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Cita Tinder 8

Amor en tiempos de Tinder (8va cita)

Amor en tiempos de Tinder (8va cita)

El misterio de Jacobo Grinberg y los Romeo y Julieta del siglo XXI. De él, olvidé hasta el nombre.

Cita Tinder 8
Cita Tinder 8

Por Damiana Miller*
 
 
Debo empezar por decir que olvidé el nombre de mi octavo date en Tinder. Así que para fines prácticos, le llamaremos "Señorito cara de pizza".
 
Supongo que no recordar su nombre no me vuelve una mala persona. La memoria es selectiva y tiende a descartar todo aquello que no es útil.
 
Después de la séptima cita, tener dates se volvió algo tan mecánico como abordar el metro o ir al baño. Si me preguntaran de qué color eran los asientos del metro que abordé hace dos semanas o cuántas veces fui a orinar ayer, no sabría la respuesta.
 
Lo que sí recuerdo es que mi agenda para ver hombres estaba más organizada que la del trabajo. Podía olvidar que tenía una junta o que debía llamar a no sé quién, pero siempre tenía claridad de cuándo vería a Pablo ( cita tres), qué día saldría con Julián ( cita siete) y qué noches las dedicaría a nuevos Tinderboys.
 
 
Me encantan los freaks
 
"Señorito cara de pizza" tenía una foto de perfil interesante: aparecía tocando una guitarra eléctrica en el altar de una iglesia —haciendo un ademán obsceno— y tenía un aire de Julian Casablancas, de los Strokes. Su look desenfadado y ese gesto blasfemo me gustaron mucho; sobre todo porque tengo tres tías monjas y vengo de una familia católica y conservadora. Su descripción decía que tenía la misma edad que Cristo, 33, y otras cosas raras que me parecieron muy sexys.

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Una de mis mejores amigas suele decir que tengo fascinación por los hombres que tienen cara de "Oh, por dios, qué extraño soy". Tiene razón. Me encantan los freaks.
 
Acepté salir con "Señorito cara de pizza" porque cumplía con el requisito de la rareza y porque iríamos a una de mis pizzerías favoritas en la Roma. Y bueno, así como el agua no se le niega a nadie, ir a cenar pizza tampoco.
 
Quedamos de vernos en la Glorieta de Cibeles. Cuando lo vi, su cara no tenía nada que ver con la del Julian Casablancas que me había imaginado —vaya que los filtros de Instagram han sido uno de los mejores regalos para la humanidad contemporánea—. "Señorito cara de pizza" tenía los dientes chuecos y un poco manchados, era más delgado que Olivia Newton John y su piel estaba llena de cicatrices de acné. De todo el personaje que se había creado en Tinder, lo único real era el copetito rockero.
 
Si la pizza no hubiera sido un ingrediente de esa ecuación, me habría levantado para irme a casa. Sin embargo, estaba hambrienta y en mi refrigerador no había más que un queso rancio y tortillas duras. Así que decidí quedarme.
 
 

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Romeo y Julieta, versión millenial
 
—Vi que conoces a Julieta —creo que puse tal cara de sorpresa, que "Señorito cara de pizza" continuó la frase antes de que yo pudiera decir cualquier cosa—. Sí, te stalkee en Facebook antes de conocerte. Me encantan tus selfies.
—Ah, gracias. Julieta fue mi roomie.
—Yo soy amigo de Minimalitzin, su ex novio.
 
Paréntesis cultural: Minimalitzin en realidad se llama Juan, pero sus amigos lo llaman así porque mezcla música minimal y por su parecido con Juan Diego, el de la Virgen de Guadalupe. De hecho ganó un concurso de Halloween caracterizado de esa forma. No tuvo que esforzarse mucho, el cabello lacio y negro, y el bigote y la barba escasos ya los tenía. Sólo compró un ramo de rosas y unos metros de tela de manta.

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El “Señorito cara de pizza” y yo hablamos sobre esa relación, una especie de Romeo y Julieta, pero en versión Millennial. A los padres de Julieta no les gustaba la relación con el pequeño Minimalitzin, un treintañero que seguía en casa de sus padres, tenía trabajos esporádicos y dedicaba las noches a las fiestas y a las drogas recreativas. Julieta terminó quedándose con un argentino, directivo de una agencia de publicidad. Minimalitzin se quedó solo, con el corazón roto, y por lo que sé, aún no supera la pérdida de su enamorada.
 
A mí me tocó estar del lado de los Capuleto y a "Señorito cara de pizza" del lado de los Montesco. Ambos nos sorprendimos de lo pequeño que es el mundo. Eso dio origen a una conversación sobre Jacobo Grinberg, un científico mexicano que estudió sobre neurociencias, sintérgica y dermotópica, pero que desapareció misteriosamente en 1994.  Algunas versiones dicen que fue abducido por extraterrestres, otros dicen que lo secuestró la CIA.
 
La charla era interesante. No hay nada que me guste más que las teorías de la conspiración, alienígenas, esoterismo y otras cosas raras.
 
 
Claridad femenina
 
Sin embargo, algo tenía claro, a medida que avanzaba la cita: no iba a tener sexo con él. Si aprendí algo en esos meses de adicción a Tinder, es que una mujer siempre tiene claro a qué hombres quiere llevar a su cama y a cuáles no.

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Cuando llegó la cuenta, de inmediato puse mi tarjeta para dividir la cuenta. Es algo que suelo hacer, pero esa vez lo hice con mayor énfasis, para dejar claro, en los códigos no verbales machistas, que nada iba a pasar esa noche, ni ninguna otra.
 
Insistió en acompañarme a mi casa. Pensó que lo invitaría a subir, pero igual que en la canción de Jessy Bulbo, donde dice que en algunas condiciones se enreda con cualquiera, yo sabía que esa no era una de esas veces. Cuando llegamos, sólo me despedí con un abrazo y un "espero verte pronto" de compromiso. Minutos después me envió un mensaje.
—¿Me das asilo en tu casa?
—No —respondí monosilábica.
 
Días más tarde, el Tinderboy número ocho me escribió por iMessage. Le había contado a Minimalitzin Montesco que nos vimos, y que éste le había preguntado sobre Julieta Capuleto.
—Le dije que no sé nada. Sólo que vive en Francia.
—Jajaja. Pobre. No la supera —contesté.
 
Esa fue la última vez que intercambiamos cualquier tipo de comunicación. Como Jacobo Grinberg, desapareció entre tanta gente y tantas cosas que suceden sin dejar rastro, como si nunca hubieran ocurrido. No creo que ni la CIA ni los alienígenas se lo hayan llevado.
 
 

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