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¿Qué tan saludable es la relación con nuestros perros?

¿Qué tan saludable es la relación con nuestros perros?

La cercanía con nuestros perros puede llegar a niveles insospechados, pero no forzosamente es algo malo o anormal

Relación con los perros

Por Ana C. Alanís


Hace algunos años, mientras divagaba por el mundo de dudas existenciales en el que vivo —a veces para mi fortuna, otras para mi desgracia—, me topé con un dilema que resolví en menos de 30 segundos.
“Si un familiar y tu mascota —perro, de preferencia— estuvieran al borde de la muerte y sólo tuvieras oportunidad de salvar a uno, ¿quién sería?”.
En mi caso, dar una respuesta fue relativamente sencillo: no quise pensar en pros ni en contras; no puse mis sentimientos sobre una balanza y tampoco quise pensar demasiado en lo que sucedería a partir de una u otra elección. Así, a bote pronto, elegí salvar a mi mascota: Rana, una schnauzer miniatura.

Esa fue una decisión que guardé para mí: primero, porque era hipotética y, segundo, porque me daba mucha vergüenza aceptar que había elegido la vida de un animal sobre la de un ser humano. Supuse que la única loca que pensaba (y sentía) así era yo y dejé mi polémica elección dentro de una gaveta ficticia donde guardo todo aquello de lo que no me apetece hablar. 


Pérdida y búsqueda
Rana —mi schnauzer— murió a los 12 años de edad, víctima de un cuadro renal que se complicó de la noche a la mañana. Mi sufrimiento fue tal que consideré seriamente acudir a terapia para aliviar mi dolor, el cual se había salido de proporción. No entendía cómo su muerte podía tenerme abatida, acostada hasta las dos de la tarde, sin ganas de nada. ¿Hasta dónde había llegado con esto? ¿Debía comenzar a juzgarme a mí misma? 


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El doctor no fue necesario, pues me refugié en varios libros y leí algunos artículos que hablaban sobre experiencias de otras personas que habían sufrido pérdidas similares. Lo más valioso fue saber que ellas comprendían por lo que estaba pasando y que, por lo tanto, no menospreciaban mi desconsuelo —al contrario, lo validaban—, y tampoco me tachaban de ridícula. Fue entonces que saqué varias conclusiones y encontré el sosiego que necesitaba.


La voz de la ciencia
Un estudio realizado por científicos japoneses en la Universidad Azabu, en Kanagawa, arrojó resultados sorprendentes con respecto a los niveles de oxitocina en el cerebro de los perros y de los seres humanos. Según dicho estudio, el vínculo entre dueño y mascota puede llegar a ser tan fuerte como la conexión que existe entre un padre y su hijo. Por otra parte, Evan MacLean, codirector del Laboratorio de Cognición Canina de la Universidad de Duke, ha apuntado de manera insistente que la relaciones con los perros pueden ser terapéuticas, al grado de ser consideradas para ayudar a niños con alguna discapacidad o a personas con problemas de salud. Incluso hay mayores o menos niveles de empatía entre razas de perros y personas, dependiendo de los niveles de energía en los humanos.
Yo siempre pensé que Rana había llegado a mi vida para darme una especie de lección y que, el día en que se fuera, iba a ser porque había cumplido su objetivo. ¿Podría, entonces, calificar su compañía como terapéutica? Sí, siempre, sin dudarlo.  

Lo mejor —y algo cómico, hasta cierto punto— es que poco después de la muerte de Rana, mi madre me envió por correo un estudio con el que reí y lloré al mismo tiempo. Un grupo de psicólogos de la Universidad de Georgia estudiaron las circunstancias bajo las cuales la gente le daba un valor mayor a las vidas animales que a las humanas a través de una encuesta: 573 individuos debían responder a quién salvarían en una serie de escenarios hipotéticos, en los que un perro y una persona se encontraban a punto de perder la vida. Los factores que influyeron en su decisión fueron dos: si la persona era importante para ellos y si ellos eran los dueños del perro. El 40% de los entrevistados tomaron la decisión de salvar a su perro si la persona en riesgo era apenas un conocido o un amigo no tan cercano.


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Todo depende del cristal con que se mira
Me sentí aliviada. Consciente de la complejidad y de la especial atención que necesita la convivencia entre un perro y su amo; del equilibrio y la significación de la disciplina, y el ejercicio como elementos primarios en su adiestramiento; pero libre para recordar a Rana con la intensidad y el amor de antes. Lista, quizás en unos meses más, para abrirle la puerta a otro cachorro que necesitara una casa con todo lo que ello implica. Si alguien me tilda de loca, a los estudios de las universidades más prestigiadas del mundo me remito.


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