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Qué significa ir de vacaciones con niños

Qué significa ir de vacaciones con niños

Hace un tiempo, mi esposo, nuestra hija y yo, enfilamos hacia un precioso hotel-spa en Perú. Fue allí, en medio de un primoroso valle andino, donde descubrí que durant...

Hace un tiempo, mi esposo, nuestra hija (que entonces tenía 2 años) y yo, enfilamos hacia un precioso hotel-spa en Perú. Fue allí, en medio de un primoroso valle andino, donde descubrí que durante las vacaciones los padres trabajamos igual o más que en días comunes y corrientes.

Si antes de viajar había soñado con sumergirme en largos baños termales y relajar los músculos en manos de expertas masajistas, una vez que llegamos al destino la realidad me despertó de un pellizco: lejos de sus amiguitos, de sus clases, de la ocasional babysitter, de sus juguetes y de su propia cama, Emilie exigía nuestra total atención.

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Persecuciones por jardines, piscinas y restaurantes. Repentinos cambios de apetito. Algunas rabietas. Llantos en la oscuridad de la noche. Poco a poco me fue quedando claro que el cambio de rutina, tan ansiado por los adultos, puede ser algo desestabilizador para un niño y que, a su manera, envuelta por una rara mezcla de alegría y ansiedad, Emilie estaba preguntándose dónde estaba su agradable rutina.

Así que de tumbarme en la mesa de masajes o gozar de las aguas termales, al menos durante los primeros días, casi nada. La niña quería jalar la llave del inodoro, exigía que la cargaran en brazos, no quería comer y, por sobre todas las cosas, pedía jugar con mamá y papá, ¡sin interrupciones, claro!

Con mi escasa experiencia, el agitado ritmo de las vacaciones me tomó por sorpresa y empecé a sentir lo inimaginable: ¡el descanso me estaba resultando agotador y hasta indeseable!

Una tarde en el hotel, le conté mis sensaciones a otra mamá. Mientras ella le daba de comer a uno de sus hijos y corría detrás del otro, me escuchó y se echó a reír. “¿De verdad creías que ibas a descansar?”, exclamó asombrada, haciéndome reír a mí también.

Primer paso, tómalo con calma

Mis músculos, por primera vez, empezaron a relajarse. Superada mi frustración inicial, empecé a tratar de disfrutar de mis vacaciones. La niña fue sintiéndose más cómoda a medida que pasaban los días, y mi esposo y yo nos organizamos para alternar turnos: mientras él iba a su sesión de masajes, yo llevaba a la niña a desayunar.

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Cuando yo me tumbaba en la mesa de masajes, él llevaba a Emilie a una cercana y linda granja de animales. Tras la recarga matutina de energías, nos íbamos los tres a explorar el valle.

Las aguas termales y los masajes sin duda me ayudaron. Pero, para mí, la mejor técnica antiestrés fue aprender a reírme de mi inexperiencia y valorar la oportunidad de compartir momentos únicos con mi niña.

En Cajamarca visitamos un impresionante bosque de piedras y un zoológico en plena montaña. Vimos osos andinos, águilas, pumas y gráciles vicuñas. La niña acarició cuyes y hasta ordeñó una vaca a tientas. Y hubo alguna noche en que los tres nos tumbamos en una hamaca para contar las estrellas.

En medio de la paz que puede ofrecer la naturaleza comprendí, una vez más, que ser padres es un trabajo a tiempo completo, y que las vacaciones con los niños, más que un descanso, son un cambio de escenario y de actitud. Son, en gran medida, la posibilidad de hacer con los hijos lo que la rutina no nos permite y poder disfrutar de ello como si se tratara de un divino masaje de relajación para el alma.

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