El desafío de los profesores de Charlottesville: cómo educar y explicar a sus niños sobre la violencia en la ciudad

El pasado 23 de agosto fue el primer día de clases en esta localidad. ¿Cómo están lidiando los profesores con los recientes episodios de racismo?

La violencia y el racismo plantean un desafío, pero también una oportunidad de educar a los niños. Elijah Nouvelage/Getty Images

Rosa Atkins creció en un pequeño pueblo del sur de Virginia durante la era de los Derechos Civiles. Recuerda haber sido una joven estudiante en aquellos días y cuán importante fue la forma en que sus profesores guardaron la compostura en aquella controversial época. “Cuando pienso en los horrores de aquel período”, sostiene Atkins, hoy día la superintendente de las Escuelas Públicas de la Ciudad de Charlottesville, “recuerdo las sonrisas de mis profesores, sus serenas palabras y cómo todo aquello me dio confianza y seguridad”.

Atkins ha tenido que echar mano a esos recuerdos para estar a tono con el inicio del curso escolar, que tuvo lugar el pasado miércoles 23 de agosto, tan solo 11 días después de que los supremacistas blancos se congregaran en esta ciudad universitaria para protestar por el retiro de una estatua de Robert E. Lee. Uno de ellos está acusado de asesinar a la residente local Heather Heyer y de herir a otras 19 personas cuando abalanzó su auto contra la multitud de contra-protestantes.

“La clave para ser exitosos con nuestros estudiantes”, añade Atkins, “ es permitir que nuestros profesores exterioricen sus pensamientos y sensaciones antes del primer día de clases, de modo que ese día no reaccionen emocionalmente”.

Antes de que los maestros de la ciudad puedan ayudar a sus estudiantes, necesitan procesar ellos mismos los eventos ocurridos. Una escuela, indica Atkins, trajo terapeutas para que se reunieran con los profesores; muchos de ellos rompieron a llorar cuando abordaban la violencia.

Una emotiva convocatoria de bienvenida la semana pasada facilitó a los educadores de Charlottesville, quienes instruyen a un alumnado compuesto casi en un 50% por discípulos de color, la oportunidad de participar en un proceso de liberación emocional todos juntos. Tras un discurso proferido por la propia Atkins, los maestros cantaron ‘Lean on Me (Apóyate en mí) y otras canciones y mecían glow sticks (luces químicas) . “Cada uno estaba ahí por y para los demás”, observa Jenn Horne, profesora de Inglés de bachillerato de Charlottesville. “Cada escuela estuvo representada y había miles de profesores y funcionarios escolares”.

“Cuando pienso en los horrores de aquel momento, recuerdo las sonrisas de mis profesores, sus serenas palabras y cómo eso me transmitía seguridad”.


Atkins también puso otros recursos a disposición de educadores y padres, tales como artículos sobre cómo hablar con los niños acerca de la violencia comunitaria y una lista de libros que enseñan a los niños cuestiones esenciales sobre la raza. Melinda Anderson, colaboradora de The Atlantic, creó un hashtag —#CharlottesvilleCurriculum— para que los educadores y los padres colaborasen a través del crowdsourcing (de forma abierta y distributiva) con recursos vinculados a cómo enseñar la historia y las actuales manifestaciones de supremacistas blancos en Estados Unidos.

Atkins de hecho está solicitando a los profesores que presten especial atención a la edad de sus alumnos, así como a cuánta exposición han tenido –o no– a la violencia. Algunos estudiantes del Instituto de Secundaria de Charlottesville resultaron heridos físicamente durante las protestas –una joven se quebró el brazo–, pero quizás otros chicos más jóvenes pudieron haber tenido poco o nada que ver con actos de esta naturaleza, ni siquiera conocido que hubo enfrentamientos y, por tanto, se enterarían solo de la boca de sus compañeros de aula.


“La cuestión de la variación y la exposición entra más en juego al nivel de la enseñanza primaria”, asegura Atkins, percatándose de que los padres de niños más jóvenes son más propensos a tenerlos protegidos de este tipo de sucesos.

Ella aconseja a los maestros mostrar interés por las preguntas de los estudiantes que recién ahora escuchan el tema en la escuela –decir cosas como “esa es una pregunta importante”–, y que entonces sugieran una conversación con ellos de forma individual, momento en el cual el profesor podría, dependiendo de las necesidades del alumno, disponer de otros recursos o contactar con los padres.

Eric Irizarry, director del Instituto de Secundaria de Charlottesville y exdirector de una escuela intermedia, sostiene que es importante rastrear los comportamientos inusuales en los estudiantes jóvenes, sobre todo en los días posteriores a los capítulos de violencia. “Los estudiantes de preparatoria pueden usualmente, al menos, pedir ayuda”, agrega, “mientras que los más jóvenes en ocasiones no pueden expresar lo que están sintiendo”.

Nicole Carter, colega de Jenn Horne en el Instituto de Secundaria de Charlottesville, admite estar preparada para proveer apoyo emocional a sus estudiantes, y, particularmente, para escucharlos . “Debemos crear un espacio seguro para que ellos hablen”, aduce. Horne añade que ambas estarán fomentando el escuchar activamente. Los profesores prevén iniciar sus clases con un video de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, acerca del peligro de escuchar o leer una única cara de la moneda, ya sea sobre una persona o un país, y así alentar el conocimiento de los dos lados.

Los profesores de Inglés, a su vez, se referirán a textos como Letter from Birmingham Jail, de Martin Luther King Jr., Citizen, de Claudia Rankin, y Between the World and Me, de Ta-Nehisi Coates. Pero se concentrarán sobre todo en la novela The Hate U Give , sobre el testimonio de un adolescente negro que ve cómo un policía blanco dispara a su mejor amigo, Khalil, quien estaba desarmado. “Pensamos que esta podría ser una buen forma de empezar a educarlos en todo lo que ha venido ocurriendo”, afirma Carter, “y de ayudar a los niños a que encuentren una voz propia”.

La historia de Charlottesville también entrega a sus educadores materia para su enseñanza. La presencia por largo tiempo del Klu Klux Klan y la oposición blanca a la eliminación de la discriminación racial, durante la época de los Derechos Civiles, dota de un vívido telón de fondo a las manifestaciones de este mes. Y el desplazamiento de residentes del barrio de afrodescendientes Vinegar Hill en los sesentas, junto a la persistente gentrificación y la escasez de viviendas asequibles, continúan exacerbando la desigualdad entre blancos y negros. Carter señala que, a menudo, la gente joven nacida y criada en Charlottesville no está al tanto de esta historia, tanto antigua como reciente.

“Todavía hay mucho por hacer en Charlottesville”, acota Irizarry. “Pero hay muchas personas deseosas de tener los debates que haga falta y de intentar hallar soluciones”.

Por lo pronto Carter y Horne alientan a sus estudiantes a que se sumen a estos debates por medio del compromiso cívico. Horne, por ejemplo, les pide que lean las noticias y luego escriban mensajes electrónicos y cartas a sus representantes acerca de problemas que los conciernen. Sostiene Horne: “Les dejamos claro que los adolescentes por supuesto que tienen voz… ¡así que utilícenla!”.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

Los estados con más y menos organizaciones de odio
Arkansas, con 7.4 agrupaciones por millón de habitantes, es el estado con más organizaciones de odio en todo Estados Unidos. iStock
En Mississippi hay 6.4 organizaciones de odio por cada millón de habitantes. iStock
En Tennessee hay 6.2 organizaciones de odio por cada millón de habitantes. iStock
En Dakota del Sur hay 5.8 organizaciones de odio por cada millón de habitantes. iStock
En Montana hay 5.8 organizaciones de odio por cada millón de habitantes. iStock
En Delaware existen 5.3 organizaciones de odio por cada millón de habitantes. iStock
Entre los estados con menos presencia proporcional de grupos de odio destaca Connecticut, con 0.6 de estas organizaciones por cada millón de habitantes. iStock
Utah solo tiene una organización de odio por cada millón de habitantes. iStock
En el estado de Washington, existe 1.1 organización de odio por millón de habitantes. iStock
Minnesota solo tiene 1.1 organización de odio por millón de habitantes. iStock
Nevada solo tiene 1.4 organizaciones de odio por millón de habitantes. iStock