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Ronaldinho y Cuauhtémoc Blanco

De ídolos y retiros, Cuauhtémoc y Ronaldinho

De ídolos y retiros, Cuauhtémoc y Ronaldinho

Cuauhtémoc Blanco y Ronaldinho no pierden el estilo y la calidad de su juego en el ocaso de sus carreras deportivas.

Ronaldinho y Cuauhtémoc Blanco
Ronaldinho y Cuauhtémoc Blanco

Por Omar Carrillo H.

Nuestros personajes, el 4 de agosto del 99 se enfrentaron en una final en el Estadio Azteca. El Tri, con un Cuauhtémoc excelso, se llevó esa noche la Copa Confederaciones. Fue el primer torneo importante y global de la Selección Mexicana antes de los Mundiales Sub 17 y los Juegos Olímpicos del 2012. De un muy joven Ronaldinho, apenas hubo noticias aquella noche.

De eso hace casi 16 años, la vida y el fútbol les llevaron a ambos por senderos diametralmente distintos, pero les trataron espectacularmente. Uno se volvió leyenda del fútbol mexicano  y el otro del fútbol Mundial

Pero ambos tienen derroteros inconcebibles y extraños. El sábado, casualmente, los dos volvieron a tener, prácticamente a la misma hora, un momento importante en sus carreras deportivas y de nueva cuenta en México.

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“El Temo” jugó su último partido de Liga. Tentado por la política (aunque ha confesado que no suele votar), ha decidido retirarse "no podemos decir que prematuramente porque tiene 42 años de edad- para contender por la alcaldía de Cuernavaca. 

Lo hizo en el Estadio Universitario de la BUAP en Puebla (un escenario modesto), enrolado en La Franja (un equipo modesto), enfrentando al Atlas (un rival modesto) y junto a su equipo, perdió. Dejó a su club al borde de la Liga de Ascenso, sólo basta un ligero soplido para que se precipite.

Del otro lado, Ronaldinho (que también es parte de un equipo modesto -aunque su sueldo no lo es-, pero con nuevos dueños con ínfulas, precisamente, de nuevos y ricos dueños) jugó en el Estadio Azteca. Ingresó a los 80 minutos, hizo dos túneles y anotó dos lindos goles de capacidad técnica y frialdad frente al arco de los que ha hecho decenas a lo largo de su carrera. Ayudó a cerrar un marcador inimaginable de 4-0 a favor de Gallos de Querétaro.

Y entonces lo inesperado, los más de 100 mil espectadores le aplaudieron al brasileño a rabiar como si esa tarde hubiera sido tan definitivo y voraz, mágico e inigualable como en sus muchas actuaciones con el Barcelona hace 10 años.

Las lecturas de aquel momento han sido varias. La de Ronaldinho, como corresponde a su carrera y a su persona, fue humilde: “es la segunda vez que me pasa (lo de ser aplaudido en el campo del rival), la otra fue en el Bernabéu (sí, en una de aquellas tardes en las que el moreno jugador se disfrazaba de dios y era capaz de hacer lo que quería con el balón), estoy muy agradecido”.

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La de la prensa fue más simple y casi ridícula por lo fuera de lugar y descontextualizada.

“En el mismo escenario que Maradona y Pelé salieron en hombros, Ronaldinho fue ovacionado”, se leyó, se escuchó, se comentó en la prensa nacional e incluso en la internacional una y otra vez.

Es claro que el público le reconoció algo más que los 10 minutos de juego, los dos túneles y los dos goles. Le estaba aplaudiendo por su mítica carrera y por su decisión de venir a México por encima de otras ligas que hubieran también podido desprenderse fácilmente de su millonario sueldo.

Le aplaudía porque hace tiempo que en la Liga mexicana no hay a quien dedicarle ese entusiasmo y la gente está urgida de figuras que llenen sus comentarios y sus admiraciones. Sus días y pasiones de fútbol.

Porque el último que lo había conseguido a lo largo de más de 20 años, incluso con ese mismo público, en ese mismo escenario (con el América y con la Selección Mexicana), se encuentra ya muy lejos de sus días más laureados y de mejor fútbol.

Es más, al mismo tiempo estaba jugando, en un equipo modesto, su último partido de Liga alejado de su afición y de su estadio natural. Porque ahí, en el Azteca, alguien más estaba recibiendo esas palmas.

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