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Mis pechos: es tiempo de mirarnos a los ojos

Mis pechos: es tiempo de mirarnos a los ojos

Aunque el modelo antinatural de la belleza nos haga pensar cada vez más en cirugías, deberíamos cambiar la forma en la que vemos a los pechos.

Pechos

Por Laura Martínez-Belli


Amamanté a mis hijos durante tres años y tres meses. El mayor aún tomaba el pecho cuando quedé embarazada y continué con la lactancia durante la gestación del segundo. Desteté al primero para alimentar al pequeño, así que empalmé a uno con otro. Tuve que destetar al segundo por culpa de una medicación que me vi obligada a tomar.

De todos modos ya estaba cansada y pensé que había llegado el momento. El destete fue doloroso, pero al fin y al cabo, no fue más doloroso que la recuperación de la cesárea, ni el parto, ni de un tacto en medio de una contracción. La mujer aguanta el dolor físico, sin duda alguna. Y así fue. En una semana volvió todo a la normalidad, olvidada ya tras años de crianza.


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Todo cambia
Miento. Pues resulta que mi talla de busto disminuyó considerablemente. Al parecer, ya no hay grasa en mi pecho. Y aunque me extraña adaptarme a la imagen que me devuelve el espejo, no me importa demasiado. Sin embargo, en cuanto hago algún comentario al respecto, sobre todo por la rareza que me causa el hecho de que el busto disminuya su tamaño de pronto —se me hace tan raro como si se empequeñecieran mis manos—, la contestación inmediata es que la cirugía todo lo resuelve, y que así mejor, estreno tetas nuevas. La frase, dicha para confortarme, me taladra el oído.

¿Qué les ha pasado a las mujeres con el complejo de tener pechos pequeños? ¿Tan vinculada está nuestra feminidad a esta parte de la anatomía? ¿Tanto nos ha afectado el bombardeo mediático de mujeres esculpidas en quirófano, mujeres Baywatch, corriendo por la playa enfundadas en un traje de baño rojo, mientras bamboleaban sus prominentes y siliconados atributos? ¿Dónde están esas mujeres de los retratos de Boticelli, esas Venus emergiendo del mar en una enorme concha, cuyos senos eran del tamaño de un melocotón, y que toda la vida fueron símbolo del amor carnal? Vivimos rodeados del culto al cuerpo, pero al cuerpo artificial, al retocado, al modelado con bisturí para parecerse a lo que se supone que es el nuevo ideal de belleza. 


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Cirugía como Photoshop
Las chicas ahora piden de regalo por sus 18 años una operación quirúrgica para tener pechos como pelotas, porque tal y como está el Photoshop piensan que así deben ser unos pechos perfectos, redondos y tiesos como si los hubieran dibujado con compás.
Someterse a una cirugía para ponerse implantes se ha convertido en una intervención más común que la limpieza dental y para muchas mujeres el único impedimento es el costo de la operación, sin considerar implicaciones de otra índole. 
Y es que ser cirujano plástico es un buen negocio. Una vez, hablando con uno que conocí en una cena, me dijo (y cito textual): “Yo vivo de poner senos y quitar panzas”. Lo peor del caso es que conozco a una gran cantidad de mujeres operadas, casi cinco de cada diez. Todas ellas juran que se ven naturales cuando algunas incluso rebotan al darles un abrazo.
El otro día fui a hacerme una mastografía. Tuve que meter mi pecho, con mucho esfuerzo porque no había mucho de dónde agarrar, en una máquina que se asemeja a la que utilizan para aplanar tortillas. Tuvieron que asistirme dos enfermeras para que no se me escurriera el pecho a la hora de ejercer presión.
Durante el procedimiento solamente pensaba en una cosa: y los implantes, ¿no explotan? Si a mí me dolió, a quienes tienen pechos operados debe dolerles más por la simple razón de que hay que apretar hasta el alma para poder tomar la imagen correctamente.


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A los hombres que están leyendo esto, imagínense que les apretaran los testículos entre dos planchas de acero. Pues igual. ¿Pero qué es un momento de sufrimiento, o más porque el postoperatorio según me dicen también es muy doloroso, con tal de parecerse a una muñeca? Y ahora que digo muñeca, pienso en esas muñecas inflables hiperrealistas de Abyss Creations que son el último grito en cuanto a sexo de plástico.  Las muñecas tienen pestañas postizas, pelo de verdad, y por supuesto, las tetas firmes como las de muchas mujeres.  Ya ven, de tanto meterse cuchillo las van a acabar sustituyendo por muñecas que además después de hacer el amor se apagan.


El mundo cambia
Por suerte, creo que asistimos a un giro de tuerca.
Playboy ha dejado de publicar fotos de mujeres desnudas porque, obviamente, no se puede competir con los clicks gratuitos del porno, así que mejor un “Back to the Basics” y mostrar mujeres vestidas con las que aún se puede fantasear.
Incluso el calendario Pirelli del año que viene mostrará únicamente a mujeres influyentes y ninguna en bikini, claro está. Me queda claro que todo es cíclico. Lo políticamente correcto ahora no es vender a la mujer como un sex symbol. Puede que esto responda a meras cuestiones de marketing, sin duda, porque ya no se venden camisetas con mensajes denigrantes de género. 


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Pero, sin duda, también creo que lo de vendernos tetas firmes y grandes en los setenta respondió a una simple cuestión de mercadeo. Por las razones que sean, espero que las mujeres —y las personas que las aman— vuelvan a apreciar la belleza que encierran unos pechos pequeños y, como rezaba la campaña del Wonderbra, nos atrevamos a mirar a los ojos.

Mis pechos no son globos de agua, sino blandos como plastilina caliente. Pero han cumplido su función. Aparte de alimentar a dos niños fuertes y sanos, dormirlos cobijados en la placidez de mis brazos o consolarlos al llorar, ¿qué otros placeres le esperan ahora a mi pecho? Estoy segura de que las manos que se acerquen a acariciarme se aproximarán —como siempre— con la destreza de quien desea desatar la pasión en el cuerpo del amante. Mejor aprendemos a amar y amarnos como somos, disfrutamos de la diversidad que solo ofrece la naturaleza y dejamos los implantes para quienes verdaderamente los necesitan y cumplan razones mucho más excelsas, no por pura vanidad —pecado favorito del diablo—, porque a todos nos tienta.


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