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El temido fruitcake navideño

¿Por qué nadie quiere al fruitcake?

¿Por qué nadie quiere al fruitcake?

La culpa no es de la Navidad sino de la estación, el clima y cierta falta de gusto para la decoración.

El temido fruitcake navideño
El temido fruitcake navideño

Por: Alonso Ruvalcaba


@alonruvalcaba

Llegada la Navidad, los fríos y los buenos deseos, se cuenta una historia de pastelería. Dice que nadie ha comido nunca un fruitcake —ese pan mechado de fruta conservada en jarabe dulce, a veces mojada en alcohol—; dice que “sólo existe un fruitcake en el mundo, que pasa de mano en mano”. Nadie prueba este pastel: como lo recibe lo regala, y así interminablemente. Esto, por supuesto, es un mito. La realidad es que en algunos países donde la tradición del fruitcake está bien arraigada, como Estados Unidos, Canadá y Nueva Zelanda, llega a existir un fruitcake por ciudad. Hay casos, como el de la ciudad de Buford, Wyoming, donde hubo dos fruitcakes en las mismas navidades (las de 1984, un año extraño por donde se le viera). Hay que decirlo: también existen ciudades, como Coupon, Pennsylvania, que han pasado varios años sin un fruitcake. Gente se muda y abandona el fruitcake en el desván, en el sótano o la alacena, al espontáneo arbitrio de las hormigas o las moscas. En países donde el fruitcake es bastante menos costumbre que gansada y mucho menos gansada que chacota, suele haber harto menos de un ejemplar por cada ciudad de diez mil habitantes. El censo de población de Venezuela 2011 concluyó que hubo 0.023 fruitcackes por ciudad venezolana en cualquier momento dado de las fiestas navideñas de ese año. No es un cálculo improbable. (La otra parte de la leyenda, aquella que dice que “nadie ha comido nunca un fruitcake”, es cien por ciento verdadera. El fruitcake se tira o se regala. Punto.)

 

Y es que la dulcería y la panadería navideñas son, cuando menos, difíciles. Cuando más, inaceptables. Piensen en el panettone, primo milanés del fruitcake, en forma de domo o cúpula; piensen en el brutal bûche de Noël o tronco navideño, especialidad francesa y de québécois que se hace con bizcocho genovés —o cualquier otro bizcocho, pero esponjoso—, rectangular y plano, untado con crema, enrollado hasta obtener un cilindro o roulade, untado de nuevo con mantequilla de chocolate, decorado con azúcar, frambuesas y a veces ramas falsas. Puede ser sabroso —en gustos se rompen géneros y este establecimiento no discrimina por motivos de raza, religión o cualquier otra preferencia—, pero casi siempre es feísimo:


Bûche de Noël from Christmas '05.

Posted by Andrew Pendleton on jueves, 19 de abril de 2007


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Más dulce, más vistoso, más tierno

Hay algo en la Navidad que nos mueve a lo empalagosamente dulce, a las resoluciones edulcoradas, a los grandes errores de la decoración. Es la más hollywoodense de las festividades. Tal vez el peso de celebrar el nacimiento de lo que hoy llamamos —para bien y para mal (más para mal que para bien— Occidente sea demasiado pesado para nuestros ánimos. Lo queremos todo más dulce, más vistoso, más tierno. Queremos el cute overload, queremos el árbol a como dé lugar, las esferas, las estrellas, nacimientos del tamaño de la sala o del tamaño de Belén, queremos Santa Clós y anuncios de Coca Cola.
 
O, siendo un poco más razonables, el problema no está en la Navidad sino en la estación y en el clima. Hacia el final de diciembre y el principio de enero muchas tierras están cubiertas de nieve o desoladas. No hay fruta fresca, o no la hubo tradicionalmente, antes de que el hombre hiciera pedazos el medio ambiente. Las frutas conservadas en jarabes rabiosamente dulces protagonizan estos postres y pasteles por esa razón. El crítico Robert Siestema lo pone así: “Échenle la culpa de la plaga del fruitcake al azúcar barato que llegó a Europa desde las colonias en el siglo XVI. Algún simpático descubrió que la fruta se podía conservar sumergiéndola en concentraciones sucesivamente más altas de azúcar, intensificando su color y su sabor. No sólo las ciruelas y cerezas nativas podían conservarse así, sino también frutas antes desconocidas pronto se importaron en forma caramelizada. Semejantes cantidades de fruta acitronada engendraron la necesidad de disponer de ellas de alguna forma. Ergo: el fruitcake.” Y podríamos agregar: el panettone, el tronco de Navidad, la rosca de Reyes.
 

Para disfrutar la Navidad sin inducciones a ningún tipo de coma diabético lo mejor son, acaso, las romerías, estos espacios al aire libre —en México, casi siempre anexas a un mercado popular— donde se expenden árboles y adornos navideños pero también ponche, tostadas, romeritos y por supuesto buñuelos. El buñuelo, que viene frito, es menos dulce, más equilibrado, más sensato que cualquiera de sus parientes navideños. Y el ponche trae ron, viejo antídoto contra el mal rato.


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