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Tandas sensuales

Tandas sensuales

Esas tandas de ahorro en que las señoras se reunían para guardar dinero para fin de año han evolucionado para otro tipo de propósitos.

Tandas sensuales

Por Alejandra Gómez Macchia

I. El fin original

Las tandas han sido por mucho tiempo un eficaz método de ahorro doméstico. Hay señoras que confiscan el sueldo del marido para administrarlo y destinan un pequeño porcentaje del mismo a una caja “muerta”, es decir, a un sitio concreto o abstracto en el que dejan el dinero para no tocarlo; al final del año (o el plazo que impongan las partes) lo sacan para darle un uso en específico: los regalos navideños, la reinscripción de los niños o simplemente para saldar deudas.

El sistema numerado de las tandas permite que el efectivo rote mensualmente por las manos que lo depositan en la cuenta de un tesorero responsable, encargado de repartirlo. Así pues, el día que te llega el turno es muy satisfactorio recibir ese “cash” que se condena voluntariamente al olvido para no despilfarrarlo en bagatelas cotidianas.

Es como tener una alcancía, pero con la diferencia de no tener la tentación de romperla cada vez que te encuentras en aprietos económicos. 

II.  La anécdota.

Cuando yo era niña no entendía lo que era una tanda. Es más, siempre confundí las tandas con las tangas. Escuchaba que mi mamá iba semestralmente a una reunión para ver el número de tanda que le tocaba y de pronto la veía regresar de la casa de la tesorera sin los dichosos calzones miniatura. 

Siempre fui una chica maliciosa que relacionaba todo con temas sensuales. Yo supe lo que era una tanga cuando vi la película Lambada, el baile prohibido, y me fijé que a las muchachas que se les levantaba la falda con sus movimientos de cadera les sobraba cinturón o les hacía falta tela en las pantaletas. Entonces un compañero de clases me explicó que ese hilacho que se metía entre las nalgas era una prenda íntima especial que no se transparentaba en los pantalones claros o en su defecto lo usaban para que el resorte de las bragas de abuela no le sacaran gorditos a las muchachas carnosas dando el horrible efecto de tener cuatro, en vez de dos glúteos.

Supe lo que era una tanda un día que mi mamá me llevó con ella a la reunión mensual de repartición del dinero. Las señoras se horrorizaron cuando la tesorera dijo el nombre de mamá y yo levanté la mano para reclamar que no le habían dado sus respectivos calzoncillos de hilo dental.

Tras ese penoso incidente, mamá regresó a la rudimentaria alcancía para evitar que mis comentarios morbosos lastimaran los castos oídos de las demás señoras que guardaban sus ahorros en algo parecido a un calzón. 

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III. Las onerosas cirugías


Cuando se dio el boom de los implantes en los senos, un par de tetas nuevas salía igual de caro que comprarse un auto de uso. No cualquiera tenía acceso a portar dos flamantes pedazos de silicón que harían las delicias de sus maridos o de los amantes (o de ambos).

Sólo las artistas, las modelos, las prostitutas “deluxe” y alguna que otra señora rica se podía dar el lujo de renovar su cuerpo con el poder del bisturí. Además había que encontrar un cirujano plástico con muchas credenciales para asegurarse que la operación fuera un éxito y evitar reacciones secundarias adversas como salir del quirófano con unos pechos o un trasero que dieran la impresión de haber sido inflados con helio en una estación de gasolina. 

Gracias a la ley de la oferta y la demanda los costos de las cirugías estéticas bajaron sus precios, y a pesar de que hoy siguen siendo consideradas como un gasto innecesario, las mujeres (y los hombres) de estratos sociales no tan privilegiados ya pueden costearse un arreglo de nariz o un levantón de trasero o una liposucción sin tener que empeñar su vida a un banco

Pero aun así, y contando con los beneficios de los meses sin intereses en sus tarjetas de crédito, el gusto de lucir mejor sigue representando un golpe considerable al gasto del hogar, lo que ha generado nuevos métodos (un tanto primitivos) para poder gozar de las bondades de la cirugía. 

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IV. Tandas para un perfecto uso de las tangas

En Ciudad Acuña (frontera entre México y Texas) algunas mujeres de clase media llevan a cabo una práctica poco convencional para perfeccionar sus físicos. No estamos hablando de largas jornadas de gimnasio ni dietas traumáticas. Mucho menos de una nueva oleada de veganismo en tierra de carnívoros. No. Esta mecánica de embellecimiento toma como vehículo el ancestral sistema de las tandas.

La dinámica no tiene pierde: se juntan veinte mujeres con problemas de autoestima y destinan mensualmente 3000 pesos a una caja muerta que administra la tesorera (por lo general es la más operada de todas). A fin de mes se rotan los 60,000 pesos del fondo para que cada mujer pueda ir a su cirujano de confianza y le arregle la parte del cuerpo que más deteste, y que le toco cargar gracias a la herencia o al desorden alimenticio inculcado desde la niñez.

La tanda de cuerpos nuevos se está convirtiendo en un problema para los dueños de gimnasios y para las marcas de cremas reductivas, al mismo tiempo que ha generado pánico entre los cónyuges de las usuarias del carrusel del ahorro, ya que de un tiempo para acá se ha venido desencadenando una oleada de desempleo, infidelidades y divorcios porque simplemente dejaron de haber mujeres feas. 

Este fenómeno no se limita a una sola ciudad y ya ni siquiera al mundo concreto en el que vivimos, pues hace un par de días me tocó ser testigo de una subdivisión de estos métodos de recolección monetaria al leer en el Twitter de un amigo un mensaje directo donde una chica de veintiséis años organiza una rifa de iPads con la finalidad de recabar fondos para lo que ella llama “la noble acción de estrenar siliconas”. 
Y uno se pregunta: ésta es una actividad 2.0, ¿sin fines de lucro? 


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