Animales y humanos, no tan diferentes Las mascotas también sienten
 |  EFE Los animales también tienen sentimientos: sufren, ríen y se angustian. | Omar Segura,
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Las vacas disfrutan resolviendo problemas, los pájaros chinos no entienden el idioma de los estadounidenses, las ovejas pueden entablar profundas amistades, los perros y ratas ríen, los chimpancés son solidarios. Según los últimos estudios, los animales se parecen a las personas mucho más de lo que imaginamos, en materia de sentimientos, lenguaje y relaciones. Fieras civilizadas
Suele afirmarse que algunos animales parecen inteligentes y que muchas mascotas terminan pareciéndose a sus dueños, pero los indicios científicos van más allá y apuntan a que los animales de compañía ofrecen mucho más que compañía y que algunas fieras no son salvajes sino bastante civilizadas.
Además, si conociéramos los sentimientos del ganado, muchos nos replantearíamos nuestros hábitos de comer carnes y filetes.
Muchos animales son capaces de desarrollar sentimientos complejos, de sufrir cambios de ánimo y humor, de sostener comunicaciones de distintos niveles e incluso tienen personalidades que los diferencian uno de otros.
Es lo que sugieren una serie de recientes investigaciones y descubrimientos, que demuestran que llamar bestia o bruto a una persona a veces puede considerarse un elogio para el humano o en el peor de los casos un insulto para el animal...
Antes de decir de alguien que "es un bicho", piénselo mejor.
Las reses dicen ¡Eureka!
Las vacas se lo pasan bien solucionando problemas, según aseguran algunos participantes de la Conferencia Internacional sobre el Sentimiento de los Animales, que organizó en Londres la organización CIWF Trust dedicada a hacer campañas en defensa de los animales de granja.
Un grupo de expertos dirigido por Donald Broom, profesor de bienestar animal en la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido, reunió a un conjunto de vacas en un corral especial, cerrado por una palanca que los animales debían apretar correctamente para salir a un campo lleno de alimentos.
Los investigadores percibieron muestras de satisfacción en las vacas cada vez que lograban entender cómo funcionaba el mecanismo: tuvieron una respuesta entusiasta, su ritmo cardíaco creció y aumentaron las posibilidades de que saltaran o galoparan hacia los alimentos, "como si dijeran, ¡Eureka!, he descubierto cómo resolver el problema", según explicó el doctor Broom.
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