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Carta de amor con una pluma y una rosa

Cuando escribíamos cartas de amor

Cuando escribíamos cartas de amor

Una argumentación sólida a esas maneras en que evitamos que al amor se lo lleve el viento

Carta de amor con una pluma y una rosa
Carta de amor con una pluma y una rosa

Por Laura Martínez Belli

Hace no muchos años --al menos quiero pensar que no ha pasado tanto tiempo desde entonces--, me enamoré. Me enamoré con la ilusión de mis veinte años. Entonces no existía whattsapp, ni facebook, ni twitter, ni el Messenger. Pero agradezco haber conocido el amor cuando aún las redes sociales no nos atosigaban con su inmediatez ni con sus palomitas azules por una simple y llana razón: aún tuve el privilegio de poder escribir cartas. Cartas de amor .


Cuando me preguntan cómo fue que me hice escritora, o cuándo “decidí” convertirme en escritora y tengo que buscar cuál fue ese momento primigenio, siempre me encuentro dando la misma respuesta: fueron las cartas. Primero fueron cartas a mis familiares, desperdigados por el mundo como una granada en explosión. Abuelos, tíos, primas, amigos iba yo dejando en el camino de mudanzas y cambio de países, todos ellos recibieron alguna vez una carta mía. Los años fueron pasando y, cómo no, el amor llegó de pronto. Las cartas entonces cobraron otro significado, fueron la manera de prolongar un sentimiento que buscaba salida como la lava de un volcán. Las cartas tenían el encanto de no ser inmediatas. De no saber si el otro las había recibido, si las había leído. Se extrañaba, se esperaba. Pero sobretodo había que saber escribir. No podía uno escudarse en un emoticon, ni en un “like” ni en un .png o un meme. Uno estaba uno solo, armado únicamente con una pluma y un pedazo de papel. Por anciano que esto parezca, no fue hace más de veinte años .

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Que veinte años no es nada , dice la canción. Y parece de otro siglo. Porque somos de otro siglo. Pero en este avanzar del tiempo y la tecnología, me pregunto si no estaremos perdiendo demasiada esencia en el camino.

LA MEMORIA ESCRITA

¿Cómo vamos ahora a atesorar nuestros amores cuando el paso del tiempo nos borre la memoria o nos engañe con cosas que no sucedieron, con historias truncadas, con nombres difusos? Cuando nos engañemos a voluntad porque, como dijo Gabriel García Márquez, “la vida es la que recuerdas”. Qué será de aquellos amores prohibidos descubiertos gracias a un baúl, cuando los abuelos ya habían muerto, esas historias atrapadas en papel. Ahora, a lo sumo se encuentran mensajes de texto o un chat culposo a media tarde, cuyas palabras nos llegan completamente descontextualizadas. Si acaso, uno puede saber de amores clandestinos por citas en un café, pero más allá de eso no hay sentimientos profundos que poder deshilvanar. No se puede descifrar si nos encontramos ante un verdadero amor o relaciones que anecdóticas. Una ventaja, pensarán algunos. Un vacío, pienso yo.

La palabra siempre ha tenido una fuerza inconmensurable. La palabra podía salvarte de la horca, convertir a una cortesana en consejera, a un monje en consultor, a un amigo en amante. Podías no ver la cara del interlocutor, pero entonces te enamorabas de su alma. Ahora nos enamoramos primero de una cara y rezamos para que el interior sea tan bello como el exterior. El mundo completamente al revés. Porque para amar de verdad, deberíamos amar a nuestros Cyranos. Ése gran narizón con un alma sensible capaz de conquistar con palabras el alma de su amada, aunque le faltase valor para confesar que era él, y no el apuesto Christian, el autor de los versos que la encandilaban. Para muestra este botón .

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Gabriel Garcia Marquez Portrait Session
Gabriel Garcia Marquez Portrait Session

ROMÁNTICOS SOBREVIVIENTES

Afortunadamente, aún hay románticos que no han tirado la toalla. En la película Sex and the City 2 hay una escena en particular en donde Carrie le reclama a Big, su próximamente marido –-un par de escenas después tendrá pies fríos y la dejará vestida de novia en el altar— por qué no le escribe cartas de amor. Ella ha sacado un libro de la Biblioteca de Nueva York en donde se recopilan las cartas de amor que hombres ilustres escribieron a sus novias o amantes. A sus amores. Él le contesta que no tiene que hacerlo porque esos hombres tenían que hacerlo por la distancia, pero no ellos pues están uno junto al otro. Puedes ver la escena (doblada al español) aquí . ¿Acaso la cercanía se ha llevado por la borda nuestro romanticismo? En gran medida sí. Una tontería, porque como se dice en la adaptación al cine de la obra de Antonio Skármeta El cartero de Neruda: “cuando un hombre empieza a tocarte con las palabras, enseguida llega muy lejos con las manos”.

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Todos quienes hemos sentido amor en algún momento hemos tenido la necesidad de poner por escrito aquello que sentimos o queremos hacer sentir. Otra cosa es que luego nos falte valor para hacerlo, o que lo hagamos pero lo mantengamos en secreto, oculto en la profundidad de un cajón o que una vez escrito nos avergüence sabernos tan vulnerables ante otro. Y es que al alma le gusta el silencio. Le gusta el retumbar del sentimiento en la quietud. Lo cierto es que nunca se va a decir de viva voz lo que siente el corazón. Nunca. Ni aunque se sea poeta. Por eso los poetas escriben y los actores declaman.

Flaubert, que tiene fama de misógino, escribió a su amante Louise Colet (quien probablemente inspiró uno de los pasajes de Madame Bovary): “ “Te cubriré de amor la próxima vez que nos veamos, con caricias, con éxtasis. Quiero morderte con todas las alegrías de la carne, hasta que desfallezcas y mueras. Quiero dejarte atónita, que te confieses que nunca habías soñado de semejantes trances… Cuando seas vieja, quiero que te acuerdes de esas pocas horas, quiero que tus huesos secos se estremezcan con alegría cuando pienses en ello”.

No era el único que escribía cartas de amor tortuosas. Sartre solía escribir apasionadamente a Simone de Beavoir, con quien mantenía una relación complicada y, diríamos hoy, abierta. También Honoré de Balzac escribía a la condesa Eveline Hanska. Esta es una de las historias de amor más bonitas y literarias de la historia de la literatura. Hanska, que era una fan de la obra de Balzac, le escribió una carta en la que decía cuánto lo admiraba. Él le respondió y se enamoraron por correspondencia (lo que abre una brecha de esperanza a todos los que se enamoran por internet): “Estoy prácticamente loco por ti, tanto como uno puede estar loco: no puedo unir dos ideas sin que tú te interpongas entre ellas. No puedo pensar en nada más que en ti”.

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Otros que se enamoraron por correspondencia fueron Franz Kafka (el de La metamorfosis) y Milena Jesensk. “La última noche soñé contigo. Lo que pasó no puedo recordarlo en detalle, lo único que sé es que nos fusionábamos uno con el otro. Yo era tú, tú eras yo. Finamente por alguna razón prendiste fuego”.

LAS CARTAS DE ELLAS

También había mujeres que escribían a sus amores. Mary Wollstonecraft (mayormente conocida como Mary Shelley) escribió a William Godwin con tal pasión que consiguió que Godwin, que era un teórico anti matrimonio, acabara claudicando. “Si el goce de la última noche pasada ha producido en tu salud el mismo efecto que en mi semblante, entonces no tienes motivo para lamentar tu falta de resolución; pocas veces he visto tanto fuego devorando mis facciones como cuando esta mañana, al arreglarme el pelo los recuerdos – muy gratos recuerdos – hicieron aflorar el rubor del placer”.

Y la mexicana Frida Khalo escribía (y pintaba) a Diego Rivera, su Diego, al que alguna vez, con la misma pasión con la que lo amaba, también llamó el “peor accidente de mi vida”. Diego:

“Nada comparable a tus manos ni nada igual al oro-verde de tus ojos. Mi cuerpo se llena de ti por días y días. Eres el espejo de la noche. La luz violeta del relámpago. La humedad de la tierra. El hueco de tus axilas es mi refugio. Toda mi alegría es sentir brotar la vida de tu fuente-flor que la mía guarda para llenar todos los caminos de mis nervios que son los tuyos”.

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Otro escritor que no tuvo reparos en escribirle a su mujer Edith, fue Julio Cortázar:

Querida Edith: No sé si se acuerda todavía del largo, flaco, feo y aburrido compañero que usted aceptó para pasear muchas veces por París, para ir a escuchar Bach a la Sala del Conservatorio, para ver un eclipse de luna en el parvis de Notre Dame, para botar al Sena un barquito de papel, para prestarle un pulóver verde (que todavía guarda su perfume, aunque los sentidos no lo perciban).
Yo soy otra vez ése, el hombre que le dijo, al despedirse de usted delante del Flore, que volvería a París en dos anos. Voy a volver antes, estaré allí en noviembre. ( … ) Pienso en el gusto de volverla a encontrar, y al mismo tiempo tengo un poco de miedo de que usted esté ya muy cambiada, ( … ) de que no le divierta la posibilidad de verme. ( … ) Por eso le pido desde ahora y se lo pido por escrito porque me es más fácil ( … ) que si usted está ya en un orden satisfactorio de cosas, si no necesita este pedazo de pasado que soy yo, me lo diga sin rodeos. ( … ) Sería mucho peor disimular un aburrimiento. ( … ) Me gustaría que siga siendo brusca, complicada, irónica, entusiasta, y que un día yo pueda prestarle otro pullover.”


Julio Cortazar Portrait Session
Julio Cortazar Portrait Session

El mexicano Juan Rulfo, que era parco y muy seco en persona, se transformaba detrás de las palabras. Antes de ser mundialmente conocido por Pedro Páramo, vendía llantas para ganarse la vida. “Se venden solas”, solía decir cuando le preguntaban cómo le iba en su profesión antes de convertirse en escritor. Está claro que una persona que escribe cartas como ésta a su amor, Clara Aparicio, está destinado a ser recordado siempre por ello:

“Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida.
Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara.
No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba.
Y un corazón que sabe y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada. ¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara?

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He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Lo han aprendido ya el árbol y la tarde…y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río…”

Pues ya lo sabe. Retome la pluma y deje el celular. Que para amar y dejar huella hace falta más que quedar en un Starbucks. Ya para terminar, nada más acotar que algunos de estos amores de y mujeres ilustres fueron temporales, porque el amor verdadero no tiene por qué durar por siempre. Aunque el instante que dure, si viene acompañado de una carta, alcance para recordarlo una vida entera.

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