Cómo los parques caninos están siendo temas de controversia en EEUU

Cada vez más estadounidenses tienen un perro y, con esto, la demanda por lugares para pasearlos ha aumentado. Sin embargo, en algunas zonas esto ha sido visto como un símbolo de la gentrificación.

Amber Freeman, una paseadora de perros de Los Ángeles, haciendo su trabajo en el Parque Canino de Laurel Canyon. CityLab/Laura Bliss

Desde la ligera sombra de un pino en el Parque Canino de Laurel Canyon, Amber Freeman, una empleada de una compañía local de paseo de perros, vigila a sus treinta perros encargados.

Otros dos compañeros se han reunido con ella aquí para cuidar la jauría, cuyos integrantes han sido recogido en vecindarios de todas partes de Los Ángeles. Al menos otros seis servicios de paseos se han reunido en el lugar, por lo que decenas de animales retozan, se pelean y dormitan en el amplio espacio sin pasto. Al final de la mañana, apenas un par de dueños han traído a sus propios perros.

La proporción de profesionales en relación con los ‘civiles’ no es una casualidad. Freeman, quien utiliza una funda de cuero en la cadera y una bandana alrededor del cuello, no viene aquí en otro momento del día o los fines de semana. Y ella y sus colegas sólo vienen a este parque, una cuenca polvorienta de cuatro acres bajo las mansiones que bordean Mulholland Drive.


"Nos corren de la mayoría de los otros parques caninos en las zonas agradables", dice Freeman. A veces, a las familias con niños pequeños les preocupan las grandes jaurías de animales que los paseadores traen. La mayoría de las veces, explica, los residentes locales se muestran territoriales con el espacio del vecindario que consideran más ‘suyo’. Ella finalmente los evita.

Esta tensión se desarrolla en las innumerables reseñas contra los paseadores de perros que se publican en Yelp. "Ha habido varios casos en que los paseadores de perros se han enojado mucho conmigo por 'mi perro'", escribió un usuario, "¿y todo se reduce a que yo no sabía las reglas?".

No es de extrañar que las relaciones entre los paseadores de perros y los dueños de perros sean tensas: están compitiendo por espacios limitados. La investigación de mercado muestra que la propiedad de perros se ha disparado en un 29% en todo el país en la última década, un aumento impulsado en gran medida por los mayores ingresos de los millennials. Conforme los jóvenes profesionales posponen cada vez más la idea de tener familias, los perros se han convertido en el ‘kit de inicio de niños’, como escribió Joshua Stephens en The Atlantic en 2015. Con la demanda creciente, las ciudades y los desarrolladores inmobiliarios están creando más zonas amigables con los perros, tanto en respuesta como en anticipación a más residentes de cuatro patas. Los parques caninos que les permiten a los perros andar libremente están creciendo más rápidamente que cualquier otro tipo de parque en las ciudades más grandes de Estados Unidos, con hasta 2,200 contados desde 2010 a la fecha.

Y, cuando los pies cuadrados están muy escasos, los parques caninos son el escenario de algunos de los combates más polémicos por el espacio público. "Las ciudades son lugares donde viven muchos millones de perros", dice Jennifer Wolch, decana y profesora de planificación del Colegio de Diseño Ambiental de UC Berkeley. "En mi opinión, ellos realmente merecen, como residentes, espacio para vivir sus propias vidas".

Los parques caninos están siendo cada vez más valorados por los millennials. andykazie/iStock


A Wolch, una pionera en los estudios urbanos enfocados en las relaciones entre las personas y los animales, le gusta utilizar el término zoöpolis para ayudar a los planificadores a imaginar una ciudad de multiespecies, donde las necesidades de los animales se incorporen plenamente. Los parques caninos, según su opinión, son simplemente otro tipo de infraestructura civil para acomodar una necesidad: que los ciudadanos peludos se muevan y hagan ejercicios, socialicen y jueguen. También para los propietarios su investigación ha mostrado que los parques caninos son importantes sitios de interacción social, raras oportunidades para que las personas de diferentes vecindarios y culturas, que de otra manera podrían no reunirse, se relacionen y vinculen mediante los avatares de sus mascotas.

El Parque Canino de Laurel Canyon, donde Freeman y sus colegas paseadores pasean a los perros, fue el primero en Los Ángeles. Se inauguró en 1991 y fue el tema de uno de los primeros estudios de Wolch. En él, ella trazó la transformación del espacio escondido de un mercado de drogas lleno de graffiti a un limpio espacio para las juguetonas mascotas, impulsada por un grupo de activistas vecinales.

Sólo tomó unos pocos años para que su popularidad se disparara. En la actualidad, seis parques públicos más donde se permite no utilizar correa han aparecido en lugares como West Hollywood, Barrington Avenue y Griffith Park. Pero los fines de semana los dueños de los perros siguen estacionando sus autos a una milla de distancia para venir al parque canino de Laurel Canyon. Autobuses llenos de mirones en busca de celebridades vienen a ver si Robert Pattinson está sacando a pasear su desaliñado terrier.

La manzana de la discordia es más grande que el propio parque canino: se trata de quién lleva la batuta en un vecindario que está experimentando cambios.


Chuck Kaufman, quien estaba jugando con su cocker spaniel el jueves, ha venido al parque desde su casa en Studio City durante nueve años. Entabló amistad con varios de los paseadores de perros; es su canal social. Muchos dueños de viviendas a lo largo de Mulholland Drive no comparten sus afectos. "¿Le gustaría que un parque público atrajera a personas de todas partes al patio de su casa?", pregunta. "No hay ni un solo vecino aquí que le guste, en este punto".

La resistencia a los parques caninos adquiere un tono diferente cuando los animales parecen desplazar a los seres humanos en las ciudades con escasez de viviendas. Los nuevos dueños de perros son desproporcionadamente más jovenes y más blancos que los residentes de las ciudades a las que se trasladan y eso tiene consecuencias para el parque inmobiliario: para un tercio de los estadounidenses de 18 a 36 años de edad que habían comprado su primera casa, encontrar mejores espacios para un perro fue el principal motivador, según una encuesta de SunTrust Mortgage. Cuando los jóvenes blancos y pudientes dueños de perros se hacen de propiedades en vecindarios de ingresos históricamente bajos con mayoría de personas de color —y comienzan a abogar por instalaciones como parques caninos, lo cual puede aumentar aún más los valores de las propiedades— la percepción se complica.

Tomemos el clamor en Point Breeze, un vecindario de Filadelfia que se está gentrificando rápidamente, donde el número de licencias para perros se multiplicó por seis de 2012 a 2015. Muy poco espacio verde está a disposición del vecindario históricamente de mayoría negra y el que hay —Wharton Square Playground— está prohibido para los perros. Como el Philadelphia Inquirer informó recientemente, una iniciativa entre los nuevos residentes para convertir una "cancha de tenis cercada y actualmente inoperativa" en un parque canino fue rechazada después de que los antiguos residentes se resistieron a lo que consideraron una reducción del espacio de juego de sus hijos y una usurpación por parte de los recién llegados.

"La gente ha vivido aquí por más de cien años y había un área de juegos. Ahora la gente nueva quiere venir y cambiar las cosas. No me parece justo", dijo a The Inquirer Alex Brown, un antiguo residente de Point Breeze y dueño de un perro. "Adelante, paseen a sus perros, pero simplemente no era correcto que la gente pensara que podía venir y tomar el poder".

La manzana de la discordia es más grande que el mismo parque, reconoció Brown, al igual que los defensores del parque. Se trata de quién lleva la batuta en un vecindario que está experimentando cambios y quién tiene preferencia a la recreación y la diversión: ¿los niños de los antiguos residentes o las mascotas de los blancos recién llegados? Tensiones similares han sustentado los parques caninos propuestos o construidos en Washington DC, Kansas City y Durham, en Carolina del Norte, entre otros lugares.

Pero Wolch afirma que, si bien los desafíos de la gentrificación no pueden ignorarse, nadie gana cuando el discurso sobre los parques caninos se reduce a niños contra perros. "Si se vilifican los parques a causa de la gentrificación, se les está diciendo a la gente que vive en esas comunidades y que no son gentrificadores que sus perros no merecen un lugar para jugar", dice ella. "Es una posición algo inaceptable. Toda persona con quien compartimos una ciudad debe tener algunas consideraciones éticas".

Consideremos que, en el South Side –zona predominantemente negra de Chicago– no hay un solo parque canino designado, a pesar de los esfuerzos de los dueños de perros y los concejales de la ciudad. Para atender las necesidades de las comunidades de bajos ingresos como ésta —así como las que están en proceso de gentrificación— los planificadores deben acercarse a los parques caninos como lo hacen con cualquier otro, dice Wolch: escuchar y responder a sus necesidades de una manera franca. Para mitigar los efectos de desplazamiento provocados por un repunte del valor de las propiedades, también deben planificarse soluciones de viviendas asequibles.

¿Cómo administrar el espacio público donde el conflicto se relaciona con su uso, más que con el propio parque? Desde el punto del planificador de la ciudad, el Parque Canino de Laurel Canyon, una peculiar intersección para los perros de Los Ángeles ubicada entre mansiones, puede ser un argumento para una aplicación y expansión más estrictas de las regulaciones de parques (supuestamente no se permiten más de tres perros por persona). Otras ciudades requieren que los servicios profesionales de paseadores de perros adquieran permisos especializados como una manera de gestionar los asuntos de seguridad y el importante desgaste al que someten a los parques públicos. Los miembros del Concejo Municipal de Los Ángeles consideraron ese régimen hace años, pero lo abandonaron. Quizás sea hora de volver a la idea del permiso, conforme más compañías les sacan partido a los espacios financiados por impuestos.

Hasta entonces, los paseadores como Freeman le darán servicio a un número creciente de perros de Los Ángeles cuyos propietarios no pueden pasearlos o deciden no hacerlo. Ella desea que algunas de las personas con quienes tiene diferencias en el parque fueran más comprensivas con las necesidades de los animales. "Si no hiciéramos esto, algunos de ellos estarían encerrados en un baño durante diez o doce horas", dice ella. "Compartir es cuidar. Los perros tienen que salir a pasear también".

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

Los animales del zoológico 'fantasma' de Buenos Aires
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