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Amor en tiempos de Tinder (4ta cita)

Amor en tiempos de Tinder (4ta cita)

Con la misión de tener 23 citas en Tinder, continúa el recuento: ahora sobre la posibilidad de hacer amigos en esta red social.

Amor en tiempos de Tinder

Por Damiana Miller*



El día que conocí a Tláhuac fue una tarde gris, pero sin lluvia. Era un miércoles, a mediados de agosto. La idea era ir a la inauguración de una exposición de arte contemporáneo.
Hicimos match el mismo día que llegué a Tinder, a finales de julio, pero no nos conocimos sino hasta un mes después. Yo fui quien inició la conversación, insistiendo en que me dijera su nombre real. En su perfil sólo había una foto en la que se veía su cara, el resto eran ilustraciones de escenarios un tanto apocalípticos (después supe que eran sus cuadros: es artista visual).
—¿Vives en la Delegación Tláhuac o por qué te pones así? ¿Es un nombre de broma, verdad?
—No. Es culpa de mi padre.
—Ya, en serio.

Sí, así se llama. Y por suerte, sigue en mi vida.

Sólo amistad
Intimidad, pasión y compromiso: esos son los elementos de la teoría triangular del amor que el psicólogo Robert Sternberg planteó en 1986. La combinación de estos tres componentes genera diferentes vínculos, algunos muy pasionales y la mayoría efímeros. Sternberg dice que pocas veces se alcanza el amor consumado.
En esta historia, por ejemplo, sólo hubo uno de los tres ingredientes: intimidad. Y, ¿qué se puede obtener de ello? Amistad.
Sí, por extraño que parezca hay veces que puedes hacer amigos en Tinder. Amigos con los que puedes pasar horas hablando de cualquier cosa, desde perritos hasta teorías sobre el existencialismo.


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Digamos que como en la película El club de la pelea, nos conocimos en un momento muy extraño de nuestras vidas. Ambos insatisfechos con tantas cosas, cansados de tantas otras, en dos gremios donde se mueven muchos egos (muchos). En pocas palabras, entre Millennials.
Esa tarde, la de nuestra primera cita, llegó casi una hora tarde. Yo estaba en el metrobús de la Ciudad de México viendo montones de personas entrar y salir. El tránsito de la ciudad, los semáforos en su interminable intercambio de colores. Cuando llegó, supe que era él. No era muy diferente a la foto: delgado, moreno claro, ojos verdes, casi lampiño y un pendiente en la oreja.
Llegamos a El Eco (el lugar donde se realizaba la exposición) y lo primero que hicimos fue ir a la barra por una cerveza y un mezcal. Ahí estaban sus amigos, dos chicos simpáticos. Uno se parecía a Edward Scissorhands y el otro era como si Slavoj Žižek tuviera 25 años y hubiera nacido en México. Ambos tenían un look andrógino. Žižek, región cuatro, era gay y el Hombre Manos de Tijera sabor chamoy, tenía una filia por las MILFS. Los tres eran egresados de “La Esmeralda”, una escuela de arte de la Ciudad de México.
Recorrimos la exposición. Eran, creo, varios artistas latinoamericanos abordando la temática de las fronteras. Intercambiamos impresiones y tomamos fotos de las obras que nos gustaban. Cuando terminamos, nos quedamos para seguir bebiendo mezcales gratis.


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Salimos de ahí, los cuatro hambrientos y con ganas de más fiesta. Caminábamos rumbo al centro porque un amigo de Žižek millennial estaría tocando en un lugar por ahí. Tláhuac y sus amigos se quejaban del gremio de los artistas y de Avelina Lesper. Yo, por mi parte, les conté acerca de mis aversiones a muchos periodistas. 


Sobre El Túnel
Egos, egos y más egos. En ese momento, recordé uno de los fragmentos de El Túnel, de Ernesto Sábato, que más me gustan:
“Diré, antes que nada, que detesto los grupos, las sectas, las cofradías, los gremios y en general esos conjuntos de bichos que se reúnen por razones de profesión, de gusto o de manía semejante. Esos conglomerados tienen una cantidad de atributos grotescos, la repetición del tipo, la jerga, la vanidad de creerse superiores al resto (...) Basta examinar cualquiera  de los ejemplos: el psicoanálisis, el comunismo, el fascismo, el periodismo. No tengo preferencias; todos me son repugnantes”.
Sí, al final, ellos en su mundo del arte contemporáneo y yo, en el mundo de las palabras, padecemos de los mismos males.
Pasamos a cenar unos tacos y ahí el Joven Manos de Tijera comenzó a contarnos sobre sus idilios con cuarentonas, una de ellas era famosa, según recuerdo, hasta había salido en telenovelas.

Pagamos la cuenta y entramos al bar donde comenzaba a poner música Bety Peligro, un travesti que llevaba una máscara como la de Vanilla Sky. De fondo, proyectaban una película noventera, Frankenhooker, que cuenta la historia de un hombre que reconstruye a su mujer fallecida con los brazos, piernas y senos de varias prostitutas.


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En ese momento llegué a una conclusión: de cierta forma hacemos lo mismo en Tinder y buscamos lo mismo en nuestras relaciones. Queremos un tipo o tipa con los brazos de este, pero los ojos de aquél, el sentido del humor de fulano, pero la inteligencia de mengano. Quizá si eso existiera sería tan horrible y absurdo como Frankenhooker.

Pero a los millennials no nos gusta conformarnos o eso es lo que dicen.

No pasa nada
Como era tarde y Tláhuac vivía lejos, se quedó en mi casa. No pasó realmente nada.
Seguimos viéndonos con regularidad. Íbamos a andar en bici, a museos o a comer. En varias ocasiones recibimos comentarios homofóbicos, dirigidos a él. Para salir de dudas, le pregunté si era gay o bisexual. La respuesta siempre fue “no”.
Un día, mientras un amigo seleccionaba a su próxima conquista tinderiana, apareció la cara de Tláhuac.
—¿Este es el que vino el otro día a la casa, no?
—Sí.
Aunque me saqué un poco de balance, no quise cuestionarlo. Al final, todos estamos en Tinder haciendo experimentos y buscando algo, como dice la canción.


Leer también: Amor en tiempos de Tinder (1a. cita)
Leer también: Amor en tiempos de Tinder (2da cita)
Leer también: Amor en tiempos de Tinder (3a cita)

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*Damiana Miller. Como Carrie Bradshaw en la era de Tinder, pero región 4 y sin tacones Manolo Blahnik. Siempre he creído que me pasan cosas como de película de Woody Allen, con música de los noventa de fondo.

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