Pese al final de la Guerra Fría entre las superpotencias y a los progresos del desarme, una guerra de destrucción masiva es uno de los mayores riesgos para la humanidad, en un planeta donde todavía existe abundante armamento nuclear, con una potencia destructiva similar a la de 600 mil bombas de Hiroshima.
En la década de los ochenta, la Organización Mundial de la Salud calculó que una guerra atómica mataría a la mitad de la población al instante, y pese a que esa posibilidad se ha alejado desde entonces, el futuro dista de estar despejado de nubes atómicas.
El peligro de una guerra global entre los bloques comunista y capitalista ha sido reemplazado por múltiples conflictos regionales alimentados por los nacionalismos, tribalismos y fundamentalismos religiosos.
Estos conflictos están generando terrorismos, a los que previsiblemente se sumarán este nuevo siglo nuevos enfrentamientos relacionados con el cambio climático, la tierra, el agua y los alimentos.
La posibilidad de que alguno de los bandos en pugna obtenga parte de las armas nucleares, químicas o biológicas, que pueden haber escapado a los controles después del desmembramiento de la desaparecida Unión Soviética, es una amenaza real.
El riesgo de que las empleen en un ataque devastador también lo es.
Los virus que despiertan
Según el investigador David Nicholson-Lord, otro probable verdugo de la especie humana son las nuevas dolencias, que están surgiendo a causa de la explotación de las selvas, lo cual hace que despierten virus dormidos.
Otra amenaza son las adaptaciones que sufren las bacterias y virus para responder a los intentos de destruirlos, volviéndose resistentes a los fármacos.
Además, la libertad sexual, los viajes intercontinentales y la proliferación de la pobreza urbana en el Tercer Mundo, brindan las condiciones ideales para que las infecciones proliferen.
Aunque no todos se ponen de acuerdo, algunos especialistas prevén que el cambio climático acarreará riesgos globales con el aumento de las tasas de malaria, asma, infecciones parasitarias, alimentarias y relacionadas con el agua, males cardíacos y pulmonares, cáncer de piel y enfermedades oculares.
Mientras rebrotan algunas dolencias que se creía dominadas, como la tuberculosis, surgen otras como el Ebola, con una tasa de mortalidad cercana al 100 por ciento, y se difunde el Sida, para el cual todavía no hay curación. Además, otros males se hacen resistentes a los antibióticos, por el abuso de estos medicamentos.
Una de las más antiguas calamidades de la Humanidad sigue vigente: es el hambre, un tormento que ya sufren 800 millones de personas en la actualidad, pero que según muchos expertos podría empeorar aún más hasta ser una "increíble pesadilla" a menos que se tomen medidas urgentes.
A finales del siglo XX, el mundo produjo menos alimentos de los que está consumiendo y sus reservas de emergencia de cereales descendieron a niveles sin precedentes: la producción de grano por persona ha mantenido una tendencia a la baja desde mediados de la década de 1980.
La producción de alimentos transgénicos podría ser una solución, pero aún no se han evaluado los trastornos que puede crear, y la expansión alimentaria se ve condicionada por factores como los períodos de escasez de agua, el descenso de la fertilidad de los suelos y las alteraciones causadas por el cambio climático.
Guerras, superpoblación, contaminación, impacto espacial, cambios climáticos, sequía, hambre, sustancias venenosas, nuevas dolencias, una catástrofe nuclear o una serie de mutaciones patológicas.