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Cita 9: Tango para tres - Amor en tiempos de Tinder

Cita 9: Tango para tres - Amor en tiempos de Tinder

En esta ocasión tocó hablar de un tango bailado entre tres por separado.

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Por Damiana Miller / @DamianaMiller


No era un verano porteño, como los del tango de Piazzolla, pero era un verano chilango, o lo que quedaba de él, con mañanas calurosas, tardes lluviosas y noches frías.
Con el noveno Tinderboy, un argentino que trabajaba como agente de viajes, apenas hablé unos minutos antes de quedar para una cita. Fuimos a una pizzería cerca de mi casa. Ya he contado que como el agua, la pizza no se le niega a nadie.

Comimos, bebimos un par de cervezas y charlamos. Todo de acuerdo al orden establecido de las primeras citas.

Terminamos hablando de su ex novia, bailarina profesional y maestra de tango. De hecho, esa era la razón por la que terminó en México.

—Todos los tangos hablan de mujeres malas —dijo son su lindo acento sudamericano.

—¿Y tú crees que todas las mujeres son malas?
—Al menos las últimas que he conocido.

Pedimos la cuenta y decidimos caminar. La casa de su hermana, donde se estaba quedando, estaba a unas pocas calles de la mía. De pronto, comenzó a llover a mares. Si hubiera sido una película protagonizada por Ryan Gosling, esta historia sería sobre cómo Tinder me ayudó a encontrar al amor de mi vida. Sin embargo, ya he explicado que mi vida amorosa se parece más a una película de Woody Allen, que a una chick-flick protagonizada por Kate Hudson o Jennifer Garner.

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El lugar común

Lo cierto es que sí caímos en el cliché de besarnos bajo la lluvia, como en la épica escena de The Notebook. Pero a diferencia de estos personajes, el argentino y yo sólo terminamos yendo a una tienda de conveniencia a comprar condones, o forros, como él les llamaba.

Pocas veces he tenido coitos tan insípidos. La mayoría de las veces disfruto del sexo, bastante, o al menos lo necesario para que merezca la pena todo el numerito.

Supongo que a él le pasó igual porque tan pronto terminamos, se vistió y se marchó.

Pocas veces me he sentido tan extraña después de tener sexo. Supongo que es como cuando los hombres no consiguen tener una erección o quizá estaba desconcertada por haberme acostado con alguien que ni siquiera me atraía realmente.

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Me metí en las cobijas y quise quedarme dormida, pero antes de lograrlo recibí un mensaje de Pablo, el Tinderboy tres.

—¿Qué haces, koala? ¿No quieres venir a mi casa?

—Sí. Llego en 20 minutos —respondí sin pensarlo mucho.


No hay mal que por bien no venga

Pedí un taxi. Era la primera vez que iría a su casa, en la Narvarte, un barrio clasemediero de la Ciudad de México. El Tinderboy tres tenía poco de haberse mudado. Compartía un amplio departamento con tres millennials, que parecían sacados de The Big Bang Theory (muy amables, por cierto).

Cuando abrió la puerta, me abrazó, como pocas veces solía hacer. Llevábamos varias semanas sin vernos, casi un mes. Me hizo a un lado y me miró a los ojos. No sé qué cara tenía, pero sólo dijo: “Algo hiciste. Se te ve la cara de koala promiscuo”.

Me reí.

Casi de inmediato terminamos en su cama. Había un aire de ansiedad distinto al de otras veces. Era algo extraño, pero que se sentía muy bien. Nuestra relación era irracional, loca y absurda, justo como dice Woody Allen, en Annie Hall.

Y sí, todo era muy absurdo para entonces. No tenía claro qué era Pablo para mí. No era un paréntesis ni un signo de interrogación, tampoco puntos suspensivos y mucho menos una hoja en blanco. Era todo eso combinado, ocurriendo a la par de otros puntos suspensivos y comas.

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Me quedé a dormir en su casa. No tenía ganas de volver a la mía. A la mañana siguiente fuimos al supermercado a comprar cosas para desayunar. Él preparó todo, como el novio que no era. Después vimos la tele con uno de sus roomies Big Bang Theory. Todo fluía con demasiada naturalidad.

La mujer mala

Horas más tarde, me despedí para regresar a mi departamento.

—Me dio gusto verte de nuevo, koala.

—A mí también :) —respondí.

El Tinderboy nueve me escribió varias semanas después. Propuso que nos viéramos, pero sólo le respondí que estaba muy líada y tenía planes.

No insistió ni volví a saber de él.

Quizá fui una mujer mala como las de los tangos de Piazzolla.

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