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Sexo y fantasías en la cabina del avión

Sexo y fantasías en la cabina del avión

Un estudio dice que los uniformes que enloquecen a los hombres son de colegiala, camarera, cheerleader, enfermera y azafata. Eso dice tanto...

Azafatas

Por Leonardo Tarifeño

Semanas atrás, la noticia recorrió el mundo: una azafata de una línea aérea de Arabia Saudita habría sido despedida por mantener relaciones sexuales con pasajeros en pleno vuelo

Según publicó el diario británico Daily Mail en su edición online, la aeromoza cobraba 2,000 euros por servicio, y ella misma admitió que prefería hacerlo en los vuelos de larga distancia, particularmente los que unían la región del Golfo Pérsico con Estados Unidos. Daily Mail sugería, quizás con cierta exageración, que la mujer (cuya identidad se mantuvo en secreto) “habría ganado 900,000 euros al año”, pero el mayor impacto de la noticia no parecía estar en la de por sí impactante suma de dinero obtenida entre las instrucciones para sobrevivir a un accidente y el pedido de abrocharse el cinturón. Tampoco, quizás, en el insólito atrevimiento de la protagonista, cuya audacia obligaba a imaginar cómo habría llevado a cabo un proceso de seducción no exento de incomodidades y dolores de columna. No, tal vez la sorpresa causada por la revelación de la azafata amorosa exigiera buscar otras razones, más profundas que el asombro por la cantidad de dinero en juego o por la osadía de alguien que demostraba no temerle al escándalo. Lo que esta historia traía como regalo para curiosos era, al menos, un par de preguntas inquietantes, a saber: ¿por qué las azafatas resultan tan peligrosamente atractivas? Y, sobre todo, ¿en qué reside la fascinación masculina de hacer el amor entre las nubes, a punto de ser descubierto in fraganti retorcido como aprendiz de contorsionista en el baño del avión?

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Detrás de la “erótica del uniforme”

En su blog, el Dr. Mark Griffiths enlista los uniformes que le hacen perder la cabeza a los hombres, y el de azafata ocupa los primeros lugares junto con el de cheerleader, camarera, colegiala y enfermera.

De acuerdo a Griffiths, el misterio de la “erótica del uniforme” reside en que el estereotipo detrás de esas vestimentas siempre hace referencia a una mujer servicial y amable, cuya sonrisa y buena disposición tiende a generar fantasías de dominación más o menos clandestinas, más o menos prohibidas. Si a esas fantasías se le suma la realidad de una situación adversa y poco habitual, al borde del escarnio público (como definitivamente puede ser un avión lleno de pasajeros y autoridades en un vuelo transatlántico), el coctel de la excitación sexual está servido. Al menos, para aquellos dispuestos a seguir a una azafata de una aerolínea árabe hasta el baño de sus sueños. 

En Japón, los clubs de fuzoku (comercio sexual) retoman esta ilusión y recrean los escenarios imaginados por los clientes en sus delirios eróticos. Uno de ellos es la cabina y el baño del avión, donde a cambio de una suma de dinero se puede mantener sexo con mujeres vestidas de azafatas... o azafatas reales, que casi nunca revelan de qué trabajan, para hacer realidad sus propios deseos. Entendidos como parques temáticos de las fantasías sexuales, los fuzoku también dedican salas a escuelas (con jóvenes vestidas como colegialas), cuartos de hospital (donde las deseadas están disfrazadas de enfermeras) y habitaciones de hotel (a las que en algún momento llegan camareras con faldas cortísimas). Cabe destacar que, curiosamente —o no tanto—, el país donde se construyen estos monumentos al sexo pagado es el mismo que ostenta uno de los más bajos promedios de relaciones sexuales de todo el mundo.

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¿Será que la realidad del sexo cotidiano resulta demasiado pobre para quien aprende a consumar sus mejores fantasías? Ésa tal vez sea una buena pregunta para la azafata despedida.

Love is in the air 

En todo caso, la condena a la aeromoza árabe no parece suficiente para conjurar la atracción de la azafata como arquetipo erótico. Quizás la prueba más contundente al respecto sea el sitio web Mile High Club, lugar de encuentro online para todos aquellos que alguna vez han tenido sexo en un avión. El “club” no tiene una sede fija, y para formar parte de él sólo hay que escribir el relato de lo que habría sucedido a miles de pies de altura, justo allí donde la mayoría de los seres humanos se morirían de vergüenza de sólo imaginar lo que otros se animan (o dicen que se animan) a hacer. 

A la medida de los superhéroes sexuales del Mile High Club, la sex app Wingman ofrece a sus usuarios conectar con otros(as) pasajeros(as) del mismo vuelo, para coquetear y quién sabe qué más. La aplicación geolocaliza a las demás personas a través de la información de sus tarjetas de embarque, y ubica el asiento del potencial objeto de deseo y su destino final. 

La azafata árabe pasará a la historia como aquella que cumplió lo que muchos pasajeros masculinos soñaron alguna vez. No en vano dos ediciones históricas de la revista Playboy se recuerdan por haber puesto en su portada a grupos de aeromozas: las brasileñas de Varig, que se manifestaron desnudas en 2006 para quejarse por la quiebra de la aerolínea, y las de Mexicana de Aviación, que en 2011 se quitaron todo lo que tenían puesto para que los lectores de la revista masculina las vieran como jamás se habían mostrado. Hoy los tiempos han cambiado, y Playboy acaba de anunciar que no incluirá más desnudos femeninos. Quién sabe, entonces, si no ha llegado el momento de pensar que el último refugio de las fantasías masculinas es la incomodidad tan poco práctica de la cabina de un avión. 

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