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Las diosas virtuales

Las diosas virtuales

Advertencia: esta es una historia real de flirteo virtual. La enseñanza es clara.

Diosas virtuales

Por Alejandra Gómez Macchia*


Nora era el arquetipo de diosa latina: cubana, tez bronceada, nalgas rotundas, senos firmes y caderas generosas. Tenía el cabello ondulado y ojos cafés. 
En su perfil de Facebook dejaba poco a la imaginación. Cada foto suya era una invitación abierta y permanente a meterle mano.
Ella misma escribió en la parte de “información” que sus intereses eran bailar la rumba, beber ron y conocer a hombres o mujeres de entre 35 a 45 años.
Nora no daba la fecha su nacimiento, pero cualquiera podría imaginar que era una mujer de unos 30 años. Sobre todo por la música que compartía en su muro. Todos los éxitos de Elvis Crespo y Juan Luis Guerra.

También subía videos de coreografías de salsa en línea. Entonces era congruente con su primer interés: era una mujer que a la que le gustaba bailar. O una mujer “del rumbo”. Que buscaba rumba, fiesta o simplemente a alguien que le moviera el cuerpecito caribeño que portaba. 


Historia de baile y ron
Rodrigo la agregó porque una tarde le salió como sugerencia de amiga. Tenían varios contactos en común, y es sabido que los algoritmos del sistema de esta red social van acomodando los perfiles. Es como si un cerebro omnisciente dentro de todas las máquinas jugara al dominó y fuera juntando mulas o números compatibles. 


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A Rodrigo le gustaban las mujeres morenas y sensuales. Pero sobre todo le gustaba el baile y el ron.
Nora dio “aceptar” a su solicitud de amistad. Acto seguido, recorrió los álbumes de fotos de su nuevo amigo y empezó a regalarle “likes” en los videos que él compartía en las noches; cuando llegaba del trabajo y buscaba un poco de compañía en internet. 
Rodrigo vivía solo. Se estaba readaptando a México después de que la migra lo deportara. Estuvo en Nueva York un año trabajando en un restaurante de comida mexicana que pusieron unos compadres que ya tenían residencia y ID gringo.
Allá, en la Gran Manzana, Rodrigo se dedicó de tiempo completo a trabajar y no entabló relación alguna con mujeres. Sus amigos llegaron a pensar que era homosexual.

Pero el sueño americano terminó y ahora se dedicaba a vender seguros en Tijuana.


El momento de la verdad
Nora era una buena para nada que vivía de lo que su pareja le daba para el gasto. El resto del tiempo lo ocupaba en fantasear en internet viendo ropa, revistas de chismes en línea y buscando tutoriales para aprender a bailar bachata.
Fue cosa de un par de semanas para que Rodrigo la invitara a conocerse personalmente. Nora aceptó, pero olvidó comentarle un pequeño detalle: tenía pareja. Un tipo que desde hace tres años se mantenía de la venta al menudeo de mariguana y pastillas. Era el dealer del barrio. Ella lo sabía y no le molestaba en absoluto mientras el dinero siguiera cayéndole en las manos sin tener que mover un dedo, ni su gran trasero de la silla.


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Quedaron de verse en el bar Quinto, muy cerca del centro. Un lugar donde daban salsa y merengue toda la noche y tocaba una orquesta que, si bien no era muy buena, tampoco desentonaba y ofrecía un amplio repertorio de canciones bailables.
Justo esa tarde Rodrigo había recibido una buena noticia: sería ascendido a vendedor A. Ganaría un poco más de lo que llevaba percibiendo de sueldo base. Con las comisiones había librado bien el año, pero cuando no vendía nada, se lo pasaba comiendo avena y arroz hervido. A Rodrigo de pronto se le antojaba comerse una carne, pero era eso o pagar a tiempo la renta del apartamento duplex en el que vivía.
Estaba feliz por el ascenso. 

Salió de su casa rumbo al bar. Tomó la calle principal y no se percató de que alguien lo seguía. Hacía calor y lo único que le importaba era llegar a tiempo a la cita para beber y bailar con Nora toda la noche. Imaginó que una vez entrados en copas y con tres o cuatro pasos de baile bien colocados, la diosa latina iba a caer rendida en su colchón.


De Elvis Crespo a…
Llegó al lugar. Vio a Nora sentada en la barra. Lucía exactamente igual de sexy que en las fotos de su Facebook. Se acercó y la saludó con un beso en la mejilla. Ella le sonrió abiertamente y le pidió al barman que le sirviera lo mismo. Bebieron dos cubas mientras se ponían al corriente en las presentaciones y dando seguimiento a sus conversaciones calientes en línea.


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Se notaba que Nora era clienta frecuente del bar, pues los meseros y los cantineros la trataban con confianza y la llamaban por su nombre.
Una vez que terminaron la segunda ronda de rones, se fueron a bailar. Sonaba “Suavemente” de Elvis Crespo. La canción favorita de su diosa. Rodrigo no podía sentirse mejor.
Pasaron tres horas yendo y viniendo de la pisa a la barra. Estaban borrachos y excitados. Los pasos de baile fueron subiendo de intensidad hasta que en cierto momento Nora le pidió a Rodrigo que la sacara de ahí y la llevara a su casa. Lo invitaría a pasar la noche con ella y “harían el amor como animales”.
Saliendo del bar, Nora le hizo una seña al cadenero. Rodrigo no vio el intercambio de miradas y señales que su nueva conquista tuvo con aquel gorila de dos metros que cuidaba el orden del bar.
Nora le pidió que fueran caminando. Su casa estaba muy cerca de ahí. Él aceptó encantado y de vez en vez la detenía y la arrinconaba hacia un muro para meterle la mano debajo de la falda. La besaba con una pasión obsesa y urgida.
Rodrigo imaginó que esa sería la noche del mejor día que tuvo desde que lo deportaron. Un ascenso, mejor sueldo y una mujer ardiente que lo invitaba a su cama. Una mujer de la cual sólo sabía que le gustaba la salsa, el ron y pasar sentada horas en el Facebook.
Faltaban dos cuadras para llegar al paraíso, cuando salieron de un punto ciego dos hombres de gorra y pantalones de reguetonero. 


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Nora se echó para atrás quitándole “sus sucias manos de mexicano” de encima y dando la orden: “Este es, papi. Trae la plata en la bolsa izquierda, un iPhone y un reloj no tan corriente”.
Rodrigo, atónito, intentó huir. Pero los otros dos lo sometieron con un arma. Luego lo golpearon y le quitaron hasta el último peso que llevaba encima.
Nora se acercó para verlo de cerca y le dijo: “Lo siento, cariño. Creo que no eres mi tipo”.
Dos semanas más tarde a Rodrigo le cortaron el internet por falta de pago, pero días antes de que esto ocurriera entró a mirar por última vez las fotos de la Diosa traicionera y encontró la conexión entre ella y los delincuentes que lo atracaron. El más bajito era su marido. El dealer que le surtía anfetaminas y mota al novio de su casera.
Esa noche decidió dar de baja su cuenta de Facebook. 
Hoy no baila más.

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*Alejandra G. Macchia. Narradora, percusionista y bailarina. Espía de ocasión. Mala ama de casa. Practica el vouyerismo en las redes sociales.

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