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La evolución de la belleza.

Helena Rubinstein: la química de la belleza

Helena Rubinstein: la química de la belleza

Una mujer cuyo ingenio derivó en fórmulas de éxito y belleza

La evolución de la belleza.
La evolución de la belleza.

Por Graciela Miramontes

Es imposible hablar de cosmética sin mencionar a Helena Rubinstein. Sus productos se han convertido en verdaderos básicos de la rutina de maquillaje de muchísimas mujeres. El motivo va más allá de su prestigioso nombre.

 

¿Quién fue aquella elegante dama? ¿Cómo logró construir un verdadero emporio para embellecer a la mujer? Quizá no imagines que Helena, con un sentido agudo para los negocios, realizaba largas jornadas experimentando en su cocina.

 

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La búsqueda de la perfección

Con tan solo 24 años, Chaja Rubinstein –mejor conocida como Helena– sobresalía del resto de las jóvenes de su edad en una época en que imperaba el machismo por su innegable determinación. Originaria de Polonia, Helena llegó con su familia a Australia y no pasó inadvertida por mucho tiempo. Cobró fama gracias a la creación mejorada de una crema para rostro que su madre le había regalado.

 

El ingrediente secreto que la volvía sumamente efectiva era la lanolina. La región de Western Victoria –donde su tío vivía y se encargaba de una tienda– tenía la materia prima en abundancia: ovejas y mucha lana. Tras procesos químicos, Helena era capaz de extraerlo y conseguir una mezcla bastante olorosa que disfrazó con esencias como la lavanda.

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Ella fue la primera en probarlas en su rostro todas las noches antes de dormir. Los resultados fueron tan buenos que logró hacerse de una amplia lista de seguidoras y sus productos eran distribuidos en varias farmacias.

 

Luego de conseguir trabajo como mesera conoció a un admirador que accedió a financiar la producción de su fórmula: Crème Valaze. La fama fue tal que abrió su primer boutique en la glamourosa calle Collins Street en Melbourne, donde ofrecía diagnósticos de piel para ofrecer la crema adecuada a cada clienta.

 

Su segunda sucursal abrió en Sidney, y cinco años después las ganancias eran tales que abrió otro Salón de Beauté Valaze en Londres.

 

 

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Un nuevo comienzo

La Primera Guerra Mundial orilló a Helena y a su esposo Titus a emigrar de Londres con destino a la ciudad de Nueva York. En 1915 abrió su primer salón en el país del cual sucederían muchísimos más. ¿La clave? Comprendía la importancia del marketing y las relaciones públicas, su clase y porte también ayudó.

 

Los esteticistas profesionales que trabajaban para ella desfilaban por el salón en sus impecables batas y aquellas celebridades atraídas por sus productos (además de costos elevados), le dieron proyección y el valor adecuado a sus creaciones.

 

Para 1928 Helena vendió su división norteamericana a terceros por un valor de $88 millones de dólares, en valor actual. Pasada la Gran Depresión la compró de nuevo por menos de un millón. Logró multiplicarlo de manera exorbitante, e incluso, abrió nuevas localidades.

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Su segundo hit fue el spa en el número 715 de la Quinta Avenida en Nueva York, que incluía un restaurante, un gimnasio y que además estaba adornado con tapetes originales diseñados por el pintor Joan Miró.

 

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Historia de éxito

Si bien, la Crème Valaze fue su más grande aportación, Helena tenía un par de ases bajo la manga y uno sucedió gracias a su propia labor.

 

El segundo acierto de la marca sucedió en 1958 cuando se enfocó en los ojos. En aquellos tiempos la máscara de pestañas era una mezcla espesa que las mujeres debían suavizar y aplicar con un cepillo. Helena creó la mascara que todas tenemos en nuestra cosmetiquera: un tubo de fórmula fluida y con cepillo integrado. La llamó Automatic Mascara.   

La respuesta fue favorable. Vendió más de tres millones de unidades y fue imitada por sus competidores. Helena combatió con Long Lash, una versión mejorada con partículas de nylon, que alargaba y separaba las pestañas.

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En su búsqueda de la grandeza  se convirtió en la primer mujer en atraer valor a la profesión de esteticista a través de sus creaciones e innegable visión.

Su ética de trabajo, estructura y reconocimiento a aquellos dedicados a la profesión, la volvieron vocera en todo sentido. Fundó una escuela de belleza en Nueva York cuyo programa era tratado con la seriedad y cuidado que merecía. Nuevamente una nueva ventana para todas aquellas mujeres que buscaban reconocimiento real en el mundo laboral.

Definitivamente la historia de Helena revela una personalidad emprendedora acompañada de una vivacidad no sólo intelectual, sino también sentimental. El ejemplo perfecto de que tener una corazonada en el momento adecuado puede traer consigo consecuencias increíbles. 

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