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La mala del cuento

La mala del cuento

Si gritabas eras niña fea, si desobedecías eras niña fea… ¿Ha cambiado este discurso?

La mala del cuento

Por Alma Delia Murillo  
@AlmaDeliaMC

Calladita no te ves más bonita. Punto.

Creo que ya es tiempo de darle a este prejuicio hasta por debajo de la lengua. Esa frase tiene más fondo que forma y me parece que lleva siglos apretando el corsé no solo del cuerpo, sino también del alma.

Crecí escuchando que si te portabas mal eras niña fea, si desobedecías eras niña fea, si gritabas eras niña fea. Y algo me dice que el discurso no ha cambiado mucho o no del todo.

¿Por qué nos hemos resignado a que fea y mala sean conceptos colindantes? ¿Por qué aceptamos, tácitamente, que bonita y bien portada son sinónimos?

Parecería una obviedad o una perogrullada insistir en el tema pero, seamos honestos, la memoria es muy terca y la identidad es muy frágil; y sé de cierto que el mandato de ser bonitas y calladitas replicado durante generaciones sedimentó muy profundo en hombres y mujeres.

Esos estereotipos de belleza

Y ese sedimento se arraigó particularmente en los estereotipos de belleza y nuestra concepción moral de lo que es una mujer bonita. Hagan el experimento del campo semántico o la asociación de ideas y verán cómo junto a la palabra bonita aparecen vocablos como agradable, hermosa, elegante, dulce, suave, linda, buena persona y agraciada. 

Donde lo busquen: en su memoria, en el diccionario o en Google. La prueba será infalible.  

“Bonita” quiere decir todas esas linduras con olor a jardín de rosas y textura de ensoñación o de cuento de hadas. Y hasta una chispita religiosa y judeocristiana destellará por los aires salpicando ese paisaje de hermosura y bondad.

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A mí me frustra y me parece ofensivo para la inteligencia que olvidemos que la belleza de los seres humanos radica precisamente en todas nuestras posibilidades, en la infinita capacidad de ser y sentir diferentes emociones, de reaccionar distinto ante los estímulos y los vínculos afectivos, en la fiera hermosura que se asoma cuando dejamos salir nuestro verdadero carácter.

Estamos hechos de luces y oscuridades, de matices. Es así.

Los recorridos de las chicas malas

Y curiosamente tendemos a caricaturizar a quienes se permiten mostrar esas tonalidades oscuras: las femme fatale y las bad girl han llamado la atención por atreverse a ser distintas, por dejar salir el lado negro que todas y todos tenemos pero que tanto miedo nos provoca.

Pero es que no somos arquetipos, somos seres humanos.

El recorrido extremo que han hecho Madonna, Britney Spears, Rihanna, Lindsay Lohan, Miley Cyrus o tantas otras “chicas malas” de la historia creo que manda a gritos un solo mensaje: la belleza es desgarradora y es furiosa, es mal portada e hiriente. La belleza no puede ser cercenada para meterla en un molde, en un modelo predeterminado porque si lo hacemos, alimentamos una peligrosa olla de presión donde el recipiente es nada menos que el cuerpo y el alma de un ser humano.

Es una triste ironía: pasar de calladita te ves más a bonita a los gritos estridentes. Pero es lo que provocamos aferrándonos a los modelos rancios, tiránicos y castrantes de un prototipo de belleza.

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Es increíble que en pleno 2015 y en tiempos de tanto alardeo de libertad y diversidad necesitemos recordar que las mujeres también estamos hechas de sentimientos difíciles y dolorosos. Que sentir ira, tristeza, desarraigo, ganas de gritar, ansiedad o alguna depresión no nos hace feas, sino humanas.

Que saltar al abismo para explorar quién eres y cómo quieres verte alejándote de todos los paquetes prediseñados no te hace fea, sino valiente.

Que Cleopatra no era horrible ni mala ni espectacularmente hermosa, sino humana y llena de contradicciones, de ambiciones y que, a pesar de tanto poder, tuvo que enfrentar un brutal despojo de sí misma todos los años de su vida.

Que las diosas Hécate y Kali —símbolos de la mujer mala o la madre terrible— existen para recordarnos que no somos perfectas, ni santas ni buenas, ni criaturas angelicales cubiertas con polvos de hadas: somos seres humanos. Con todo lo maravilloso y terrible que implica.

No sé ustedes, pero es que a mí no me da la gana seguir obedeciendo para ser bonita, no quiero ser cercenada para que mi cuerpo se ajuste al estereotipo ganador. A mis treinta y siete años quiero mirar a la niña apocada y calladita que fui y decirle que tiene derecho a ser única, a ser ella.

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