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Ilustración abuso en pareja

Síntomas de una relación asfixiante y posesiva

Síntomas de una relación asfixiante y posesiva

El abuso en una relación también puede ser emocional, y es más difícil de percibir.

Ilustración abuso en pareja
Ilustración abuso en pareja

Por Ana C. Alanís


Durante más de un año, Patricia se sintió la mujer más afortunada en el mundo. Su relación con Mario, un hombre al cual conoció dentro de un elevador, parecía salida de un cuento. Siempre tenía detalles con ella, era caballeroso, atento y le gustaba sorprenderla con viajes de dos o tres días. Cuando empezaron a salir, Mario puso todo su empeño en llevarse bien con la familia y los amigos de Patricia: todos concordaban en que era perfecto para ella, pues además de darle el trato que merecía, era exitoso, espléndido y divertido.

Al parecer, todo marchaba de maravilla, pero sin darse cuenta Patricia empezó a alejarse de sus seres queridos con el paso del tiempo. Su vida transcurría entre el trabajo, la casa de Mario y los destinos a los que viajaban solos los fines de semana. De vez en cuando se tomaba un café con alguna amiga, pues las salidas en grupo —sin novios o esposos— no figuraban dentro de sus actividades. No es que Mario se las hubiera prohibido, pero existía entre ellos un acuerdo tácito que la mantenía al margen de las noches de chicas.

Cuando cumplieron seis meses de relación, Mario le regaló un gato a Patricia, lo cual la sorprendió sobremanera, ya que en alguna ocasión le había comentado a él que era alérgica a los felinos. Cuando se lo recordó, él contestó que había decidido hacerle ese obsequio con la intención de que, a fuerza de convivir con el animalito, lograra vencer su padecimiento. Después de varias semanas con urticaria, hinchazón, enrojecimiento, picazón y ataques de asma, Patricia llevó al gato a un albergue. Cuando Mario se dio cuenta, dejó de hablarle por cinco días.

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Poco tiempo después, Patricia fue aceptada en la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans, para estudiar una especialidad en Humanidades. Cuando le dijo a Mario que se iría ya que eso representaba una oportunidad muy grande para su desarrollo profesional, él le dio todo su apoyo. Llegado el momento viajaron a Nueva Orleans y pasaron los primeros quince días juntos. Después, hablaban por teléfono todas las noches y él la visitaba casi todos los fines de semana. Al igual que cuando ambos vivían en la misma ciudad, la vida de Patricia se dividía entre sus clases y su apartamento: nada de amistades nuevas, ni de cervezas con los compañeros, ni de vida estudiantil.

Cuando cumplió 28 años, su única amiga de la universidad organizó una salida al bar de la esquina. Patricia se sintió halagada y no dudó en aceptar la invitación; recordó lo bien que se sentía platicar con otras personas. Cuando revisó su celular había más de cinco llamadas perdidas y varios mensajes de texto —uno siempre más agresivo que el anterior—. Mario calificó el comportamiento de Patricia como inmaduro y descuidado, y le retiró el habla una vez más.

Cuando volvió a buscarla, lo hizo a través de varios regalos que envió por paquetería. A partir de ahí, el panorama fue haciéndose cada vez más oscuro. Las señales de alerta, como la del incidente del gato, comenzaron a ser más evidentes.

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Mario le pedía a Patricia que le mandara fotos para ver cómo iba vestida con el pretexto de admirar su belleza. Si el atuendo le parecía inapropiado, le pedía que se pusiera algo de lo que él le había regalado anteriormente. Comenzó a aparecerse en Nueva Orleans sin avisarle y la obligaba a faltar a clases diciendo que “he venido desde lejos a estar sólo contigo”; ella organizaba sus visitas en torno a lo que él quería hacer, y él le obsequiaba cosas que le gustaban a él. Ella se sentía asfixiada.

De pronto, él la ignoraba por completo, hacía como si no existiera. Cuando ella le preguntaba qué pasaba, Mario le decía que todo era producto de su imaginación: “Estás demasiado sensible, pareces muy necesitada de un afecto que te doy a manos llenas, pero que no sabes apreciar”, le dijo en alguna ocasión.

Hombre indiferente con su pareja
Indiferencia

Al final del primer semestre de la especialidad, Patricia le envió a Mario un proyecto en el que había estado trabajando arduamente y con el que se ganó el primer lugar de un concurso entre universidades. Él le respondió que no tenía tiempo de leerlo, pero que seguramente lo merecía y dejó de interesarse, de un día para el otro, en cualquier cosa que tuviera que ver con sus logros académicos.

Al día siguiente, Patricia recibió un sobre que contenía un boleto de avión a París para encontrarse con Mario en cinco días. Mientras empacaba, empezó a cuestionarse si de verdad estaba exagerando al pensar que Mario era cada vez más distante y sus acciones cada vez más hostiles y carentes de sentido común. Acudió con un terapeuta y, para su sorpresa, encontró varios indicadores que la señalaban como sumisa y a él como manipulador. Se dio cuenta de que no son necesarios los golpes o los gritos para ser víctima de abuso y que cuando dos personas están unidas por factores tales como temor, actitudes condescendientes, pasivo-agresivas e indiferencia, se encuentran inmersas en una relación disfuncional que debe terminar antes de que sea demasiado tarde.

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La historia de Patricia es una de tantas en el mundo. Las relaciones asfixiantes y posesivas son tóxicas y pueden darse de muchas maneras en varios niveles. A veces los indicadores de que algo no está marchando bien son más sutiles, a veces son más que evidentes. Sin embargo, siempre hay una manera de poner las dudas sobre la mesa para despejarlas lo más pronto posible y tomar acción si es necesario.


Cómo identificar una relación posesiva

En palabras del Counseling Center de Illinois, el abuso es tipificado como cualquier comportamiento diseñado para controlar y subyugar a otro ser humano mediante el uso del miedo, la humillación y las agresiones verbales o físicas. Por abuso emocional se entiende cualquier tipo de abuso que incluya faltas de respeto verbales, críticas constantes o tácticas más sutiles como la intimidación y la manipulación.


Según el aclamado libro Too Good to Leave, Too Bad to Stay, de la doctora Mira Kirshenbaum, los tres principales tipos de abuso emocional son: la agresión, la negación y la minimización. Por agresión, Kirshenbaum se refiere a insultos, acusaciones, amenazas, atribuir culpas y faltas, y dar órdenes.

La persona que adopta el rol de manipulador en una relación se dirige a su pareja desde una especie de superioridad moral, donde todo lo que él o ella hace y dice es siempre mejor. El manipulador invalida lo que su pareja dice, llegando a afectar su percepción de la realidad, con frases como “yo nunca dije eso”, “estás exagerando”, “estás muy sensible”, etcétera.

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Hay problemas si:

— Uno controla de manera excesiva las actividades del otro.

— Limita las reuniones con otras personas al extremo del aislamiento (esto se da, generalmente, de forma sutil, como en el caso de Patricia).

— Obliga a su pareja a realizar actividades con la única finalidad de agradarle, aunque sea la pareja quien no quiere llevar dichas actividades a cabo.

— Presiona emocionalmente o hace chantajes sentimentales con la finalidad de que el otro acceda a sus requerimientos.

— “Castiga” a su pareja (deja de hablarle, por ejemplo) cuando hace algo que no le parece y después le otorga el “perdón” (vuelve a hablarle o le hace un regalo material).

Cómo construir relaciones libres de abuso

Las relaciones posesivas donde el abuso emocional es rey son más difíciles de distinguir que aquellas en donde hay abuso físico. Sin embargo, en ambos casos el abuso está provocado por inseguridades, baja autoestima y por la falta del control de impulsos y emociones.

En el libro mencionado anteriormente, la doctora Kirshenbaum explica que el abuso está directamente relacionado con nuestra niñez: la educación y el amor que recibimos de pequeños determina nuestra relación con nosotros mismos y, en consecuencia, determina también el tipo de relaciones que construiremos en el futuro.

Pareja alegre
Pareja alegre

Según los estudios del doctor John Gottman, de la Universidad de Wisconsin, una pareja sana sabe cómo expresar su humor, muestra señales de afecto, interés en el otro y vibra en un estado de alegría. Para lograr esto es importante, primero, reconocernos como seres suficientes y autónomos, con derecho a desarrollarnos según nuestras necesidades y deseos. Si entendemos que nuestra felicidad depende de nosotros mismos porque somos seres completos e independientes, podremos relacionarnos con personas que estén en igualdad de circunstancias. Un ser humano no completa a otro, no llena los vacíos del otro, ni le da lo que alguna vez le faltó.

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