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Amor en New York

Amar en Nueva York

Amar en Nueva York

Muchos piensan que amar en Nueva York es imposible, pero estas historias entre hispanos demuestran todo lo contrario.

Amor en New York
Amor en New York

Por Ana C. Alanís
 
 
Mi estancia en la Gran Manzana estuvo llena de amores fugaces. No me refiero a one night stands ni al típico cachondeo que aumenta la temperatura de los clubes nocturnos, sino a relaciones bastante intensas que duraban de uno a tres meses; divertidas, peculiares, en ocasiones absurdas. Nunca pensé encontrar el verdadero amor en una ciudad donde nada me pertenecía. ¿Para qué? Si mi condición de “artista de paso” me apresuraba a fundirme en el bullicio de la ciudad para observar y dejarme arrastrar por la corriente, sin expectativa alguna. El amor me llegó en un viaje de tres días que hice a México, casi al final de mis días en Manhattan. Podría haberme quedado un año más para seguir persiguiendo el sueño americano, pero no quise, y aunque no puedo afirmar que volví porque me enamoré, sí puedo decir que la existencia de mi ahora compañero de vida influyó en mi decisión de regresar a casa. 

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El problema es que hay mucha gente que sí busca enamorarse, pero piensa que amar en Nueva York es imposibleque la premura con la que uno vive entorpece los encuentros que podrían valer la pena, que no hay finales tristes porque los principios se pierden en el camino, que el amor no llega a doler porque se trunca antes de echar raíces. Ésta es sólo una parte de la verdad. Y es que con frecuencia leemos sobre lo que no fue, pero la realidad es que hay un montón de historias donde Cupido hizo bien su trabajo. Mis favoritas son las de los inmigrantes —en este caso específico, de habla hispana—, pues pareciera que tienen un radar para encontrarse y hacer que el mundo gire a su ritmo y en su lengua materna.
 
 
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Cuando están fuera de su país es cuando más fortalecen el espíritu patriota, lo hacen uno con el de su pareja —aunque tengan nacionalidades distintas— y construyen un microcosmos ideal para dos, dentro del caos neoyorquino. La mezcla y el acoplamiento son más que interesantes. Aquí las anécdotas de tres amigas que viven el amor con plenitud en NYC y que, gracias a ello, hacen que la expresión “nada es imposible” cobre un sentido especial en la ciudad que nunca duerme. 
 
 
Claudia y Alex
 
Claudia es colombiana. En el 2009 visitó Nueva York y conoció a Alex, un ingeniero de sonido nacido en México, en un bar en Brooklyn. Ella iba por cuatro días, pero la química entre ambos fue tan fuerte, que terminó quedándose dos semanas más porque él se lo pidió. “Lo que más me gustó en un principio fue que, a pesar de hablar el mismo idioma, teníamos formas diferentes de nombrar el mundo y eso me pareció muy romántico”. Iniciaron una relación a distancia que, según la opinión de los amigos de ambos, no duraría. Para sorpresa de todos, Claudia dejó su vida en Cali y se mudó a Nueva York con Alex en el 2011. A los pocos meses se dieron cuenta de que la química a distancia no había sido sólo una ilusión y en el 2013, antes de que ella terminara la maestría, se casaron en una ceremonia en Williamsburg. Sobre el hecho de ser una pareja de latinos en Estados Unidos, Claudia opina que “las nacionalidades dejan de ser algo particular para convertirse en algo súper universal. Todos somos inmigrantes al final del día, sin importar de qué país. Como terminamos en el mismo grupo tratamos de tener nuestras formas de pensar muy establecidas”.  

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May y Santiago
 
Santiago es venezolano y estudia el doctorado en Columbia. May es de Cuernavaca (México) y trabaja en el consulado de su país en Nueva York. Ambos llevaban tiempo viviendo en la misma ciudad, convivían con la misma gente y frecuentaban los mismos lugares, pero nunca se habían visto (aunque yo prefiero pensar que sí, pero que no se habían notado porque aún no les había llegado su momento, porque estaban ocupados resolviendo otros asuntos). May recuerda muy bien lo que sintió el día en que se vieron por primera vez para no volver a quitarse los ojos de encima: “Supe que era diferente desde que lo conocí. Al día siguiente hablé con mi mamá y le dije ‘ayer me enamoré’. Y sí. Eso nunca me había pasado. Cuando Santiago apareció todo estaba jodido, porque yo me sentía absolutamente harta de la ciudad y, sobre todo, muy frágil. El saberme tan vulnerable ayudó porque estaba tan cansada de los hombres que no tenía nada que perder. Entonces fui muy clara con lo que quería y con lo que no quería desde el principio”. Las diferencias lingüísticas forman parte de un gran juego de dos: ahondar en un referente cultural o explicar el significado de una palabra es algo muy lindo porque los sorprende continuamente. “Y, bueno, las arepas… Me despierto y me hace de desayunar arepas. Eso es el cielo. Voy a ser un cerdo muy gordo, pero un cerdo muy gordo en el cielo”, finaliza May. 

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Sara y Poncho
 
Sara llegó de Madrid muy ilusionada con el hecho de vivir en otro continente, pero también un poco temerosa de cómo se enfrentaría a un idioma que desconocía. Contactó con Poncho por internet porque ambos iban a mudarse a vivir a Nueva York y tenía muy claro que necesitaba dos cosas: una habitación en la que vivir y un roommate que hablara español. Él quedó en llamarle al día siguiente de su llegada. Durante una semana se dedicaron a buscar apartamento, pero la búsqueda resultó fatal. Eso sí, hablaban mucho, paseaban por todo Nueva York e iban a comer helados. No prestaban demasiada atención a los anuncios de alquiler, tampoco a las casas. Nunca llegaron a compartir casa, pero cuando menos lo pensaron ya estaban compartiendo algo más: habían iniciado una relación de pareja sin darse cuenta. “Lo que más me gusta de su mexicanidad”, cuenta Sara. “Además de sus dotes como cocinero de ceviche de camarón, son las expresiones lingüísticas tan divertidas que emplea”. La vida que hacen juntos es 100% dentro de una comunidad hispana. Y es que en la ciudad de Nueva York, el 27% de la población está conformada por hispanos y latinos. En la parte este de Harlem, el barrio latino por excelencia, la comunidad de inmigrantes hispano parlantes asciende a 120,000. Sobre el futuro, ambos opinan lo mismo: “Pretendíamos vivir sólo el día a día pero, a lo tonto, el presente se nos ha prolongado y llevamos tres años y medio juntos, muy felices”.

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Cientos de persona se reunieron este lunes por la mañana para disfrutar del desfile Gilmore, donde cada año se recuerda con cariño a todos aquellos que perdieron la vida en alguna batalla.
En medio de una emotiva ceremonia decenas de personas recordaron a sus familiares, hijos, padres, hermanos, que perdieron la vida defendiendo al país.
El mural lleva por nombre ‘No estás olvidado’ y contiene 2,263 nombres de fallecidos y desaparecidos en combate durante la Guerra de Vietnam.
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