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Peleas entre hermanos

Peleas entre hermanos

La llegada de un bebé nuevo a casa puede, en ocasiones, ser una señal de alarma y celos para tus otros hijos. ¿Cómo lidiar con esto?

María Luz y José Morales, de Chicago, tuvieron a su segundo hijo pocos meses después de haberse mudado desde Caracas, Venezuela. Estos cambios comenzaron a transformar notablemente la vida de su hija mayor, Julia, de 5 años.

Una noche, mientras se preparaba para ir a dormir, Julia exigió una peculiar prueba de amor: “Si ustedes de verdad me quieren, ¿por qué no tiran ese bebé por la ventana?”. María Luz buscó la mirada cómplice de su esposo tratando de contener la risa, pero sin restarle importancia a los celos de Julia.

¿Por qué te molesta tanto que te compartamos con el nuevo bebé? Tendrás un hermanito divino. Era mejor cuando estábamos solos. ¿No lo pueden devolver? Yo los quiero para mí sola.

Este caso real demuestra a las claras la competencia ancestral entre hermanos por ser el favorito. Es normal e inevitable en todas las familias y en todas las culturas. Sin embargo, nuevos estudios sobre el tema parecen indicar que en la cultura latina los enfrentamientos entre hermanos, sean por celos u otras razones, son más frecuentes que en la anglosajona. Dichos estudios indican que dos de cada  cuatro familias latinas experimentan peleas entre hermanos con una frecuencia promedio de dos riñas diarias. Casi el doble que en otras culturas. ¿Cuál es el motivo?

Las familias latinas tienden a compartir el mismo espacio y a expresar más intensamente sus emociones y sentimientos. Festejamos todo, los cumpleaños, el Día de la Madre, los bautizos, las confirmaciones, el cuatro de Julio, el Cinco de Mayo, la Navidad… ¡Cualquier ocasión es buena para celebrar en familia, siempre juntos!

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Además, es común ver varias generaciones compartiendo la misma vivienda, básicamente por razones culturales y económicas. Esta intensa convivencia puede saturar la fórmula tiempo espacio. “Al compartir más nos expresamos más, y no nos caracterizamos por callar lo que pensamos o sentimos, tenemos menos límites y poder de inhibición que la cultura anglosajona”, dice Silvia Rupprecht, psicóloga y trabajadora social del Norwalk Hospital, en Norwalk, Connecticut.

Cuando los hermanos Valdez llegaron de México con sus respectivas familias, decidieron compartir residencia en Union City, Nueva Jersey, con el objetivo de ahorrar alquiler y ayudarse mutuamente.

Al poco tiempo, las esposas comenzaron a tener conflictos, los hermanos a repetir las rivalidades de la infancia y los niños a compartir y competir hasta agarrarse a los puños. ¿Qué es lo que empuja a una familia a estos extremos? “El riesgo de una convivencia tan cercana es que las dinámicas se vuelven promiscuas y generan mucho estrés, sobre todo si tenemos en cuenta que las esposas o esposos son nuevas adiciones a la cultura familiar de origen. Otro generador de conflicto en estas familias es que si la primera generación de hermanos no ha resuelto su rivalidad, esto se transmite entre primos y entonces el conflicto se extiende a la siguiente generación”, dice la psicóloga Carmen Grau, quien vive y tiene práctica privada en Nueva York.

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En las familias estadounidenses estos problemas son menos frecuentes debido a que su cultura se rige por el orden y el sentido práctico y no tanto por la emoción, como entre los hispanos.

Muchos norteamericanos de la generación anterior al baby boom planeaban tener hijos con una diferencia de por lo menos cuatro años. Motivo: evitar los altos costos de los estudios universitarios de dos hijos al mismo tiempo. Pero ¿cuántos latinos pensamos en los costos universitarios a la hora de tener hijos? Es obvio que nos manejamos con otros códigos.

En la cultura anglosajona la necesidad económica no es tan apremiante como en las familias de inmigrantes. Por lo tanto, la convivencia de varias familias bajo el mismo techo no es tan común como en la latina. Además, por ser locales, los estadounidenses cuentan con el respaldo de los servicios sociales que los asisten hasta con viviendas subsidiadas.

En las familias latinas también es común ver la incorporación de otros niños de la familia extendida, o de un matrimonio previo, al núcleo familiar. En estos casos los niños traen consigo su propio bagaje de educación y disciplina, además de la alegría o el resentimiento por el que tienen que formar este nuevo vínculo. Estas situaciones generan fácilmente competencias y rivalidades entre los niños que si no se manejan con calma y preparación, pueden derivar en problemas familiares.

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El verano pasado, Cristina Arenas, de 34 años y residente de Albuquerque, Nuevo México, quiso reunir a sus hijos de 7 y 10 años "nacidos en Estados Unidos" con sus medias hermanas, de 12 y 14, hijas del primer matrimonio de su actual marido que residen con su mamá en Medellín, Colombia. “La idea de ver a todos sus hijos juntos era un viejo anhelo de Enrique, de 42 años, mi marido. Pero nos preocupaba la responsabilidad física y emocional de la situación. Por eso planeamos todo con mucho cuidado”.

Según Cristina, lo más difícil, pero increíblemente productivo, fue romper el hielo y hablar con la mamá de las niñas para consultarle acerca de las rutinas de crianza y disciplina. Cristina y Enrique también conversaron con las niñas acerca de las reglas de la casa y lo que se esperaba de ellas. De esta manera, todo el mundo se sintió respetado.

El clásico núcleo familiar

Pero igual habrá rivalidad entre hermanos aun si cada familia vive independientemente. ¿Por qué? Porque somos humanos y en esta interacción íntima con nuestra familia aprendemos a compartir. Es parte del aprendizaje y del crecimiento que nos forma como personas, concuerdan los expertos.

La rivalidad entre hermanos es más común cuando hay pocos años de diferencia y sobre todo si los hermanos son del mismo sexo. Ejemplo: un día, al regresar de su oficina, Álvaro Gutiérrez, de Austin, Texas, encontró a sus hijos, Diego y Joaquín, de 6 y 8 años, peleando por un juguete. “¿Me conviene ser entrenador o referí en este caso?”, se preguntó.“Diego, si no le das un turno a tu hermano, te vas a tu cuarto”, les advirtió el padre. “Son hermanos y tienen que compartir. Si no se ponen de acuerdo, voy a tener que desconectar el juego y eso no le va a gustar a nadie”.

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En la primera opción, Álvaro trató de hacer justicia eligiendo un ganador y un perdedor. Si tú resuelves las disputas como un referí, prepárate para tener que estar siempre en el medio. En la segunda, en cambio, Álvaro actuó como un entrenador que da pautas y consecuencias, lo que lo liberó de tener que involucrarse. “Los padres latinos tienden a intervenir muy rápido en las discordias entre hermanos porque los enfrentamientos familiares les dan mucha ansiedad y miedo. Si no hay violencia física, lo ideal es tratar de mantenerse al margen y dejar que resuelvan el conflicto por sus propios medios”, dice el psicólogo Marcelo Rubin, del White Institute, en Nueva York.

La cercanía de edad entre hermanos aumenta el contacto emocional, pero también les despierta la necesidad de competir y de marcar territorio. “Las peleas no son malas; es muy importante permitir a los chicos expresar sus sentimientos negativos con respecto a un hermano, en la seguridad del contexto familiar que les da estar bajo la autoridad de los padres”, explica Rubin.

Otro interés en común que despierta la rivalidad entre hermanos es el querer llamar la atención de los padres. Si éstos pueden respetar y estimular la individualidad de cada niño, ellos desarrollarán una seguridad que los hará sentir únicos y especiales. Siempre trata de validar los sentimientos de tus hijos, lo que no quiere decir que haya que darles la razón. Cuanto más crueles percibas que son tus hijos, más atención necesitan. Saca a cada uno a hacer algo especial contigo o con el papá, o con ambos.

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En las familias de inmigrantes la rivalidad entre hermanos se puede ver apaciguada por la necesidad de cooperar entre ellos para sortear el desafío común de la adaptación y la supervivencia en una nueva cultura. Por ejemplo, en la casa de Ana Montoya, divorciada con dos hijos y residente de Jacksonville, Florida, Mariana, de 14 años, ayuda a su hermano menor, Juan Miguel, de 12, a completar sus tareas mientras la mamá trabaja. “Esto es saludable siempre y cuando se respeten los derechos así como los límites de responsabilidad de los hijos mayores. La autoridad o palabra final siempre debe ser de los padres”, dice Rosemarie Pérez Foster, Ph.D, psicóloga de la University of Colorado, en Boulder.

Si los hermanos serán amigos o buenos enemigos depende de la manera en que los padres manejen la rivalidad y les enseñen a expresarla y controlarla en la seguridad del seno familiar. Esto es lo que va a determinar la calidad de la relación entre ellos como adultos. No te dejes intimidar por los enfrentamientos. Contrariamente a lo que se asume o se teme, dejarlos tener sus confrontaciones y exteriorizar sus sentimientos es una parte muy importante del crecimiento infantil que no hay que dejar pasar.

El clásico núcleo familiarLas reglas del juego

No esperes que la crisis te sorprenda sin estrategias: crea las reglas de comportamiento con el resto de la familia. Comunícalas y aplícalas sistemáticamente.Sé bien clara con las conductasinapropiadas e intolerables y con las consecuencias. Por ejemplo, el abuso físico. Ofréceles alternativas a las conductas físicas negativas. “Respira profundo y cuenta hasta 10 antes de actuar”.

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Cuando hay conflicto, no intervengas a no ser que sea absolutamente necesario. Recuerda la pregunta clave: ¿quiero ser entrenador o referí? Trata en lo posible de usar soluciones propuestas por los chicos.

Revista Siempre Mujer

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