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Twitter: todos somos parte de una colmena

Twitter: todos somos parte de una colmena

El futuro ha llegado disfrazado de una red social. El cambio que ha generado Twitter en la forma en que nos relacionamos no se puede soslayar.


Twitter
Por Laura Martínez-Belli
 
Quien niegue que Twitter ha venido a revolucionar nuestro concepto de sociedad posmoderna es un ciego negando la evidencia. Quien lo niegue, seguramente se aferra también a la idea de que el periódico no va a desaparecer o que las relaciones biológicas continúan siendo el patrón de nuestras relaciones sociales.


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Twitter es un fenómeno, nos guste o no, que nos rebasa y que nos está convirtiendo en una colmena. Como si todos formáramos parte de un enorme cerebro colectivo. Una idea es retuiteada —es decir, reenviada una y otra vez por otros usuarios— en cuestión de segundos. Y entonces se materializa un sueño que ni el mismísimo Gutenberg se atrevió a soñar cuando inventó la imprenta: la palabra viaja en tiempo real alrededor del mundo. Vaya que el fenómeno ha explotado.



Tuitear genera adicción

Como en todo, hay quienes utilizan esa inagotable fuente de poder de una forma banal, preguntándose dónde ir a comer u otras cuestiones igualmente rutinarias, pero en otros tantos casos, la genialidad del individuo se despliega en todas sus manifestaciones. Hay incluso quien escribe minicuentos, minirrelatos de ficción (eso sí, siempre limitados a 140 caracteres) con una creatividad dignas de las más refinadas plumas. Hay poesía.


De esta manera, tuitear genera adicción; como si fuera una droga capaz de enredarnos en sus vapores, una dependencia derivada —quizás— de la necesidad que tenemos de formar parte de un todo. De integrarnos. De sentir que, por fin, tenemos libertad de expresión. Un todo que hoy, en el ritmo provocado por la velocidad de las grandes ciudades se ha visto desintegrado por nuestras individualidades.
A través de un tuit, se puede opinar sobre cualquier cosa. Por supuesto, el espacio limitado obliga a escoger bien las palabras para no banalizar una postura, lo cual hasta cierto punto se agradece, porque ahora tendemos a hablar con palabras demás, palabras vacías.

Todo lo que se diga en un tuit debe sopesarse antes; debe escogerse correctamente el vocablo. Se racionaliza así un pensamiento, una idea, un argumento y se obliga a pensar, a ser ágil, porque de la capacidad para componer un tuit digno de leer y entretener, se obtendrán más seguidores. Al parecer, también, esa cifra es para algunos reivindicadora del ego y de la autoestima.


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Somos parte de una colmena
Por supuesto, hay que tener cuidado porque nunca se sabe quién va a recibir una frase dicha al aire, o bajo qué contexto y circunstancias van a llegar y, por tanto, tuitear implica una gran responsabilidad que por desgracia no siempre se ejerce.
Antes, nadie en el mundo había tenido la capacidad de llegar a tantas personas de manera instantánea. Quien no sea capaz de verlo, no puede ver una montaña rompiendo la línea del horizonte. Y esto lo saben los políticos, quienes también tuitean sus decisiones y condolencias, como en el caso del presidente mexicano Enrique Peña Nieto o el estadunidense Barack Obama (aunque, por favor, no vayan a meterlos en el mismo saco).


En efecto, somos como abejas, trabajando cada una para conseguir su propia miel. Nos sentimos, por fin, parte de una colmena.

Twitter también ha sido un remedio

Yo siento que Twitter es el remedio perfecto para algunas de las enfermedades del alma, como la soledad o la timidez. El simple hecho de escribir lo que se piensa de una película recién vista, las reacciones provocadas por unas declaraciones —políticas o amorosas—, el intento de contactar con ese otro, que bajo otras circunstancias nos habría parecido tan lejano y quizá no lo sea. Todo eso es una enorme ventana por la que Twitter permite asomarse.

Otras condiciones médicas como la agorafobia, ese trastorno de ansiedad que consiste en el miedo a los lugares donde no se puede recibir ayuda, también encuentran en las redes sociales esa palmada en la espalda.

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Por ejemplo, el caso de una mujer que se decidió a salir de casa, alentada por la visión del mundo que le ofrecían sus seguidores, o el caso de amas de casa que tras años dedicadas a la crianza encuentran en este medio una nueva forma de establecer contacto. O ese matrimonio que entendió mejor el sentir de su pareja gracias a los mensajes subliminales que se enviaban mutuamente.

Si le preguntáramos a los usuarios qué significa Twitter en sus vidas, algunas de las respuestas son que es una forma de conversar consigo mismos, o de caer en la cuenta de que 140 caracteres son suficientes para crear movimientos, o que es la puerta a muchos mundos, un canal de información y de expresión de amplitudes desconocidas, o estar vinculado a nada y a todo a la vez.

En definitiva, es darnos la oportunidad de expresarnos por escrito con coherencia, sustancia y brevedad, algo que a veces no se consigue en todo un ensayo.

El medio es el mensaje

Como experimento sociológico, Twitter es una delicia. Como medio de información y comunicación, me atrevo a aseverar que hoy día no hay nada que lo supere.

Ahora, me podrían decir que es triste que tengamos que comunicarnos vía mensaje de texto en lugar de hacerlo cara a cara. Pero no es la primera vez en la historia que esto ocurriese. Por ejemplo, los personajes de Jane Austen se comunicaban con cartas. La correspondencia postal bastaba hasta para contraer matrimonio, por ejemplo, aunque los interesados jamás se hubieran dirigido la palabra previamente.

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¿Estamos acaso ante una vuelta a lo retrogrado maquillada bajo el disfraz de las nuevas tecnologías? Es probable, aunque también es cierto que la experiencia no es más que el cúmulo de errores cometidos por uno y de los errores se aprende.

Anímense a tuitear, amigos, y descubran la maravillosa sensación de hablarle al Olimpo. Con suerte, los dioses contestan.


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Para acompañar:   La verdadera historia de Twitter de Nick Bilton. Ed. Planeta.

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