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El sexo femenino y la crisis de los 30 (Parte 1)

El sexo femenino y la crisis de los 30 (Parte 1)

Es común para las mujeres sentir que llegar a los 30 es sinónimo de vejez… No es absurdo: tiene una explicación.

¿Por qué a los 30 años sentimos que hemos llegado al final de la vida?

Por Ana C. Alanís
 
 
Confieso que empecé a sentir el peso (y el paso) del tiempo a los 29 años, exactamente cuando descubrí mi primera cana. Esa mañana iba a dar una plática sobre Leonora Carrington a un grupo de estudiantes de pregrado. La noche anterior había separado una falda negra en línea A, una blusa sobria con botones aperlados y unos bostonianos color piel para evitar el lastre de las distancias largas a pie con zapatos altos. Cabe mencionar que había dejado mi diadema de todos los días fuera del conjunto para, según yo, lucir más profesional.
 
Pero la estúpida cana lo cambió todo: cuando la visualicé en el espejo, tan ansiosa por sobresalir de entre los demás cabellos, tan cínica y blanca, tan ella misma —inconfundible—, sentí que en vez de 29 cargaba con 182 años. La ubiqué muy bien, le regalé dos segundos más de vida y la arranqué con unas pinzas para depilar.
 
Llegué a la universidad con una indumentaria muy diferente a la del plan original: un vestido que más que vestido parecía funda XS y un par de botas altas que encontré en mi armario. Al advertir mi llegada, el director del departamento de arte —visiblemente preocupado por mi atuendo impropio— me ofreció su saco. En ese momento, hundida en un lapsus brutus, supe que la crisis de los 30 me había alcanzado y que no podía hacer nada para detenerla.

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Vea también: Crisis de los 30 nivel: la vida no vale nada
 
 
Los treinta
 
Los tres meses previos al trigésimo cumpleaños me rompí la cabeza tratando de resolver problemas que, a mi parecer, estaban mermando mi felicidad. Me puse varias metas para llegar al "tercer piso" con un físico envidiable: me dedicaría a entrenar para correr mi primer maratón, perdería cuatro kilos y volvería a entrar en mis pantalones talla dos, los cuales guardaba celosamente desde los 21.
 
Fue tal el estrés al que me sometí para construir la mejor versión de mí misma a partir del miedo, que me lastimé la rodilla en una borrachera —lo cual me dejó fuera de la carrera—, subí tres kilos y terminé tirando los pantalones a la basura.
 
Del día en que cumplí los 30 recuerdo muy poco. Creo que me levanté llorando, me vestí y salí a la calle. Caminé sin rumbo —cosa que disfruto mucho y que hago bastante seguido— hasta que dieron las tres de la tarde. Hablé con mi familia y les pedí que me dejaran sola (les dije que festejaríamos más adelante). Apagué mi celular. Volví a casa por la noche y vi que estaban pasando Sex and the City en la televisión. Me había convertido en Carrie Bradshaw. ¿Eso quería decir que, muy a mi pesar, formaría parte del clan de las que critican a las de veintitantos? Era Carrie minus el clóset de ensueño, minus la fabulosa melena, minus Nueva York, minus Big, minus Aidan, minus la columna en The New York Star. Era Carrie sólo porque había alcanzado la treintena, evento que, cuando yo veía la serie, me parecía lejano y terrible.

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A la mañana siguiente sentí como si me hubieran quitado un peso de encima: había pasado por una especie de purga emocional y, ahora que de verdad tenía 30, absolutamente todo estaba bien.
 
De pronto me quedó muy claro que no tenía necesidad de resolver mi vida ante el resquemor de un número y de que estaba en mí cambiar aquello que me hacía sentir incómoda. No tenía que cumplir metas porque sí, ni disfrazarme por dar cierta imagen: la conferencista que llevaba la falda abajo de la rodilla no era yo, pero la maestra de película pornográfica con botas de látex tampoco.
 
¿De dónde había emergido, entonces, tanto drama? ¿Por qué no había podido enfrentar con decoro el hecho de cumplir un año más, hasta que por fin lo cumplí y me di cuenta de que no era el fin del mundo?
 
 
El temor al paso del tiempo
 
Según un estudio realizado por la compañía británica de seguros Bupa, el miedo número uno de nosotras las mujeres con respecto al envejecimiento es perder nuestro atractivo físico: volvernos invisibles, pasar a segundo o a tercer plano, dejar de atraer miradas (curiosamente, es a los 29 que empezamos a notar ciertos cambios a nivel físico, los cuales nos afectan, en consecuencia, a nivel emocional). Otros miedos incluyen no lograr nuestras metas según lo planeado, ser dependientes, no encontrar el amor o quedarnos solas y sentirnos confundidas con lo que estamos haciendo a nivel profesional. 

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Otro estudio, realizado por la farmacéutica Pfeizer junto con organizaciones de defensa de la salud para ayudar a fomentar el diálogo sobre el envejecimiento en América, destaca que 24% de las personas encuestadas entre 18 y 40 años han mentido sobre su edad en algún momento. Del grupo de personas entre 50 y 64 años, un 21% ha alterado el año de nacimiento, y del grupo de mayores de 65, apenas un 18%. Según los expertos, estos resultados son completamente normales (es decir, no somos las únicas que hemos escondido nuestra verdadera edad), ya que conforme el ser humano va madurando, también va liberándose de ciertas presiones sociales y ajusta sus prioridades a su conveniencia. “Las personas que aceptan su edad logran disfrutar de una mayor libertad a medida que envejecen y dejan de tener que demostrar su valía en el trabajo o en otro tipo de relaciones”, dice Nancy Perry Graham, editora en jefe de la revista de la AARP (American Association of Retired People).
 
 
Vea también: La delgada línea entre la adicción y el running
 
 
Nuestras obsesiones
 
¿Será que formamos parte de una cultura obsesionada con la juventud, donde aprendemos, desde niñas, a ser valoradas en buena medida por nuestra belleza? ¿Qué tanto nos dejamos afectar por lo que vemos a nuestro alrededor? ¿Qué tanto nos comparamos con otras mujeres? Y, por último, ¿qué tan conscientes estamos de vivir el hoy, no el mañana?

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Si algo he aprendido en este último año es que los 30 son ese punto de ebullición en donde se concentran nuestras dudas sobre el futuro, las evaluaciones en relación a lo que hemos hecho en el pasado, los cuestionamientos del lugar en el que estamos paradas en el presente: ¿Qué queremos? ¿Qué no tenemos? ¿Hacia dónde vamos? Este tipo de preguntas son cíclicas, nos acompañan desde que tenemos uso de razón y se nos van presentando de distintas maneras, pero es el hecho de que “estallen” con mayor intensidad en la antesala de los 30, que hace que alcanzar esa edad pueda ser tan caótico para algunas de nosotras.
 
Sin embargo, después del drama, todo sigue su curso. En mi caso —arrugas más, arrugas menos—, comencé a ver el lado amable de las bondades de envejecer: soy capaz de encontrar nuevos placeres y de dirigir la mirada a lugares que me hacen sentir bien, joven otra vez, quizás en un sentido más abstracto.
 
Entiendo que los años no tienen que ver con avejentarme, sino con crecer en diferentes niveles y con dejar atrás lo que no sirve para concentrarme en el ahora. 

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