Los pueblos absorbidos por Ciudad de México que luchan por conservar sus tradiciones

Las festividades religiosas y otras tradiciones siguen uniendo a los vecinos de algunas zonas en Iztapalapa, el distrito más grande de Ciudad de México.

Los Santiagueros, un tradicional grupo de actores, posan durante la celebración del Apóstol Santiago en la iglesia de Acahualtepec.
Gustavo Graf

A sus 83 años, Remilio Vargas es considerado un patriarca en Santa Martha Acatitla, uno de los pueblos de Iztapalapa, el distrito más grande de Ciudad de México. Para no olvidar cómo fue alguna vez este caserío, Vargas mantiene su casa de adobe, tal como era antes de que su barriada se convirtiera en apenas una mancha dentro de un mar de concreto y 'civilización'.

Vargas recuerda la época en que los aldeanos comían pescado del lago de Texcoco, un área ahora ocupada por la municipalidad más densamente poblada de México, la Ciudad Nezahualcóyotl. En su juventud, la gente hablaba Náhuatl, el idioma de los aztecas. Los pumas deambulaban por entre los pequeños volcanes detrás del asentamiento. Él solía encontrarse con muchachas sobre la cuesta del Cerro de Guadalupe, donde hacían picnics bajo los árboles.

El paisaje hoy día yace sepultado bajo una de las más inconmensurables megaciudades del mundo.

Silvestre Daza, mayordomo de Santa Cruz Meyehualco, Iztapalapa.
Gustavo Graf


La Iztapalapa de la infancia de Vargas era un área rural con una población mayormente indígena, la cual creció de 25,000 personas en 1940 a 1.8 millones en 2015. Las 17 aldeas originarias registradas por el censo de 1960 nunca desaparecieron: fueron simplemente engullidas por la ciudad. Incluso ahora, estas aldeas –con sus iglesias coloniales, sus cementerios separados y sus ceremonias locales– se palpan dentro del tejido urbano.

Iztapalapa consistía originalmente en dos aglomeraciones de caseríos orientadas hacia lo que una vez fue una península volcánica conocida como la Sierra de Santa Catarina, la cual se extendía entre los ahora secos lagos de Texcoco y Xochimilco. Una de las aglomeraciones con los poblados de Iztapalapa y Culhuacán rodea el Cerro de Estrella, una colina de gran significación religiosa para los aztecas. La otra aglomeración definía una línea de aldeas a lo largo del litoral sur del Lago de Texcoco, desde Santa Cruz Meyehualco hasta Santiago Acahualtepec.

Armando Medina, mayordomo de Santa Martha Acatitla, Iztapalapa. Gustavo Graf


“La gente vendió sus terrenos barato, fueron expropiados o simplemente las tierras que habían sido informalmente invadidas nunca fueron pagadas”, sostiene Silvestre Daza, mayordomo de la principal festividad de Santa Cruz Meyehualco.

Los campesinos de Santa Cruz aún se ven envueltos en litigios para que les paguen las tierras sobre las que fueron construidas grandes estructuras inmobiliarias durante los sesentas. Agricultores indígenas iletrados vendieron sus lotes o fueron burdamente engañados al respecto. Sea cual fuere el dinero que hicieron en la venta, este fue gastado en mejorar sus viviendas o en necesidades cotidianas. En suma, acabaron sin el pedazo de tierra necesario para cultivar y sin las habilidades requeridas para progresar en una economía urbana.

Los caseríos clasifican ahora entre los más pobres de Iztapalapa, asolados como están por el crimen y con índices de movilidad social menores que incluso los asentamientos informales y las unidades de vivienda en torno a ellos.

Hugo Sánchez, mayordomo de Santiago Acahualtepec, Iztapalapa. Gustavo Graf


“Aquí las personas o son choferes o trabajan en la construcción”, observa Armando Medina, mayordomo de la festividad de Santa Martha Acatitla. “Hay más trabajadores administrativos en las colonias [barrios] que nos rodean”.

Aunque sus poblaciones son relativamente pequeñas –fluctuando entre 12,000 y 20,000 habitantes–, estos caseríos urbanos ejercen un importante papel en la imagen y la cultura de Iztapalapa, mediante las celebraciones religiosas que organizan.

Estas festividades son quizás los únicos eventos masivos que fomentan un sentido de comunidad en el distrito. La Pasión de Cristo, organizada por la localidad de Iztapalapa, atrajo casi dos millones de personas este año. Y a los carnavales realizados en Santa Cruz Meyehualco y Santa María Axtahuacán concurrieron multitudes de hasta 30,000 personas, quienes llegaron de toda la periferia de Ciudad de México.

Ismael Ramírez, mayordomo de Culhuacán, Iztapalapa. Gustavo Graf


Pero la actividad que sin duda define mejor a estas localidades es la festividad conmemorativa del santo patrón de cada comunidad. La ‘mayordomía’ es un concepto tradicional en las comunidades indígenas, en las cuales el organizador de una festividad es responsable de una parte fundamental del evento y, desde luego, lo organiza. Es visto como un gran honor el acceder a este puesto y, a menudo, hay largas listas de espera para convertirse en mayordomo. Aquellos que resultan elegidos pueden abonar hasta 300,000 pesos mexicanos (casi 17,000 dólares) en el curso de mayordomía.

En las áreas que pudimos sondear para CityLab, solo descendientes de aldeanos originarios pueden devenir organizadores de estas celebraciones, así como solo ellos pueden ser enterrados en el cementerio de la localidad. Aunque estos caseríos ya no cuentan con estructura política, son estos eventos religiosos los que mantienen el entramado institucional del poblado. Pese a la pobreza, la desarticulación política y la destrucción cultural, tales tradiciones permiten a las comunidades originarias del Valle de México conservar su identidad, incluso décadas después de haber sido absorbidas por la megaciudad.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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