llega virgen a los treinta años –entiéndase medio mensa—, hasta caer en las garras del pervertidillo señor Grey que la desflora no sin antes propinarle un par de nalgadas. "Lo que antes era el tabú de la virginidad, como exigencia previa al matrimonio, ahora se ha convertido en el tabú a la virginidad en el sentido de que no está bien visto que esta se prolongue en el tiempo", advierte Juan Eduardo Tesone, médico psiquiatra, miembro didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

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Y mientras algunos están deseando que los desvirguen, en París hay clínicas de reconstrucción del himen, en donde a través de un procedimiento quirúrgico breve, himenoplastia, con anestesia local se puede recuperar la virginidad perdida para evitar represalias familiares y, en el caso de familias árabes, incluso la muerte. Algunas mujeres se han visto abocadas a someterse a este tipo de procedimientos por temor a represalias o manchar el nombre de la familia. Si no se tiene el dinero suficiente (la himeoplastia cuesta alrededor de 2,100 dólares) se venden una especie de bolsitas de cartílago con sangre falsa que se coloca en la vagina y que se rompe con la penetración para fingir la rotura del himen. Las mujeres que recurren a esta solución aseguran sufrir mucho miedo por ser descubiertas y que es un secreto que se llevarán a la tumba. Así las cosas hoy en día.

Mujeres musulmanas
Soluciones extremas...

Algunos atribuyen al Viagra, la famosa pastillita azul, el momento bisagra, porque fue entonces cuando se rompió el silencio acerca de problemas de índole sexual, como la disfunción eréctil después de cierta edad, y los problemas de alcoba empezaron a ventilarse como trapos al sol. Como si el mutismo al que las parejas en el que habían estado sumidas en las décadas anteriores por fin encontrara el botón para subir el volumen. El sexo ocupó el papel protagonista, dejando a un lado a los protagonistas del acto sexual.

Viagra
Viagra


Adrián Helien, médico psiquiatra que preside el Capítulo de Sexología de la Asociación de Psiquiatras Argentinos y autor del libro Cuerpos equivocados, señala que en el imaginario colectivo de lo que debe ser el sexo existen dos fórmulas. Una es la de la novela y otra la de la pornografía. En las novelas el sexo suele presentarse como la consecuencia de un amor profundo, verdadero, y normalmente los amantes congenian estupendamente en la cama. El sexo de las parejas románticas es maravilloso porque refleja la compatibilidad que existe dentro y fuera de las sábanas. Este amor suele ser heterosexual y la penetración es el centro de la relación sexual. No obstante, para salvarnos de las malas escenas eróticas, existe un premio que se otorga cada año a la peor escena sexual en la Literatura el Bad Sex in Fiction Award, en cuyas filas ya han estado autores como Murakami e incluso Michael Cunningham, premio Pulitzer en 1999. Aquí puedes leer los fragmentos de los nominados.

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La pornografía en cambio es una suerte de Circo del Sol: maravillas acrobáticas, cuerpos perfectos y atléticos contorneándose al compás del sonido de gemidos y orgasmos múltiples. Placer sin límites.

Según Helien ambas son dos caras de una misma moneda, una moneda en donde el sexo se deshumaniza de las relaciones humanas. "Los seres humanos somos muy complejos y el erotismo también lo es. La novela y lo porno son espejos que distorsionan la realidad. La idealizan, la encorsetan y le dan forma de ser el modelo a alcanzar", resume, y concluye: "El resultado es que si no funciono como en la novela o lo porno, entonces, algo anda mal".

Máquinas sexuales y disfunción eréctil

Ese "algo anda mal" asume diversas formas, que van desde el sufrimiento silencioso hasta la sobreactuación del sexo, e incluso muchas veces desemboca en el consultorio. Porque se nos dice por todos los medios, incluso a través del humor, que debemos tener mucho sexo y siempre placentero. Como resultado, estamos asistiendo al fenómeno de ver cada vez un mayor número de jóvenes varones en la consulta del terapeuta, empujados porque no pueden cumplir con ese mandato de tener que estar siempre listos y prestos para el acto sexual. Ese es otro gran mito al que el hombre ha sido abocado: el varón es una máquina a la que sólo hay que apretarle el botón de encendido cuando se quiere mantener una relación sexual. Así una disfunción sexual, como apatía o disfunción eréctil, se asume con mucha culpa por parte del varón pues tiene que ver con cuestiones emocionales que pueden ir desde la ansiedad a problemas emocionales y no con un problema físico.

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Querer tener sexo porque ya se lleva un tiempo sin hacerlo puede provocar rutinas y el acto se vuelve una obligación más como la de poner una lavadora o lavarse los dientes antes de irse a dormir. El placer queda a un lado. Hay que cumplir con la sacrosanta obligación y punto. Lo cierto es que no debe haber –de hecho no hay—un patrón que diga cuánto sexo se debe o no tener en una pareja estable.

En definitiva, nos han vendido un modelo de conducta sexual y hemos intentado encajar con él al igual que intentamos encajar en las demás convenciones establecidas. Y tendemos a tachar de extraño o raro a aquel que no vive su sexualidad de ese modo. El sexo se ha convertido en un producto más, en algo a obtener como un buen coche, una buena casa, algo que nos ayudará a alcanzar la felicidad y a proyectar una imagen de bienestar. Y en medio de todo eso, paradójicamente, hemos ido perdiendo el verdadero goce de la sexualidad humana que nunca se ve completamente satisfecha.

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