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Chica con máscara

Desventuras en una noche swinger

Desventuras en una noche swinger

Esta es la historia real de alguien que asistió a uno de estos encuentros

Chica con máscara
Chica con máscara

Por Isabel Bari


El ritual de inicio es, pese (o gracias) a su tinte religioso y oscuro, altamente erótico. Todos en el lugar son una pareja potencial. Los rostros bajo máscaras facilitan el contacto. Por un momento no hay identidad. Sólo cuerpos atléticos, sudor, deseo… Contener la excitación es imposible….


O al menos eso pasa en Eyes Wide Shut, la polémica película póstuma de Stanley Kubrick. La vi por primera vez cuando tenía 17 años y, desde entonces, esa escena en la que Tom Cruise se adentra a un nuevo mundo de apertura sexual, se ha repetido innumerables veces en mis fantasías. Pero fue apenas hace unas semanas que me propuse una cosa: ir a una fiesta swinger y por fin ponerle una palomita a ese punto de mi lista de cosas que hacer en mis 30’s.

No es que no lo hubiera intentado antes. Ya en un par de ocasiones se lo había insinuado a un par de novios y ambos fueron muy claros con largos discursos sobre la fidelidad y el amor. Debo admitir que me sorprendí. Siempre pensé que era una fantasía masculina que la chica propusiera algo así.

Como sea, la falta de una pareja que me hiciera segunda en la aventura, me había detenido durante mucho tiempo. Eso hasta que un par de amigos, casados desde hace unos cinco años, me invitaron a una fiesta en un bar “especial”, revelándome así su gran secreto sexual. Swingers desde el comienzo de su matrimonio, suelen ir a los bares a divertirse y a ligar con otras parejas, con las que en la mayor parte de las ocasiones hacen buena amistad. El plan me sonó increíble. Me puse lo más “sexy pero no vulgar” que encontré, me tomé unos shots de mezcal e invité a un fuck buddy guapo y nada prejuicioso por si me hacía falta llevar una moneda de cambio. Pero en cuanto entré al bar, todo fue decepción.

Pareja en fiesta besándose
Swing it.


Fantasía vs. Realidad
Ubicado sobre un gimnasio en una zona suburbana, el lugar era absolutamente normal. No había máscaras, no había cuerpos atléticos, ¡nada! En cambio había una sala de imitación de piel, algunas mesas metálicas con periqueras y, de fondo, música disco. La gente era perfectamente común. Las mujeres más guapas que los hombres, casi todos con protuberantes pancitas y suéteres de César Costa (rocanrolero mexicano de suetercitos posh). Nada de figuras espigadas ocultas bajo capas y máscaras carnavalescas. Nada de plumas y de glamour. Al ver mi desconcierto, mis amigos me dijeron que era porque se trataba de un lugar light, pero que para mejorar la experiencia sólo debía esperar a que abrieran el cuarto oscuro donde sucede la verdadera acción.

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Eso pasó como a la medianoche y el asunto mejoró muy poco. Tomé a mi invitado de la mano y me lo llevé al famoso cuarto que estaba tras unas cortinas de terciopelo mal puestas. Al cruzar, lo que encontramos fueron tres camas rodeadas de sillones pequeños. Nos sentamos a observar. Pensé que sería algo súper excitante y descargas de electricidad se apoderaron de mí con sólo imaginarlo. Dos parejas rompieron el hielo. Sin nada de juegos previos, se desnudaron y comenzaron a tener sexo frente a nosotros. Y entonces la corriente eléctrica paró. Pensé que, por ser mi primera vez, el asunto sería intimidante, pero la verdad es que fue muy natural. Quizá demasiado porque a mi pareja y a mí, en lugar del deseo, nos empezó a ganar nuestra faceta de jurado. “Yo a ese le daría un cinco, porque creo que no se le para bien”, me dijo él señalándome al sujeto. “A mí me parece guapa ella y mueve increíble la cadera, pero creo que su chico es arrítmico”, le comenté yo. Estuvimos viendo el ir y venir de los cuerpos durante una hora y las parejas que teníamos en observación apenas habían cambiado un par de veces de posición. Mi acompañante y yo intentamos tocarnos “o algo”, pero más bien teníamos ganas de sacar carteles con calificaciones para todos. Así que cuando me dijo que tenía hambre, me pareció un alivio. Cuando volvimos a nuestra mesa para ordenar algo, gran sorpresa: el lugar ofrecía una barra de sushi gratis. La devoramos. No recuerdo haber comido tanto en mucho tiempo. Aún cuando era un sushi de supermercado, me pareció el momento más seductor de la noche.

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“Ay, chicos, es que ustedes son nuevos, no lo podían tener todo hoy, tienen que ir a más fiestas”, nos dijo nuestra vecina de mesa cuando nos vio desquitar nuestras ganas con la comida. “No se desanimen”, agregó.

El consejo nos pareció sensato y nos fuimos, no sin la sospecha de que esperaban a que nos fuéramos para darle rienda suelta al sexo promiscuo de verdad.

Temo que mi fantasía sea irrealizable. Tendré que seguir buscando.

Pareja en bar comiendo sushi
Sushi al final...


Para saber más:

Según un estimado del Kinsey Institute, 4 millones de personas en Estados Unidos, son swingers. Todos ellos se han convertido en el target de una industria millonaria de viajes “sólo para adultos”.

Si quieres asistir a una fiesta sexual, la información de más de 500 clubs en Estados Unidos y algunas otras partes del mundo, está aquí: http://www.swinglifestyle.com/swingers/clubs/

Para vivir la experiencia Eyes Wide Shut (aunque tienes que viajar a Europa), puedes pedir información acá: https://castleevents.com

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